Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand, por la compañía La Perla 29

Pendenciero, fanfarrón, orgulloso, excesivo, pero sobre todo íntegro y con un corazón inconmensurable. Un carácter indómito que compensa con creces la efigie deforme, la nariz superlativa que corona su rostro severo, y acalla las burlas por el respeto que impone. Un personaje fuerte bajo el que se esconde el tierno poeta y el amante de corazón tormentoso: el que calla el amor imposible por su prima Roxane, y por cuya felicidad presta su verso al amado de esta, el bello e iletrado Christián de Neuvillette.

Cyrano

Edmond Rostand (Marsella, 1 de abril de 1868 – París, 2 de diciembre de 1918) encumbró en 1897 la figura del militar y dramaturgo francés Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac (París, 6 de marzo de 1619- Sannois, 28 de julio de 1655) a icono del sacrificio por amor. Una especie de farsa en verso en cinco actos que destaca por su agilidad endiablada y por un humor socarrón, tras el cual se halla la tragedia romántica del triángulo Roxane-Christián-Cyrano. Muchos la conoceréis por las adaptaciones cinematográficas, la más reciente (y estupendamente realizada) firmada por Jean-Paul Rappeneau y protagonizada por Gerard Depardieu.

Si os acercáis estos días a la Sala d’Arts i Oficis de la Biblioteca de Catalunya, podréis disfrutar (y este es el verbo más ajustado: disfrutar) de la adaptación que, a cargo de Oriol Broggi y con traducción de Xavier Bru de Sala (la misma que popularizó Josep Maria Flotats hace treinta años), interpreta la compañía La Perla 29. Si la grandeza de Cyrano fue trascender del texto de Rostand (quien minutos antes del estreno pedía perdón a los actores por el fracaso que creía que iban a cosechar) al imaginario colectivo, La Perla 29 logra hacerlo aún más popular, más cercano si cabe. Al igual que el texto, la puesta en escena es ágil y dinámica, rompiendo en más de una ocasión la cuarta pared: una muestra del compromiso con lo popular y, a su vez, un recurso arriesgado resuelto con sobresaliente. La escenografía sabe hacer suyo el espacio, las caballerizas del palacio de la calle Hospital: del carácter histórico de las bóvedas toma su carácter para dotar de verosimilitud el París de los mosqueteros; y, al mismo tiempo, aprovecha a fondo la peculiar geometría escénica como metáfora de la profundidad y dimensionalidad del texto.

Un texto que ya tiene ganado de antemano la simpatía del público; un texto conocido que, si no se interpreta correctamente, puede poner en relieve carencias sonrojantes. No es el caso (aunque Christián de Neuvillette y el conde de Guixe no acaban de resultar convincentes); el tándem formado por Pere Arquillué (gran, grandísimo Cyrano; espectacular a la hora de dotar de los más variados matices e inflexiones al personaje) y Marta Betriu sustenta una labor de equipo notabilísima. Sin llegar al nivel de la compañía Rakatá en cuanto a interpretación individual, la compañía consigue un registro alto y, sobre todo, muy popular.

Y aun siendo un texto tan popular, no por ello es intrascendente, ni mucho menos. Si el tema central es el amor imposible, no menos importante es el discurso sobre la integridad. Tomemos los actos primero, segundo y cuarto, trufados de puyas a la mediocridad, a la pleitesía, a la falsedad, al amiguismo, a los juegos de poder. Un alegato a la independencia y a la integridad que debería llevar también a la reflexión; iba a decir tanto a la colectiva como a la personal, pero de la primera, a juzgar por lo que vemos todos los días, voy a darme al más profundo pesimismo.

En resumen, para no enrollarme más: maravillosa. Estará en cartel hasta finales de abril, y de nuevo de mayo a julio. Dura dos horas y tres cuartos que pasan en un suspiro, reiréis, lloraréis, quizá tengáis que aguantar la espada a Cyrano o abuchear a Montfleurit, y saldréis con una sonrisa en los labios. Y es barato. ¿Qué más queréis?

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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