The Cure, Palau Sant Jordi, Barcelona, 26 de octubre del 2016

Parece mentira: tantos años sin prestar más que una atención fugaz a uno de los grupos de mi adolescencia y, gracias a la perseverancia de una amiga (a la que le debo también otro de los conciertos del año, el de Neil Young —a lo tonto, este 2016 ha sido también “el año de los conciertazos del año”: ha habido más que partidos del siglo, y con diferencia—), ayer viví uno de esos momentos de completa comunión con un grupo y con una época. Porque, lo quiera o no, y de eso me di cuenta mientras subía por las faldas de Montjuïc tarareando algunos de sus temas, las canciones de The Cure están muy íntimamente entrelazadas con una época concreta de mi vida; y, curiosamente, mucho más que los que eran entonces mis artistas favoritos. El porqué no me queda muy claro, ya que, a finales de los ochenta yo estaba más por los grupos de rock épico y bombástico. Pero la banda de Robert Smith es mucho más versátil en cuanto a abanico melódico, y sus hookworms han quedado anclados en el subconsciente con imágenes y recuerdos de aquella primera juventud, de cuando uno aún está madurando, de cuando las dudas lo asolan a uno. Por otro lado, al fin y al cabo, las letras de Smith van de eso: de esos espacios tenebrosos, de dudas, de crecer torcido. Justo en la senda opuesta a U2, Simple Minds, Bruce Springsteen y demás de su palo.

Total, cortando el rollo: que lo de ayer fue un conciertazo en mayúsculas. No vimos el grupo arisco cabeza de cartel del Primavera Sound, sino uno completamente seguro de su músculo, de su lírica y de que, qué caramba, de las ganas de pasárselo bien. Que aquel era su público incondicional. Para no variar, apenas hay canciones posteriores al Wish (1992), a excepción del single “Wrong Number” (absolutamente catatónico, por cierto) y, eh… búsqueda en las redes…: “It Can Never Be the Same”, canción del ¡2016! Sí, una nueva canción que estrenaron, junto a “Step Into the Light” (ambos títulos son oficiosos) en el inicio de la gira en Nueva Orleans.

The Cure pasaron como un rodillo, tres horas de alta intesidad pero sin dejar de lado los matices, algo que es muy de malabarista musical. La victoria, a poco que uno se pare a pensar, la tenían al alcance de la mano, si tenemos en cuenta que poseen un catálogo preñado de melodías de éxito, de fuerte carácter y tremendamente pegadizas; pueden dejarse éxitos fuera del concierto (y así lo hicieron) y, aun así, dejarte con la sensación de que han ejecutado un greatest hits, cuando no fue del todo cierto: hubo rescates de su primera etapa (“Primary”, “Sinking”), sencillos muy queridos por los die-hard fans (“Charlotte Sometimes”), estrenos como el que he mencionado antes, delicatessen (“From the Edge of the Deep Green Sea”). Y éxitos, evidentemente: pero cuando empezaron, casi a traición, “Friday I’m In Love”, yo ya me había olvidado de ella, ya podría haberme ido con un excelente sabor de boca, y aún quedaba lo mejor. Sí, se dejaron “Prayers for Rain”, pero tocaron hasta siete de The Head on the Door (mi favorito tras el Disintegration), “Lullaby” fue magistral, y casi me desgañito y me caigo por las gradas bailando al ritmo del “Close to Me” y “Why Can’t I Be You”.

Reconozco que es emocionante, ya que hablábamos de comuniones, ver como el público corea, aplaude y aún es capaz de pedir más canciones, Robert no te vayas y sal a bailar que tú lo haces fenomelan, tras tres horas de concierto (las pausas entre bises apenas daban tiempo para que los más yonquis consultasen Facebook o Instagram, aunque bueno, también había gente capaz de mirar el móvil y ¿atender? a la vez el concierto), y en la escala de Richter lo de ayer se acercaba al tope.

¿Y con qué canción me quedaría yo?, me preguntáis. Pues mira, con el “Boys Don’t Cry”. Me emocionó como pocas canciones lo han hecho este año.

En resumen: tres horas a alto nivel, sin apenas bajonas, con un Robert Smith que afina (aún) como los ángeles, un Simon Gallup que se mueve más que un saco pulgas, sonido arrollador (quizá convendría subir un poco más la voz en la mezcla, que a veces se perdía), un poco de nostalgia y mucho savoir faire de la banda. Uno de los últimos grupos capaces de llenarte un Sant Jordi con un discurso propio y alejado de los tópicos del mainstream.

Resumiendo el resumen: ¡una pasada!

Si queréis escuchar el repertorio, intercalad este vídeo de “It Can Never Be the Same” entre  “End” y “Burn” (fue la primera canción del primer bis) en esta lista de Spotify.

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Nada Surf, Razzmatazz 2 (Barcelona), 22/12/2016

A veces las cosas van así: cuando menos te lo esperas te encuentras en mitad del mejor concierto de tu nueva banda favorita.

Y es que a Nada Surf los conocí hace apenas medio año, en el Vida Festival, y eso que tuvimos una emergencia cafeínica que nos hizo escucharlos desde la distancia en una cola kilométrica. Los había escuchado en Spotify y no me llamaron la atención, pero, ¡hey!, ese directo tenía una cualidad… directa. Sí, ¿sabéis esos artistas con los que conectas porque…? Bueno, vete a saber por qué: yo lo achaco a una cuestión de actitud, a que, cuando pones el alma ahí en la música y te estás de zarandajas, se nota.

Aprovechando que le regalamos a una pareja de buenos amigos unas entradas para resarcirse de la emergencia cafeínica, oye, pues aproveché y me compré yo otra.

Qué gran decisión.

Y eso que volví a escucharlos en Spotify y me costó emocionarme. Me recordaban vagamente a Superchunk, con la pega añadida de la falta de familiaridad. Power pop (veo que también lo llaman ahora jangle pop) de melodías rasposas y medio ocultas tras el rasgueo eléctrico. Pero nada, que todo fue empezar con la primera canción de su último disco, “Cold to See Clear”, y entre la nostalgia noventera (y, a ver, que yo en aquella época era de bandas ochenteras) y el buen rollo que desprenden (sonido directo, actitud frontal, directa, llana) me sentí transportado a otra época, una un poco más ingenua pero también más dinámica y comprometida.

Eso sólo fue el principio.

Las tres primeras canciones fueron, digamos, milimétricas, si es que cuando se toca power pop se puede ser milimétrico. Pero poco a poco dio la impresión de que la banda se estaba animando. El sonido se volvió más compacto, más pleno, y subió la intensidad unos cuantos grados. Cosa que el público también captó, y la retroalimentación fue dando sus frutos con más bailes, más palmas, más ovaciones; todo en un ambiente como de muy buen rollo. Los parlamentos de Matthew Caws iban entre el humor casi británico, la ingenuidad (con ese castellano chapurreado, medio vacilante pero preciso) y el mensaje político (ese “me alegra que todos estemos juntos contra esto, malos tiempos” fue cándido hasta decir basta y, sin embargo, tan necesario que lo dijese); de vez en cuando, Daniel Lorca tomaba el micro y era mucho más directo, y también los hacía más cercano.

La recta final ya fue de traca. Bises aclamados: “Popular”, “Always Love”, ¡si hasta la coreé, pillando el estribillo al vuelo! Pero, ah, tras dos horas (¡dos horas!, cuando hoy en día si te actúan hora y media ya te puedes dar con un canto en los dientes), ese “Blizzard of ’77” con dos guitarras acústicas, sin micros y con el público (que ya salía de la sala) acercándose al escenario en silencio fue… especial. Mágico. Majérrimo.

Claro, ahora estoy repasando la discografía, desentrañando las letras y desmadejando ese sonido que, al principio, parecía homogeneizar y enmascarar las diferentes canciones, y eso: mi nuevo grupo favorito. Aún les quedan unas cuantas fechas en España, así que, si por un casual, podéis acercaros a verlos, bueno, pues ya me contaréis, pero creo que no os arrepentiréis.

 

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Toma este vals: Omega, Morente, Cohen, In-Edit

A estas horas ya debería estar durmiendo, pero las sensaciones vividas y revividas con el documental Omega me tienen los ojos como platos, la cabeza como una centrifugadora y las entrañas a mil.

Ah, Omega… Llegué tarde (como con tantas otras cosas) a ese disco. La eclosión del indie me pilló más metido en el mainstream; no fue hasta el 2002 que empecé a interesarme de verdad en la escena alternativa, y a partir del 2007, tras la segunda edición del Summercase (mi primer festival chispas), que se puede decir que me aficioné de verdad. Pero claro, había muchas lagunas que llenar. Y a pesar de que Los Planetas son el grupo más (re)conocido a nivel nacional, no llegué a conocerlos de verdad hasta la época de La leyenda del espacio. Poco después montaron con Antonio Arias y Soleá Morente el proyecto de Los Evangelistas para homenajear a la figura de Enrique Morente. Tras ver su impactante debut en el Palau de la Música, fui a escuchar ese disco que parecía totémico, ese Omega. Por dios… Si no es el mejor disco de la historia, poco le falta: Valiente, vanguardista, surrealista, vital… Pero la cosa va más allá, mucho más de las virtudes que se pueden glosar, que se pueden describir.

Porque hablamos de una vivencia. Algo terriblemente íntimo. Algo que resuena ahí, en las entrañas, una verdad indiscutible en un universo personal. Omega abrió un portal espaciotemporal que me llevó desde la pasión de juventud y edad adulta, el indie rock, a un paisaje casi olvidado: el flamenco, parte importante de mi infancia y que forma parte indisoluble de mis raíces.

Unas raíces de las que me separé durante la adolescencia (la típica etapa en que buscas independizarte y formar tu personalidad), pero que tienen una simbología muy peculiar, muy idiosincrática, que reconozco que siempre me han acompañado. Y, precisamente, aunque (si mal no recuerdo) el autor declarase que su poesía no intenta ser reflejo del cante jondo, en la obra de García Lorca (a la que llegué ya el año pasado; si voy con retraso, madre mía…) esas imágenes brillan y resuenan como en ninguna otra parte. Ahí están la pasión, la sangre, la luna y el sol y las estrellas, y los olivos y la tierra y el apego a la tierra, los labios y los amores prohibidos y el baile y de nuevo las estrellas: toda la imaginería telúrica, espiritual y terriblemente pagana que impregna esas raíces y que aprendí de niño durante muchas noches de sábado en las sesiones de cante de la Peña Flamenca de Cerdanyola. De niño, cuando uno es una esponja que absorbe todo lo que lo rodea aunque no lo comprenda y con lo que asienta los cimientos.

Después, como dice Morente en el documental Omega, resulta que la poesía de Leonard Cohen es muy lorquiana. Y aunque, mira, a Cohen lo conocí en la adolescencia con I’m Your Man, no ha sido hasta hoy, con la versión del “Hey, That’s No Way To Say Goodbye” aún inédita de Morente y Lagartija Nick que su poesía no me ha impactado hasta el punto de arrancarme lágrimas de cuajo.

Y es ahora cuando pienso que, oye, ojalá hubiese llegado a la poesía mucho antes, y a Lorca y a Cohen y a Morente, y me hubiese emborrachado de esas metáforas que parecen inalcanzables. Como Borges y Bradbury y Cortázar. Pero bueno, nunca es tarde si la dicha es buena. Total, todo este rollo para intentar plasmar ese impacto emocional que me produce Omega, y Lorca y Cohen; un impacto que pocos más consiguen.

Corolario: sí, para mí, Cohen es mucho más merecedor de un Nobel que Dylan, pero oye, sigo y seguiré defendiendo que el de Dylan no deja de ser un premio más que merecido.

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Shaking Shakespeare, de Josep Fadó, Sheila Garcia y Moisès Maicas

No voy a decir nada nuevo; tengo que darle la razón al Time Out: todos los caminos llevan a Shakespeare.

Shaking Shakespeare, un musical para cincuenta afortunados asistentes cada noche, prorrogado durante cinco improrrogables días. A vosotros os quedan cuatro si queréis pasar un rato divertido, tierno y emocionante. Sí, un musical, en el que Will, el Bardo, hace de nexo sentimental, más que argumental, entre los números musicales, que abarcan desde extractos de ópera sacados de Macbeth Otelo (brrrutalll la interpretación del tenor Josep Fadó) hasta números musicales de Cole Porter, West Side Story y El Rey León, a las voces y coreografía de The Hanfris Quartet y The Sing Song Sisters. Porque, sin lugar a dudas, la sombra de Shakespeare resuena en las historias más arquetípicas de la cultura popular. Id con la mente y, sobre todo, con los oídos muy abiertos; la trama no se explica, sólo se siente.

Y, como dice Will al principio, reiréis, os emocionaréis, lloraréis… Y, en mi caso, me ha recordado que West Side Story sigue siendo una de mis películas favoritas.

Lo mejor, insisto: dejarse llevar y descubrir el espíritu de Shakespeare en la música.

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Cazafantasmas, de Paul Feig

Tanto tiempo sin ir al cine y, en apenas dos semanas, tengo para resucitar el blog.

Pues eso, el jueves fui a ver el reboot de Cazafantasmas. Pequeño paréntesis: Si no hacéis caso de las críticas (que se ceban mucho más con esta película que no con otras infinitamente peores de la cartelera) y vais a verla, por favor, haceos un favor e ir a verla en versión original. Paréntesis dentro del paréntesis: Igual que Café Society, por cierto, en la que el doblaje joanperiano de Jessie Eisenberg rechina por la desincronización con la actuación. En Cazafantasmas, Leslie Jones se come a todos los demás, y su voz es parte fun-da-men-tal de la definición del personaje. A mí me dejó embobado. Lo mejor de la peli, con diferencia.

Pero cerremos los paréntesis y no nos liemos.

Resumiendo: ¿la peli es buena? Pues la verdad es que no. Buena, lo que se dice buena, no ¿Es mala? Hombre, yo no diría eso, porque, la verdad, después os tragáis cada bodrio pero con patatas, ¿eh? ¿Entonces? A ver, se trata de una comedia sin pretensiones (más allá de la taquilla y la nostalgia) y, como tal, cumple su objetivo con eficacia. ¿Te ríes? Pues sí, bastante. Algunos chistes son un poco mew pero con otros te partes el ojete. ¿Guiños? Todos los que quieras y más. ¿Mensaje? Bueno, tiene unas pocas cargas de profundidad que, para tratarse de una peli comercial y sin pretensiones, no está pero que nada mal. Todo un plus, y desde aquí mi admiración. ¿Tiene problemas? Aun así, sí, tiene unos cuantos. Los que me molestaron personalmente fueron:

  1. Un guión… ¿insatisfactorio?, ¿poco compensado?, ¿poco trabajado?, ¿con agujeros? Y aquí no hablo sólo de Cazafantasmas, sino de una tendencia. Tuve la misma sensación incómoda con Star Trek: Más alláStar Wars VII y con casi todos los estrenos en plan blockbuster que he visto últimamente. En el caso de Cazafantasmas, esta sensación me la dio, al principio, la presentación de los personajes, que es como tirando a ramplona, cual peli amateur, y que la historia avance a trompicones sin una dirección muy clara;
  2. Deus ex machina: a saco. A medida que se va aumentando la amenaza sobrenatural y las protas se encuentran con una situación más complicada, ¡zas!, nuevo cachivache en ristre. Tampoco ayuda que los fantasmas sean más torpes que una escuadrilla zombi o no se decidan a actuar. Y, bueno, la resolución final no es que sea un deus, sino todo un Olimpo ex machina; ni Tamariz se saca las cartas de forma tan descarada;
  3. Montaje: pillé un cambio de escena sin sentido alguno. Y no soy de darme cuenta de esas cosas, así que quien sea muy tiquismiquis con la coherencia interna va a salir de la sala con los pelos disparaos del susto;
  4. Ritmo: relacionado con el primer punto. El guión es la primera víctima cuando empiezas a acumular clímax hacia el final (o haces del final todo un clímax de acción) o interrumpes la narración necesitas calzar el punto de inflexión para el siguiente acto (acto que no sabes cómo enlazar y que acaba en el suelo de la sala de montaje). Así que me sobró alguna que otra escena de relleno, y la escena de acción final se me antojó demasiado larga.

Pero, como os decía antes, la peli tiene sus virtudes, y no son pocas por mucho que hayan pasado desapercibidas a causa de la estúpida polémica montada por mendrugos tardoadolescentes. Polémica que no tiene que eclipsar el hecho de que la película la protagonizan cuatro cómicas de solvencia más que probada cuyo trabajo va desde la efectividad (y que un cómico sea efectivo es difícil; el humor es muy difícil y lo deberíamos de saber) hasta, señoras y señores, insisto: Leslie. No tan sólo es la más divertida de todo el reparto y quien mejor actúa, sino que es quien, además, cohesiona a todas las demás. Quizá sea por química, o quizá porque era el elemento que le a los guionistas para arrancar la historia. Por otro lado, usar a Thor, digo Chris Hemsworth como sátira del machismo inherente en comedias y pelis de acción por su papel de secretario buenorro y con menos luces que un tratado de homeopatía cuántica quizá sea el mejor acierto de la peli.

La peli también tiene gags memorables. Algunos más finos y otros más bruticos. Mi favorito, en voz de Leslie: “I dunno if this is a racist thing, or a ladies thing…” Y guiños a tutiplén. No podía faltar Bill Murray, claro. Ni la sintonía que todos conocemos. Ni el Cadillac. Ni Slimer. Ni Ozzy Osbourne.

En resumen: no es una obra maestra, pero, como dicen, la original tampoco era buena. Aunque quizá el guión de aquella no pecaba de tanta espectacularidad visual y el guión estaba más trabajado. Quizá alguno diga que esta afirmación es fruto de la nostalgia, pero recordad cuántas películas de hace treinta años quedan en la memoria (bueno, las que han pasado el cedazo del tiempo, por algún motivo u otro; el resto las hemos olvidado) y cuántas recordamos del año pasado. Y es que parece ser que hoy en día hay muy pocos productos que sepan conjugar la comercialidad con una historia que sea satisfactoria.

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Café Society, de Woody Allen

A estas alturas de la película, y nunca mejor dicho, no os voy a descubrir nada: hace años que Woody Allen escribe y dirige con el piloto automático en marcha. Hace años que, por una circunstancia u otra, no voy a ver sus estrenos, y sin embargo no he oído ni leído críticas que me hayan empujado a recuperarlas. ¿Cuál ha sido su última película con enjundia? ¿Match Point? La última suya que vi fue Midnight in Paris que, aun falta de la chica de, digamos, Balas sobre BroadwayDeconstruyendo a Harry, tiene el encanto de esas películas hechas con amor. Y, ¡caramba!, no deja de ser una película de género fantástico. Y de eso hace… vaya, cinco años.

Café Society cumple la misma premisa: otra película de Woody Allen que cuenta una historia sencilla, con apenas un enredo amoroso, motor de la acción, un ritmo correcto, ni tan acelerado como el Allen más explosivo ni moroso, sin grandes gags pero con un montón de guiños y frases, si no memorables, sí merecedoras de algún meme motivacional (“Mi madre siempre dice: ‘Vive la vida como si fuese el último día; así, por lo menos, te aseguras de que un día acertarás’), pero que no se recordará por ser una obra maestra.

Pero, ¿qué queréis que os diga? Cuando me paso toda la película enamorado de los personajes, definidos apenas con los cuatro trazos que sabe darles Allen, con la sonrisa siempre en los labios, riendo de sus flaquezas y sus imperfecciones y de las situaciones cómicas que generan, y acabas echando unas lágrimas por el mensaje final, pues me levanto y aplaudo y le pido unos cuantos años más de vida al de Manhattan para que, cada año, me regale una película igual y me lo haga pasar tan bien con la magia del cine.

¿Qué cuenta Café Society? Oh, pues eso, una historia muy sencilla, así que os voy a cascar el espóiler a continuación porque, si no, me quedo sin argumento para la tesis, y porque lo importante es el camino, creedme. Bobby, interpretado por Jesse Eisenberg, deja atrás a su familia humilde en Nueva York para instalarse en el Hollywood de los años dorados del cine (los años treinta del siglo xx; eran esos los años dorados, ¿no? Bueno, si no lo eran, aquí lo parecen y disculpadme el error) con la esperanza de que su tío Philip, uno de los agentes cinematográficos de mayor éxito, lo ayude a ganarse la vida. Su tío le encomienda al principio trabajillos de recadero, y le asigna a una de sus secretarias, Vonnie, para que le enseñe la ciudad. Vonnie (encarnada por Kristen Stewart), aspirante a actriz desencantada del glamour superficial de Hollywood, y Billie se caen muy bien y, tras varias citas, queda claro que se ha establecido una relación muy especial, pero Vonnie, viendo el camino que toma el asunto, le dice que hace un año que está saliendo con un chico, un periodista que está siempre de viaje. Billie no pierde la esperanza, hasta que, un día, Philip, el auténtico amante de Vonnie, incumple la promesa de romper con su mujer. Vonnie acude a Billie con el corazón destrozado, le reconoce que, en realidad, se estaba viendo con un hombre casado, y busca consuelo en su compañia (consuelo de verdad, no me seáis malpensaos). A pesar de mostrarse cauta y recelosa en temas del corazón, con el tiempo acaban enamorándose y haciéndose pareja. A su vez, Philip, sin tener a nadie más cercano que Billie (“lo más parecido a la familia que tengo en Hollywood”), le confiesa que ha tenido una amante y que, tras dejarla, se da cuenta de que no puede vivir sin ella. Billie lo consuela (mismo paréntesis de arriba) y le dice que si es una mujer tan especial, pues igual sí que debería intentarlo.

No sigo. Ya os podéis imaginar cómo acaba el asunto.

Antes de continuar con la trama principal, he de señalar que la galería de secundarios es deliciosa: la madre de Billie y hermana de Philip, judía practicante, humilde y sencilla; su marido, un artesano gañán, judío escéptico, pragmático y de sabiduría callejera; el hermano mayor de Billie, un gánsgter con olfato para los negocios (bueno, olfato y otras artes que ayudan en el negocio de los night clubs); la hermana mediana, profesora casada con un intelectual (¡comunista!) pusilánime; y es durante las intervenciones de estos y otros secundarios, como los amigos neoyorquinos millonarios que Billie conoce a través de Philip y los asiduos del night club de Ben, el hermano mayor, que acabará dirigiendo Billie, donde Allen aprovecha para lanzar sus dardos contra la política (y, en concreto, a los políticos corruptos), el mundo del cine y la superficialidad de la sociedad.

Y volvemos a los protagonistas: Billie acaba casándose con otra Veronica, con la que tendrá dos niños, y acabará como propietario del night club de mayor éxito de Nueva York, la ciudad que ama, después de que su hermano Ben acabe sentado en la silla eléctrica. Vonnie se casa con Philip y acabará rendida a los encantos de la vida glamurosa de Hollywood.

¿Y qué pasa cuando vuelven a encontrarse? Pues que reviven los sentimientos: el amor no ha muerto, pero cada uno ha tomado una decisión y un camino diferente. Cuando se encuentran en Nueva York o en Hollywood quedan solos, recuerdan viejos tiempos, se reconocen ese cariño especial que tienen…

Pero, ¿y qué pasa? ¿Pasa algo más? No, pasa lo que acostumbra a pasar: se lamentan… pero cada uno sigue con su vida. Se encienden las luces del cine y algún que otro expectador se encoge de hombros y pregunta: “¿Ya está?”. Pues sí, ya está; y, si diegéticamente (Juanma, espero un like en Facebook por el uso del adverbio) parece que falta una pieza (final anticlimático donde los haya), quizá no haya salida más poética que esa. Porque que se arrepintiesen, rompiesen con las decisiones tomadas y desbaratasen sus vidas por juntarse de nuevo habría sido tan artificial y tan de Hollywood…

Por otra parte, el mensaje (el que he entendido, claro) es que, en la vida, algunas decisiones te llevarán a alejarte de seres queridos, pero en el recuerdo quedarán los buenos momentos y el cariño profesado. Y me parece leer a mí, ya me diréis los que vayáis a verla, que se trata también de una mezcla entre carta de amor y despedida a sus anteriores parejas.

En fin, que si una película de Woody Allen en modo piloto automático me da para más de 1.000 palabras nada más llegar a casa, es una película que merece la pena ver.

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Sobre escribir letras de canciones

Mis primeros intentos [de escribir canciones] coincidieron aproximadamente con mis primeros escarceos amorosos con el sexo opuesto. Me llamaba la atención la enorme divergencia entre cómo se describían las relaciones en las canciones que escuchaba por la radio y mi experiencia en la vida real (supongo que también podía ser culpa de mi propia técnica). Así que decidí intentar equilibrarlo, introduciendo en ellas la torpeza y todos los momentos incómodos. (…) Siempre estaba buscando en [las letras de canciones pop] que generalmente no encontraba. (…) [Escribir canciones] se convirtió en un anteproyecto de mi proceso de trabajo: un intento de emparejar un tema “inapropiado” con estructuras pop bastante convencionales. Un intento de crear el tipo de música pop que yo hubiera deseado que estuviera allí para ayudarme cuando lo necesitaba.

Y la que me parece también genial:

Si te empeñas, puedes hacer mitología de lo que quieras.

Hablando de los pequeños detalles de la vida cotidiana. Siempre lo he dicho: este tío es un genio.

Las citas proceden de:

Madre, hermano, amante, Jarvis Cocker

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