Shaking Shakespeare, de Josep Fadó, Sheila Garcia y Moisès Maicas

No voy a decir nada nuevo; tengo que darle la razón al Time Out: todos los caminos llevan a Shakespeare.

Shaking Shakespeare, un musical para cincuenta afortunados asistentes cada noche, prorrogado durante cinco improrrogables días. A vosotros os quedan cuatro si queréis pasar un rato divertido, tierno y emocionante. Sí, un musical, en el que Will, el Bardo, hace de nexo sentimental, más que argumental, entre los números musicales, que abarcan desde extractos de ópera sacados de Macbeth Otelo (brrrutalll la interpretación del tenor Josep Fadó) hasta números musicales de Cole Porter, West Side Story y El Rey León, a las voces y coreografía de The Hanfris Quartet y The Sing Song Sisters. Porque, sin lugar a dudas, la sombra de Shakespeare resuena en las historias más arquetípicas de la cultura popular. Id con la mente y, sobre todo, con los oídos muy abiertos; la trama no se explica, sólo se siente.

Y, como dice Will al principio, reiréis, os emocionaréis, lloraréis… Y, en mi caso, me ha recordado que West Side Story sigue siendo una de mis películas favoritas.

Lo mejor, insisto: dejarse llevar y descubrir el espíritu de Shakespeare en la música.

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Cazafantasmas, de Paul Feig

Tanto tiempo sin ir al cine y, en apenas dos semanas, tengo para resucitar el blog.

Pues eso, el jueves fui a ver el reboot de Cazafantasmas. Pequeño paréntesis: Si no hacéis caso de las críticas (que se ceban mucho más con esta película que no con otras infinitamente peores de la cartelera) y vais a verla, por favor, haceos un favor e ir a verla en versión original. Paréntesis dentro del paréntesis: Igual que Café Society, por cierto, en la que el doblaje joanperiano de Jessie Eisenberg rechina por la desincronización con la actuación. En Cazafantasmas, Leslie Jones se come a todos los demás, y su voz es parte fun-da-men-tal de la definición del personaje. A mí me dejó embobado. Lo mejor de la peli, con diferencia.

Pero cerremos los paréntesis y no nos liemos.

Resumiendo: ¿la peli es buena? Pues la verdad es que no. Buena, lo que se dice buena, no ¿Es mala? Hombre, yo no diría eso, porque, la verdad, después os tragáis cada bodrio pero con patatas, ¿eh? ¿Entonces? A ver, se trata de una comedia sin pretensiones (más allá de la taquilla y la nostalgia) y, como tal, cumple su objetivo con eficacia. ¿Te ríes? Pues sí, bastante. Algunos chistes son un poco mew pero con otros te partes el ojete. ¿Guiños? Todos los que quieras y más. ¿Mensaje? Bueno, tiene unas pocas cargas de profundidad que, para tratarse de una peli comercial y sin pretensiones, no está pero que nada mal. Todo un plus, y desde aquí mi admiración. ¿Tiene problemas? Aun así, sí, tiene unos cuantos. Los que me molestaron personalmente fueron:

  1. Un guión… ¿insatisfactorio?, ¿poco compensado?, ¿poco trabajado?, ¿con agujeros? Y aquí no hablo sólo de Cazafantasmas, sino de una tendencia. Tuve la misma sensación incómoda con Star Trek: Más alláStar Wars VII y con casi todos los estrenos en plan blockbuster que he visto últimamente. En el caso de Cazafantasmas, esta sensación me la dio, al principio, la presentación de los personajes, que es como tirando a ramplona, cual peli amateur, y que la historia avance a trompicones sin una dirección muy clara;
  2. Deus ex machina: a saco. A medida que se va aumentando la amenaza sobrenatural y las protas se encuentran con una situación más complicada, ¡zas!, nuevo cachivache en ristre. Tampoco ayuda que los fantasmas sean más torpes que una escuadrilla zombi o no se decidan a actuar. Y, bueno, la resolución final no es que sea un deus, sino todo un Olimpo ex machina; ni Tamariz se saca las cartas de forma tan descarada;
  3. Montaje: pillé un cambio de escena sin sentido alguno. Y no soy de darme cuenta de esas cosas, así que quien sea muy tiquismiquis con la coherencia interna va a salir de la sala con los pelos disparaos del susto;
  4. Ritmo: relacionado con el primer punto. El guión es la primera víctima cuando empiezas a acumular clímax hacia el final (o haces del final todo un clímax de acción) o interrumpes la narración necesitas calzar el punto de inflexión para el siguiente acto (acto que no sabes cómo enlazar y que acaba en el suelo de la sala de montaje). Así que me sobró alguna que otra escena de relleno, y la escena de acción final se me antojó demasiado larga.

Pero, como os decía antes, la peli tiene sus virtudes, y no son pocas por mucho que hayan pasado desapercibidas a causa de la estúpida polémica montada por mendrugos tardoadolescentes. Polémica que no tiene que eclipsar el hecho de que la película la protagonizan cuatro cómicas de solvencia más que probada cuyo trabajo va desde la efectividad (y que un cómico sea efectivo es difícil; el humor es muy difícil y lo deberíamos de saber) hasta, señoras y señores, insisto: Leslie. No tan sólo es la más divertida de todo el reparto y quien mejor actúa, sino que es quien, además, cohesiona a todas las demás. Quizá sea por química, o quizá porque era el elemento que le a los guionistas para arrancar la historia. Por otro lado, usar a Thor, digo Chris Hemsworth como sátira del machismo inherente en comedias y pelis de acción por su papel de secretario buenorro y con menos luces que un tratado de homeopatía cuántica quizá sea el mejor acierto de la peli.

La peli también tiene gags memorables. Algunos más finos y otros más bruticos. Mi favorito, en voz de Leslie: “I dunno if this is a racist thing, or a ladies thing…” Y guiños a tutiplén. No podía faltar Bill Murray, claro. Ni la sintonía que todos conocemos. Ni el Cadillac. Ni Slimer. Ni Ozzy Osbourne.

En resumen: no es una obra maestra, pero, como dicen, la original tampoco era buena. Aunque quizá el guión de aquella no pecaba de tanta espectacularidad visual y el guión estaba más trabajado. Quizá alguno diga que esta afirmación es fruto de la nostalgia, pero recordad cuántas películas de hace treinta años quedan en la memoria (bueno, las que han pasado el cedazo del tiempo, por algún motivo u otro; el resto las hemos olvidado) y cuántas recordamos del año pasado. Y es que parece ser que hoy en día hay muy pocos productos que sepan conjugar la comercialidad con una historia que sea satisfactoria.

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Café Society, de Woody Allen

A estas alturas de la película, y nunca mejor dicho, no os voy a descubrir nada: hace años que Woody Allen escribe y dirige con el piloto automático en marcha. Hace años que, por una circunstancia u otra, no voy a ver sus estrenos, y sin embargo no he oído ni leído críticas que me hayan empujado a recuperarlas. ¿Cuál ha sido su última película con enjundia? ¿Match Point? La última suya que vi fue Midnight in Paris que, aun falta de la chica de, digamos, Balas sobre BroadwayDeconstruyendo a Harry, tiene el encanto de esas películas hechas con amor. Y, ¡caramba!, no deja de ser una película de género fantástico. Y de eso hace… vaya, cinco años.

Café Society cumple la misma premisa: otra película de Woody Allen que cuenta una historia sencilla, con apenas un enredo amoroso, motor de la acción, un ritmo correcto, ni tan acelerado como el Allen más explosivo ni moroso, sin grandes gags pero con un montón de guiños y frases, si no memorables, sí merecedoras de algún meme motivacional (“Mi madre siempre dice: ‘Vive la vida como si fuese el último día; así, por lo menos, te aseguras de que un día acertarás’), pero que no se recordará por ser una obra maestra.

Pero, ¿qué queréis que os diga? Cuando me paso toda la película enamorado de los personajes, definidos apenas con los cuatro trazos que sabe darles Allen, con la sonrisa siempre en los labios, riendo de sus flaquezas y sus imperfecciones y de las situaciones cómicas que generan, y acabas echando unas lágrimas por el mensaje final, pues me levanto y aplaudo y le pido unos cuantos años más de vida al de Manhattan para que, cada año, me regale una película igual y me lo haga pasar tan bien con la magia del cine.

¿Qué cuenta Café Society? Oh, pues eso, una historia muy sencilla, así que os voy a cascar el espóiler a continuación porque, si no, me quedo sin argumento para la tesis, y porque lo importante es el camino, creedme. Bobby, interpretado por Jesse Eisenberg, deja atrás a su familia humilde en Nueva York para instalarse en el Hollywood de los años dorados del cine (los años treinta del siglo xx; eran esos los años dorados, ¿no? Bueno, si no lo eran, aquí lo parecen y disculpadme el error) con la esperanza de que su tío Philip, uno de los agentes cinematográficos de mayor éxito, lo ayude a ganarse la vida. Su tío le encomienda al principio trabajillos de recadero, y le asigna a una de sus secretarias, Vonnie, para que le enseñe la ciudad. Vonnie (encarnada por Kristen Stewart), aspirante a actriz desencantada del glamour superficial de Hollywood, y Billie se caen muy bien y, tras varias citas, queda claro que se ha establecido una relación muy especial, pero Vonnie, viendo el camino que toma el asunto, le dice que hace un año que está saliendo con un chico, un periodista que está siempre de viaje. Billie no pierde la esperanza, hasta que, un día, Philip, el auténtico amante de Vonnie, incumple la promesa de romper con su mujer. Vonnie acude a Billie con el corazón destrozado, le reconoce que, en realidad, se estaba viendo con un hombre casado, y busca consuelo en su compañia (consuelo de verdad, no me seáis malpensaos). A pesar de mostrarse cauta y recelosa en temas del corazón, con el tiempo acaban enamorándose y haciéndose pareja. A su vez, Philip, sin tener a nadie más cercano que Billie (“lo más parecido a la familia que tengo en Hollywood”), le confiesa que ha tenido una amante y que, tras dejarla, se da cuenta de que no puede vivir sin ella. Billie lo consuela (mismo paréntesis de arriba) y le dice que si es una mujer tan especial, pues igual sí que debería intentarlo.

No sigo. Ya os podéis imaginar cómo acaba el asunto.

Antes de continuar con la trama principal, he de señalar que la galería de secundarios es deliciosa: la madre de Billie y hermana de Philip, judía practicante, humilde y sencilla; su marido, un artesano gañán, judío escéptico, pragmático y de sabiduría callejera; el hermano mayor de Billie, un gánsgter con olfato para los negocios (bueno, olfato y otras artes que ayudan en el negocio de los night clubs); la hermana mediana, profesora casada con un intelectual (¡comunista!) pusilánime; y es durante las intervenciones de estos y otros secundarios, como los amigos neoyorquinos millonarios que Billie conoce a través de Philip y los asiduos del night club de Ben, el hermano mayor, que acabará dirigiendo Billie, donde Allen aprovecha para lanzar sus dardos contra la política (y, en concreto, a los políticos corruptos), el mundo del cine y la superficialidad de la sociedad.

Y volvemos a los protagonistas: Billie acaba casándose con otra Veronica, con la que tendrá dos niños, y acabará como propietario del night club de mayor éxito de Nueva York, la ciudad que ama, después de que su hermano Ben acabe sentado en la silla eléctrica. Vonnie se casa con Philip y acabará rendida a los encantos de la vida glamurosa de Hollywood.

¿Y qué pasa cuando vuelven a encontrarse? Pues que reviven los sentimientos: el amor no ha muerto, pero cada uno ha tomado una decisión y un camino diferente. Cuando se encuentran en Nueva York o en Hollywood quedan solos, recuerdan viejos tiempos, se reconocen ese cariño especial que tienen…

Pero, ¿y qué pasa? ¿Pasa algo más? No, pasa lo que acostumbra a pasar: se lamentan… pero cada uno sigue con su vida. Se encienden las luces del cine y algún que otro expectador se encoge de hombros y pregunta: “¿Ya está?”. Pues sí, ya está; y, si diegéticamente (Juanma, espero un like en Facebook por el uso del adverbio) parece que falta una pieza (final anticlimático donde los haya), quizá no haya salida más poética que esa. Porque que se arrepintiesen, rompiesen con las decisiones tomadas y desbaratasen sus vidas por juntarse de nuevo habría sido tan artificial y tan de Hollywood…

Por otra parte, el mensaje (el que he entendido, claro) es que, en la vida, algunas decisiones te llevarán a alejarte de seres queridos, pero en el recuerdo quedarán los buenos momentos y el cariño profesado. Y me parece leer a mí, ya me diréis los que vayáis a verla, que se trata también de una mezcla entre carta de amor y despedida a sus anteriores parejas.

En fin, que si una película de Woody Allen en modo piloto automático me da para más de 1.000 palabras nada más llegar a casa, es una película que merece la pena ver.

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Sobre escribir letras de canciones

Mis primeros intentos [de escribir canciones] coincidieron aproximadamente con mis primeros escarceos amorosos con el sexo opuesto. Me llamaba la atención la enorme divergencia entre cómo se describían las relaciones en las canciones que escuchaba por la radio y mi experiencia en la vida real (supongo que también podía ser culpa de mi propia técnica). Así que decidí intentar equilibrarlo, introduciendo en ellas la torpeza y todos los momentos incómodos. (…) Siempre estaba buscando en [las letras de canciones pop] que generalmente no encontraba. (…) [Escribir canciones] se convirtió en un anteproyecto de mi proceso de trabajo: un intento de emparejar un tema “inapropiado” con estructuras pop bastante convencionales. Un intento de crear el tipo de música pop que yo hubiera deseado que estuviera allí para ayudarme cuando lo necesitaba.

Y la que me parece también genial:

Si te empeñas, puedes hacer mitología de lo que quieras.

Hablando de los pequeños detalles de la vida cotidiana. Siempre lo he dicho: este tío es un genio.

Las citas proceden de:

Madre, hermano, amante, Jarvis Cocker

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¿Qué fue del punk?

Os recomiendo encarecidamente la exposición Punk. Els seus rastres en l’art contemporani. Es tal cual su nombre indica, así que no esperéis una muestra exhaustiva del panorama musical de finales de los setenta, aunque los paneles dedicados a la eclosión del punk no se quedan en la anécdota y recorren tanto los precedentes como algunos de los herederos actuales de Sex Pistols, The Clash, New York Dolls, Buzzcocks et al. Menos evidente y mucho más interesante resulta el ideario, la gestación, el momento y el entorno en que se produjo la irrupción del punk. Recordemos uno de los eslóganes más conocidos y reconocidos: “No Future”. La sociedad occidental aún sufría los efectos de la crisis del petróleo, gobiernos terriblemente conservadores se asentaron en Reino Unido (Margaret Thatcher) y Estados Unidos (Ronald Reagan), las luchas sindicales se recrudecían (y acababan aplastadas por el gobierno de turno), el paro parecía sistematizarse…

¿Les recuerda algo?

El cuerpo como campo de batalla #Punk #macba

A photo posted by Álex Vidal (@eleternoaprendiz) on

El punk fue fugaz pero dejó un rastro que, en parte, se rastrea en la exposición. Pero al salir me quedó la sensación de que, en unos tiempos tan parecidos a aquellos (o, incluso peor, a la Europa de entreguerras), no parece que haya un movimiento o un conjunto de ellos que le plante cara al sistema como, fugazmente también, se lo plantó el punk al stablishment en todos los niveles, desde el político al cultural.

Quizá aún falte perspectiva. O, desde luego, que haya multitud de movimientos que se me escapen al radar por no participar de sus círculos o estén convenientemente silenciados gracias a su omisión en los medios (aunque en este época de Internet se me antoja raro). ¿El 15-M? Aun así… ¿Dónde están reflejados el inconformismo, la lucha, la ruptura? Deben de ser símbolos muy sutiles, nada tan radical como cantar Anarchy in the UK London Calling, representar happenings con sangre y vísceras o… Bueno, sí, quizá unas de los últimas artistas con una actitud realmente punk (usado aquí como sinónimo de ruptura, denuncia, confrontación) sean las Pussy Riot. O las acciones reivindicativas del colectivo Femen. Pero se me siguen antojando pocos y no tan extendidos, tan simbolizados, en la sociedad. ¿El sistema ha aprendido a absorber y neutralizar con mayor diligencia la disensión, mercantilizándolo mucho más rápido que como hizo con el punk? Quién sabe…

O quizá la disensión ha tenido que aprender a ser más sutil para poder infiltrarse en el sistema y roerlo desde dentro. En ese sentido, la exposición Andrea Fraser. L’1 %, c’est moi tiene bastante de punk en su forma de criticar y poner en evidencia la tendencia mercantilista que en los últimos años se ha asentado en los museos y el mundo del arte. También os la recomiendo.

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Primavera tiene nombre de mujer. #PS2015 (II)

Voy a soltar un spoiler: el título de estos posts rememorativos viene porque mi balance final de la edición del 2015 fue, primero, “WOW!, ¡cuántos buenos conciertos he disfrutado! (sin tener que pisar mucho los escenarios situados en Mordor, cosa muy de agradecer); y segundo, al hacer un balance de los más emotivos, prácticamente todos eran grupos femeninos, o proyectos liderados por una mujer, o se trataba de una artista en solitario. Conciertos ricos que abarcaron desde el folk intimista al flamenco, el virtuosismo al piano, los ritmos étnicos y el punk más desopilante.

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El cinquè hivern, compañía Mal Pelo

No voy a extenderme mucho: hay que ir a verla. Ya está. Aunque no se entienda de danza contemporánea. Vas a sentir ternura, te vas a abrumar con la reflexión sobre el paso del tiempo, habrá momentos en que notarás la tensión, una sutil violencia procedente del inconformismo, del pesar, de ese invierno que se nos escurre entre los dedos, pero sobre todo verás un espectáculo tierno, delicado en su sobriedad, ejecutado con precisión y con el aplomo que da esos 25 años de carrera de María Muñoz y Pep Ramis con Mal Pelo.

Quedan 3 sesiones, 19, 20 y 21 de febrero, amén de otras tres obras que reestrenan dentro del marco del vigésimo quinto aniversario de la compañía; una de ellas junto al Niño de Elche, que tiene una pintaza formidable.

De verdad, que no te eche para atrás “no entender” de danza: simplemente, no intentes comprender lo que ves, sólo siéntelo y ya, después, debates con los amigos o haces una entrada en el blog🙂 Porque, de verdad, merece mucho la pena sentirlo.

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