León Benavente, sala Apolo, 16 abril 2017

Si me hubiese metido en el meollo, en to’l cohollo, que diría mi madre, seguramente no pondría reparos porque me habría limitado a sobrevivir en el tsunami de coros, saltos y sudor que se veía desde el lateral.

Pero el lateral permite una visión un poco más externa. Y, bueno, no es que me diesen miedo, como le pasó a Jordi Bianciotto, pero sí que semejante apisodanora, puesta desde el segundo uno, me sacó del concierto, un poco en plan “What the fuck?“. En cualquier otra crónica se estarán usando las expresiones típicas sobre músculo, garra, la carne en el asador, salir a ganar y tal, pero qué queréis que os diga, yo los recordaba rockeros, sí; contundentes, también, pero sin lugar a dudas más sutiles de lo que vi ayer. Ni que sea un poco.

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The Divine Comedy, Palau de la Música Catalana, 8/2/2017

Hemos salido del concierto rendidos, una vez más, a los pies de Neil Hannon y su savoir faire. Incluso en un mal día, como el año pasado en el Vida Festival, sus directos son poco menos que excelentes. Un día como hoy, en el que, a pesar de algún pequeeeeeeeeño fallito en la voz —compensado después con creces con un calderón infinito (juraría que) en “Generation Sex”—, tanto Hannon como su banda han estado pletóricos, decir memorable es quedarse corto.

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Machismo: un caso práctico

Antes de empezar, dejemos una cosa bien clara: soy un privilegiado. Varón, blanco y heterosexual. Nací con esos privilegios y hay que reconocerlo. Haber sido el empellón de la clase (lo que hoy se conoce como nerd), zurdo, catalán o friki (condición esta que me ha permitido, al final, desarrollar un montón de actividades estimulantes y ganarme la vida, cosa que, ahora mismo, podría restregar en la cara a los losers que se metían con el rarito de la clase), no han sido sino meros atenuantes, pero no tienen ni punto de comparación (a pesar de la puta infancia que me hicieron pasar en el cole) con el calvario de ser mujer, homosexual o no caucásico. Sólo hay que abrir la prensa (bueno, no cualquiera, sino la seria, y ni tan sólo así os podéis asegurar de evitar el sesgo WASP en el contenido). O basta con preguntar a tus amistades.

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Romeu i Julieta, de William Shakespeare, Projecte Ingenu

Entusiasmado.

Así he vuelto de la representación de Romeu i Julieta en La Seca / Espai Brossa. Y es que, a poco que mimes un Shakespeare, tendrás una representación divertida, emocionante y rica en matices. Tanto da si eres purista o si adaptas. Mentira: mejor cuanto más y mejor lo adaptas, siempre que seas fiel al espíritu del texto. Que no necesariamente al texto. Porque es señal de que lo has entendido (o, al menos, has aprehendido el texto y tienes una lectura en sintonía con la del autor y la de tus circunstancias) y podrás ofrecer algo muy, muy rico. No como en el TNC

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Enric Montefusco, Casino de l’Aliança, 14 de diciembre el 2016

Vamos, no hace ni media hora. Yo ya no sé; hay artistas con los que me cuesta ser objetivo, y Montefusco es una de mis debilidades. O quizá sea porque me identifico tanto con ellos (a través de la música, me refiero, o del hecho artístico que presencie, pero sobre todo con la música) que me da cosa decir que el concierto ha sido memorable por si se trata tan sólo de mi vivencia y extrapolarlo a un absoluto…

… qué demonios, voy a extrapolar porque se lo merece: ¡ha sido memorable!

Y eso que soy muy fan del sonido Standstill. Lector, si vas a ver a Enric Montefusco, ¿qué encontrarás? Un artista que ha superado la rabia hardcore y la épica de Vivalaguerra, Adelante BonaparteDentro de la luz por otra “épica” más íntima (o intimista). Tanto en lo musical como en lo lírico. Las canciones son más cercanas, como más cotidianas, pero, ¡ah, la grandeza de la narración!, ya sabéis que de lo cotidiano, bien contado, encierra los arquetipos universales que más nos alcanzan.

Épica íntima. Sí, sería una buena definición. No sé si acertada, pero a mí me vale.

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The Cure, Palau Sant Jordi, Barcelona, 26 de octubre del 2016

Parece mentira: tantos años sin prestar más que una atención fugaz a uno de los grupos de mi adolescencia y, gracias a la perseverancia de una amiga (a la que le debo también otro de los conciertos del año, el de Neil Young —a lo tonto, este 2016 ha sido también “el año de los conciertazos del año”: ha habido más que partidos del siglo, y con diferencia—), ayer viví uno de esos momentos de completa comunión con un grupo y con una época. Porque, lo quiera o no, y de eso me di cuenta mientras subía por las faldas de Montjuïc tarareando algunos de sus temas, las canciones de The Cure están muy íntimamente entrelazadas con una época concreta de mi vida; y, curiosamente, mucho más que los que eran entonces mis artistas favoritos. El porqué no me queda muy claro, ya que, a finales de los ochenta yo estaba más por los grupos de rock épico y bombástico. Pero la banda de Robert Smith es mucho más versátil en cuanto a abanico melódico, y sus hookworms han quedado anclados en el subconsciente con imágenes y recuerdos de aquella primera juventud, de cuando uno aún está madurando, de cuando las dudas lo asolan a uno. Por otro lado, al fin y al cabo, las letras de Smith van de eso: de esos espacios tenebrosos, de dudas, de crecer torcido. Justo en la senda opuesta a U2, Simple Minds, Bruce Springsteen y demás de su palo.

Total, cortando el rollo: que lo de ayer fue un conciertazo en mayúsculas. No vimos el grupo arisco cabeza de cartel del Primavera Sound, sino uno completamente seguro de su músculo, de su lírica y de que, qué caramba, de las ganas de pasárselo bien. Que aquel era su público incondicional. Para no variar, apenas hay canciones posteriores al Wish (1992), a excepción del single “Wrong Number” (absolutamente catatónico, por cierto) y, eh… búsqueda en las redes…: “It Can Never Be the Same”, canción del ¡2016! Sí, una nueva canción que estrenaron, junto a “Step Into the Light” (ambos títulos son oficiosos) en el inicio de la gira en Nueva Orleans.

The Cure pasaron como un rodillo, tres horas de alta intesidad pero sin dejar de lado los matices, algo que es muy de malabarista musical. La victoria, a poco que uno se pare a pensar, la tenían al alcance de la mano, si tenemos en cuenta que poseen un catálogo preñado de melodías de éxito, de fuerte carácter y tremendamente pegadizas; pueden dejarse éxitos fuera del concierto (y así lo hicieron) y, aun así, dejarte con la sensación de que han ejecutado un greatest hits, cuando no fue del todo cierto: hubo rescates de su primera etapa (“Primary”, “Sinking”), sencillos muy queridos por los die-hard fans (“Charlotte Sometimes”), estrenos como el que he mencionado antes, delicatessen (“From the Edge of the Deep Green Sea”). Y éxitos, evidentemente: pero cuando empezaron, casi a traición, “Friday I’m In Love”, yo ya me había olvidado de ella, ya podría haberme ido con un excelente sabor de boca, y aún quedaba lo mejor. Sí, se dejaron “Prayers for Rain”, pero tocaron hasta siete de The Head on the Door (mi favorito tras el Disintegration), “Lullaby” fue magistral, y casi me desgañito y me caigo por las gradas bailando al ritmo del “Close to Me” y “Why Can’t I Be You”.

Reconozco que es emocionante, ya que hablábamos de comuniones, ver como el público corea, aplaude y aún es capaz de pedir más canciones, Robert no te vayas y sal a bailar que tú lo haces fenomelan, tras tres horas de concierto (las pausas entre bises apenas daban tiempo para que los más yonquis consultasen Facebook o Instagram, aunque bueno, también había gente capaz de mirar el móvil y ¿atender? a la vez el concierto), y en la escala de Richter lo de ayer se acercaba al tope.

¿Y con qué canción me quedaría yo?, me preguntáis. Pues mira, con el “Boys Don’t Cry”. Me emocionó como pocas canciones lo han hecho este año.

En resumen: tres horas a alto nivel, sin apenas bajonas, con un Robert Smith que afina (aún) como los ángeles, un Simon Gallup que se mueve más que un saco pulgas, sonido arrollador (quizá convendría subir un poco más la voz en la mezcla, que a veces se perdía), un poco de nostalgia y mucho savoir faire de la banda. Uno de los últimos grupos capaces de llenarte un Sant Jordi con un discurso propio y alejado de los tópicos del mainstream.

Resumiendo el resumen: ¡una pasada!

Si queréis escuchar el repertorio, intercalad este vídeo de “It Can Never Be the Same” entre  “End” y “Burn” (fue la primera canción del primer bis) en esta lista de Spotify.

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Nada Surf, Razzmatazz 2 (Barcelona), 22/12/2016

A veces las cosas van así: cuando menos te lo esperas te encuentras en mitad del mejor concierto de tu nueva banda favorita.

Y es que a Nada Surf los conocí hace apenas medio año, en el Vida Festival, y eso que tuvimos una emergencia cafeínica que nos hizo escucharlos desde la distancia en una cola kilométrica. Los había escuchado en Spotify y no me llamaron la atención, pero, ¡hey!, ese directo tenía una cualidad… directa. Sí, ¿sabéis esos artistas con los que conectas porque…? Bueno, vete a saber por qué: yo lo achaco a una cuestión de actitud, a que, cuando pones el alma ahí en la música y te estás de zarandajas, se nota.

Aprovechando que le regalamos a una pareja de buenos amigos unas entradas para resarcirse de la emergencia cafeínica, oye, pues aproveché y me compré yo otra.

Qué gran decisión.

Y eso que volví a escucharlos en Spotify y me costó emocionarme. Me recordaban vagamente a Superchunk, con la pega añadida de la falta de familiaridad. Power pop (veo que también lo llaman ahora jangle pop) de melodías rasposas y medio ocultas tras el rasgueo eléctrico. Pero nada, que todo fue empezar con la primera canción de su último disco, “Cold to See Clear”, y entre la nostalgia noventera (y, a ver, que yo en aquella época era de bandas ochenteras) y el buen rollo que desprenden (sonido directo, actitud frontal, directa, llana) me sentí transportado a otra época, una un poco más ingenua pero también más dinámica y comprometida.

Eso sólo fue el principio.

Las tres primeras canciones fueron, digamos, milimétricas, si es que cuando se toca power pop se puede ser milimétrico. Pero poco a poco dio la impresión de que la banda se estaba animando. El sonido se volvió más compacto, más pleno, y subió la intensidad unos cuantos grados. Cosa que el público también captó, y la retroalimentación fue dando sus frutos con más bailes, más palmas, más ovaciones; todo en un ambiente como de muy buen rollo. Los parlamentos de Matthew Caws iban entre el humor casi británico, la ingenuidad (con ese castellano chapurreado, medio vacilante pero preciso) y el mensaje político (ese “me alegra que todos estemos juntos contra esto, malos tiempos” fue cándido hasta decir basta y, sin embargo, tan necesario que lo dijese); de vez en cuando, Daniel Lorca tomaba el micro y era mucho más directo, y también los hacía más cercano.

La recta final ya fue de traca. Bises aclamados: “Popular”, “Always Love”, ¡si hasta la coreé, pillando el estribillo al vuelo! Pero, ah, tras dos horas (¡dos horas!, cuando hoy en día si te actúan hora y media ya te puedes dar con un canto en los dientes), ese “Blizzard of ’77” con dos guitarras acústicas, sin micros y con el público (que ya salía de la sala) acercándose al escenario en silencio fue… especial. Mágico. Majérrimo.

Claro, ahora estoy repasando la discografía, desentrañando las letras y desmadejando ese sonido que, al principio, parecía homogeneizar y enmascarar las diferentes canciones, y eso: mi nuevo grupo favorito. Aún les quedan unas cuantas fechas en España, así que, si por un casual, podéis acercaros a verlos, bueno, pues ya me contaréis, pero creo que no os arrepentiréis.

 

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