Café Society, de Woody Allen

A estas alturas de la película, y nunca mejor dicho, no os voy a descubrir nada: hace años que Woody Allen escribe y dirige con el piloto automático en marcha. Hace años que, por una circunstancia u otra, no voy a ver sus estrenos, y sin embargo no he oído ni leído críticas que me hayan empujado a recuperarlas. ¿Cuál ha sido su última película con enjundia? ¿Match Point? La última suya que vi fue Midnight in Paris que, aun falta de la chica de, digamos, Balas sobre BroadwayDeconstruyendo a Harry, tiene el encanto de esas películas hechas con amor. Y, ¡caramba!, no deja de ser una película de género fantástico. Y de eso hace… vaya, cinco años.

Café Society cumple la misma premisa: otra película de Woody Allen que cuenta una historia sencilla, con apenas un enredo amoroso, motor de la acción, un ritmo correcto, ni tan acelerado como el Allen más explosivo ni moroso, sin grandes gags pero con un montón de guiños y frases, si no memorables, sí merecedoras de algún meme motivacional (“Mi madre siempre dice: ‘Vive la vida como si fuese el último día; así, por lo menos, te aseguras de que un día acertarás’), pero que no se recordará por ser una obra maestra.

Pero, ¿qué queréis que os diga? Cuando me paso toda la película enamorado de los personajes, definidos apenas con los cuatro trazos que sabe darles Allen, con la sonrisa siempre en los labios, riendo de sus flaquezas y sus imperfecciones y de las situaciones cómicas que generan, y acabas echando unas lágrimas por el mensaje final, pues me levanto y aplaudo y le pido unos cuantos años más de vida al de Manhattan para que, cada año, me regale una película igual y me lo haga pasar tan bien con la magia del cine.

¿Qué cuenta Café Society? Oh, pues eso, una historia muy sencilla, así que os voy a cascar el espóiler a continuación porque, si no, me quedo sin argumento para la tesis, y porque lo importante es el camino, creedme. Bobby, interpretado por Jesse Eisenberg, deja atrás a su familia humilde en Nueva York para instalarse en el Hollywood de los años dorados del cine (los años treinta del siglo xx; eran esos los años dorados, ¿no? Bueno, si no lo eran, aquí lo parecen y disculpadme el error) con la esperanza de que su tío Philip, uno de los agentes cinematográficos de mayor éxito, lo ayude a ganarse la vida. Su tío le encomienda al principio trabajillos de recadero, y le asigna a una de sus secretarias, Vonnie, para que le enseñe la ciudad. Vonnie (encarnada por Kristen Stewart), aspirante a actriz desencantada del glamour superficial de Hollywood, y Billie se caen muy bien y, tras varias citas, queda claro que se ha establecido una relación muy especial, pero Vonnie, viendo el camino que toma el asunto, le dice que hace un año que está saliendo con un chico, un periodista que está siempre de viaje. Billie no pierde la esperanza, hasta que, un día, Philip, el auténtico amante de Vonnie, incumple la promesa de romper con su mujer. Vonnie acude a Billie con el corazón destrozado, le reconoce que, en realidad, se estaba viendo con un hombre casado, y busca consuelo en su compañia (consuelo de verdad, no me seáis malpensaos). A pesar de mostrarse cauta y recelosa en temas del corazón, con el tiempo acaban enamorándose y haciéndose pareja. A su vez, Philip, sin tener a nadie más cercano que Billie (“lo más parecido a la familia que tengo en Hollywood”), le confiesa que ha tenido una amante y que, tras dejarla, se da cuenta de que no puede vivir sin ella. Billie lo consuela (mismo paréntesis de arriba) y le dice que si es una mujer tan especial, pues igual sí que debería intentarlo.

No sigo. Ya os podéis imaginar cómo acaba el asunto.

Antes de continuar con la trama principal, he de señalar que la galería de secundarios es deliciosa: la madre de Billie y hermana de Philip, judía practicante, humilde y sencilla; su marido, un artesano gañán, judío escéptico, pragmático y de sabiduría callejera; el hermano mayor de Billie, un gánsgter con olfato para los negocios (bueno, olfato y otras artes que ayudan en el negocio de los night clubs); la hermana mediana, profesora casada con un intelectual (¡comunista!) pusilánime; y es durante las intervenciones de estos y otros secundarios, como los amigos neoyorquinos millonarios que Billie conoce a través de Philip y los asiduos del night club de Ben, el hermano mayor, que acabará dirigiendo Billie, donde Allen aprovecha para lanzar sus dardos contra la política (y, en concreto, a los políticos corruptos), el mundo del cine y la superficialidad de la sociedad.

Y volvemos a los protagonistas: Billie acaba casándose con otra Veronica, con la que tendrá dos niños, y acabará como propietario del night club de mayor éxito de Nueva York, la ciudad que ama, después de que su hermano Ben acabe sentado en la silla eléctrica. Vonnie se casa con Philip y acabará rendida a los encantos de la vida glamurosa de Hollywood.

¿Y qué pasa cuando vuelven a encontrarse? Pues que reviven los sentimientos: el amor no ha muerto, pero cada uno ha tomado una decisión y un camino diferente. Cuando se encuentran en Nueva York o en Hollywood quedan solos, recuerdan viejos tiempos, se reconocen ese cariño especial que tienen…

Pero, ¿y qué pasa? ¿Pasa algo más? No, pasa lo que acostumbra a pasar: se lamentan… pero cada uno sigue con su vida. Se encienden las luces del cine y algún que otro expectador se encoge de hombros y pregunta: “¿Ya está?”. Pues sí, ya está; y, si diegéticamente (Juanma, espero un like en Facebook por el uso del adverbio) parece que falta una pieza (final anticlimático donde los haya), quizá no haya salida más poética que esa. Porque que se arrepintiesen, rompiesen con las decisiones tomadas y desbaratasen sus vidas por juntarse de nuevo habría sido tan artificial y tan de Hollywood…

Por otra parte, el mensaje (el que he entendido, claro) es que, en la vida, algunas decisiones te llevarán a alejarte de seres queridos, pero en el recuerdo quedarán los buenos momentos y el cariño profesado. Y me parece leer a mí, ya me diréis los que vayáis a verla, que se trata también de una mezcla entre carta de amor y despedida a sus anteriores parejas.

En fin, que si una película de Woody Allen en modo piloto automático me da para más de 1.000 palabras nada más llegar a casa, es una película que merece la pena ver.

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Sobre escribir letras de canciones

Mis primeros intentos [de escribir canciones] coincidieron aproximadamente con mis primeros escarceos amorosos con el sexo opuesto. Me llamaba la atención la enorme divergencia entre cómo se describían las relaciones en las canciones que escuchaba por la radio y mi experiencia en la vida real (supongo que también podía ser culpa de mi propia técnica). Así que decidí intentar equilibrarlo, introduciendo en ellas la torpeza y todos los momentos incómodos. (…) Siempre estaba buscando en [las letras de canciones pop] que generalmente no encontraba. (…) [Escribir canciones] se convirtió en un anteproyecto de mi proceso de trabajo: un intento de emparejar un tema “inapropiado” con estructuras pop bastante convencionales. Un intento de crear el tipo de música pop que yo hubiera deseado que estuviera allí para ayudarme cuando lo necesitaba.

Y la que me parece también genial:

Si te empeñas, puedes hacer mitología de lo que quieras.

Hablando de los pequeños detalles de la vida cotidiana. Siempre lo he dicho: este tío es un genio.

Las citas proceden de:

Madre, hermano, amante, Jarvis Cocker

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¿Qué fue del punk?

Os recomiendo encarecidamente la exposición Punk. Els seus rastres en l’art contemporani. Es tal cual su nombre indica, así que no esperéis una muestra exhaustiva del panorama musical de finales de los setenta, aunque los paneles dedicados a la eclosión del punk no se quedan en la anécdota y recorren tanto los precedentes como algunos de los herederos actuales de Sex Pistols, The Clash, New York Dolls, Buzzcocks et al. Menos evidente y mucho más interesante resulta el ideario, la gestación, el momento y el entorno en que se produjo la irrupción del punk. Recordemos uno de los eslóganes más conocidos y reconocidos: “No Future”. La sociedad occidental aún sufría los efectos de la crisis del petróleo, gobiernos terriblemente conservadores se asentaron en Reino Unido (Margaret Thatcher) y Estados Unidos (Ronald Reagan), las luchas sindicales se recrudecían (y acababan aplastadas por el gobierno de turno), el paro parecía sistematizarse…

¿Les recuerda algo?

El cuerpo como campo de batalla #Punk #macba

A photo posted by Álex Vidal (@eleternoaprendiz) on

El punk fue fugaz pero dejó un rastro que, en parte, se rastrea en la exposición. Pero al salir me quedó la sensación de que, en unos tiempos tan parecidos a aquellos (o, incluso peor, a la Europa de entreguerras), no parece que haya un movimiento o un conjunto de ellos que le plante cara al sistema como, fugazmente también, se lo plantó el punk al stablishment en todos los niveles, desde el político al cultural.

Quizá aún falte perspectiva. O, desde luego, que haya multitud de movimientos que se me escapen al radar por no participar de sus círculos o estén convenientemente silenciados gracias a su omisión en los medios (aunque en este época de Internet se me antoja raro). ¿El 15-M? Aun así… ¿Dónde están reflejados el inconformismo, la lucha, la ruptura? Deben de ser símbolos muy sutiles, nada tan radical como cantar Anarchy in the UK London Calling, representar happenings con sangre y vísceras o… Bueno, sí, quizá unas de los últimas artistas con una actitud realmente punk (usado aquí como sinónimo de ruptura, denuncia, confrontación) sean las Pussy Riot. O las acciones reivindicativas del colectivo Femen. Pero se me siguen antojando pocos y no tan extendidos, tan simbolizados, en la sociedad. ¿El sistema ha aprendido a absorber y neutralizar con mayor diligencia la disensión, mercantilizándolo mucho más rápido que como hizo con el punk? Quién sabe…

O quizá la disensión ha tenido que aprender a ser más sutil para poder infiltrarse en el sistema y roerlo desde dentro. En ese sentido, la exposición Andrea Fraser. L’1 %, c’est moi tiene bastante de punk en su forma de criticar y poner en evidencia la tendencia mercantilista que en los últimos años se ha asentado en los museos y el mundo del arte. También os la recomiendo.

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Primavera tiene nombre de mujer. #PS2015 (II)

Voy a soltar un spoiler: el título de estos posts rememorativos viene porque mi balance final de la edición del 2015 fue, primero, “WOW!, ¡cuántos buenos conciertos he disfrutado! (sin tener que pisar mucho los escenarios situados en Mordor, cosa muy de agradecer); y segundo, al hacer un balance de los más emotivos, prácticamente todos eran grupos femeninos, o proyectos liderados por una mujer, o se trataba de una artista en solitario. Conciertos ricos que abarcaron desde el folk intimista al flamenco, el virtuosismo al piano, los ritmos étnicos y el punk más desopilante.

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El cinquè hivern, compañía Mal Pelo

No voy a extenderme mucho: hay que ir a verla. Ya está. Aunque no se entienda de danza contemporánea. Vas a sentir ternura, te vas a abrumar con la reflexión sobre el paso del tiempo, habrá momentos en que notarás la tensión, una sutil violencia procedente del inconformismo, del pesar, de ese invierno que se nos escurre entre los dedos, pero sobre todo verás un espectáculo tierno, delicado en su sobriedad, ejecutado con precisión y con el aplomo que da esos 25 años de carrera de María Muñoz y Pep Ramis con Mal Pelo.

Quedan 3 sesiones, 19, 20 y 21 de febrero, amén de otras tres obras que reestrenan dentro del marco del vigésimo quinto aniversario de la compañía; una de ellas junto al Niño de Elche, que tiene una pintaza formidable.

De verdad, que no te eche para atrás “no entender” de danza: simplemente, no intentes comprender lo que ves, sólo siéntelo y ya, después, debates con los amigos o haces una entrada en el blog:) Porque, de verdad, merece mucho la pena sentirlo.

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Un tramvia anomenat Desig, de Tenesse Williams, dir. Oriol Tarrasón

Con lo influyente que ha sido y es Tenesse Williams en la literatura y el arte estadounidenses… y aún no había visto nada de él. No, chicas y chicos, no he visto (aún) las adaptaciones cinematográficas Un tranvía llamado Deseo ni La gata sobre el tejado de zinc, lo que añade un plus al impacto recibido por ver el Tranvía por primera vez.

Añade un plus, pero la brutalidad inherente del texto se mantiene intacta. Pocas veces, muy, muy pocas, me he encontrado con una obra con tantas implicaciones, tan certera en su disección de las pasiones humanas y, sobre todo, tan fluida.

Sin espoilear, aquí va un breve resumen (total, todos ya conocéis la peli de Marlon Brando): Blanche Dubois aparece inesperadamente en casa de su hermana Stela con la excusa de una breve visita que se convierte en una larga estancia. Las Dubois pertenecen a una familia de rancio abolengo que ha acabado en la ruina. Blanche huye de un pasado no muy claro, y Stela vive en los arrabales de una ciudad con un hombre rudo, Stanley Kowalsky, que parece salido directamente de la época cromañón. Blanche no es sincera, desprecia al marido de Stela, y este, básico y más bruto que un arado, no se corta a la hora de ejercer su violencia de macho alfa. El cuadro lo completa el mejor amigo de Stan, Mitchell, un hombre solitario y en principio bonachón que cae en un abrir y cerrar de ojos a la seducción de Blanche.

El personaje torturado de Blanche y la brutalidad primitiva de Stan son dos de los polos entre los que gira la obra, en la que poco a poco se va desgranando la mísera vida interior de la mujer mientras sus acciones van erosionando la imagen pública de Stela y, sobre todo, Mitch, revelando las pulsiones egoístas que todos albergamos.

Me pasé buena parte de la obra esperando que se acabase ya, porque preveía que al final iba a desencadenarse el rosario de la Aurora y sentía miedo. Sí, el final es de traca. Por. R’hllor. Bendito. La sensación de violencia inherente estaba siempre presente en escena, una violencia que procede de nuestra parte más animal y que se traduce en pasiones, egoísmo, vacío y mucho, mucho anhelo. Brrr. Es que aún me recorren escalofríos mientras escribo estas líneas.

Y todo ambientado en el barrio de al lado, con personajes cotidianos y con una prosa clara y fluida. Una adaptación de cinco estrellas y media. Quizá al principio hay alguna transición brusca (Stan pasa rápidamente de chulearle a Blanche a meterle una hostia que cuadra con su personalidad, pero que unas cuantas líneas de diálogo o una escena más que incidiese en el personaje se habría agradecido), pero el manejo de los símbolos en el escenario es soberbia, igual que la actuación, con mención especial a los personajes de Blanche y Mitchell, interpretados por Annabel Castan y Pepo Blasco.

Un tranvia anomenat Desig estará en la sala Muntaner hasta finales de febrero. Y, si a alguien le interesa, me dieron un flyer con un 50 % de descuento. Si alguien se anima, que me lo pida:)

 

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Primavera tiene nombre de mujer. #PS2015 (I)

Cada año me retraso más. Aunque ya no tenga mucho interés, escribir estas crónicas es un buen ejercicio memorístico, ocho meses más tarde, tanto para recordar los buenos (y los no tan buenos, y las anécdotas…) momentos como para  fijar los nombres de los artistas más interesantes de la pasada edición. Y ya que ayer anunciaron el cartel de la edición del 2016 (¡ñam!), quizá sea el momento de desempolvar las telarañas de la memoria. Así que, sin más dilación (claro, va a ser por un día más…), vamos a por ello.

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