La autora de Las meninas, de Ernesto Caballero

Pues sí, últimamente me estoy dando un buen atracón de teatro. No puedo resistirme cuando veo una oferta (para una obra mínimamente interesante).

Pero, en vez de comentar las que más me han gustado, vamos a por la que más me ha decepcionado.

La autora de Las meninas cuenta con el obvio atractivo de Carmen Machi como protagonista. Seguro que ahora os ha venido a la cabeza la imagen de Aída, la chacha de 7 vidas y que, gracias al éxito del personaje, acabó protagonizando su propio spin-off. Algunos pocos sabréis que Carmen Machi es mucho, muchísimo más que eso. Hace año y medio la vi en el Teatre Lliure, bordando el papel de rey Creonte en Antígona, un papel que seguro que haría las delicias de Javier Marías (#ironía, of course). Machi se echó a Sófocles a la espalda, se comió el escenario con su presencia y su fortaleza, y se ganó una ovación como pocas veces he visto.

La autora de Las meninas parte de una premisa que, bien enfocada, podría dar mucho juego (la venta de Las meninas de Velázquez para enjugar el déficit de España), y en ciertos momentos de la obra se manejan conceptos completa y deliciosamente dickianos: la autenticidad, el sentido del valor, si es intrínseco o no, la copia, la identidad, la veracidad. Pero en vez de arremangarse y explorar esos temas tan jugosos, Ernesto Caballero se decanta por la superficialidad y el recurso fácil: el tópico, el chascarrillo coyuntural y la vis cómica de Machi, con el objetivo descarado de gratificar a los espectadores. Y vale, sí, es lícito y loable estrenar una obra con el objetivo de llenar la sala todos los días, claro que sí; algo nada baladí en estos tiempos que corren. Ahora, ante la falta de enjundia, crítica que te cae.

En un futuro cercano, una plataforma ciudadana (vamos, Podemos, descaradamente) gobierna el país y, para hacer frente a la deuda externa y mantener los programas sociales, deciden vender el patrimonio cultural, un bien superfluo ante otros problemas más graves. Encargan a una monja copista hacer una copia fiel de Las meninas con la intención de vender el original y hacer caja. Mientras está dibujando la copia, un vigilante del Museo del Prado entabla una relación que evoluciona de la cordialidad y el respeto al cuestionamiento de los valores de cada uno y, en concreto, del valor del arte en la sociedad.

Llamar a La autora de Las meninas “sátira distópica”, como indica Caballero en el programa, es pasarse un poco. Sátira, bueno, distopía… No, no deja de ser una excusa para meter cera a los que el autor quiere. Lástima, porque, si se hubiese adentrado en la temática dickiana, quedaba sitio para una sátira mucho más mordiente que este texto tan inocuo. Pero la cosa ya empieza mal desde un planteamiento bastante pacato: una monja (¿algo más tópico, por favor?, e innecesario para la trama) para hacer más fácil la asimilación de la “tentación”; una directora del Museo que se dedica a soltar ladrillazos con los que se pierde cualquier ritmo (y que hacen que la crítica a la “democratización de la cultura” suene ridícula), una trama simplona y unas “reflexiones” sobre el valor del arte que son declaraciones, no reflexiones, lo que desactiva la crítica. Sí, claro, Carmen Machi también borda su papel, pero el sabor que deja la obra es ese: un texto a medida de un público que viene a ver a Carmen Machi.

Si, al final y de forma fortuita, La autora de Las meninas será una obra metarreferencial sobre la mirada del arte “popular” en la sociedad actual.

Los Planetas, la música y su significado

Escribe Víctor Lenore que, años ha, Nando Cruz comentaba en un documental que Los Planetas era “el mejor grupo posible para crecer entre los dieciséis y veintiséis años”. Ahora parece que se lamenta de la definición, pero eso no quita que Lenore la use de manera ufana como introducción para el artículo-zurriagazo que les endiña a los granaínos.

Pero mira, como con muchas otras cosas, llegué a Los Planetas bastante tarde. Cuestión de biorritmos, jeje. Mi primer recuerdo fue ver el vídeo  “¿Qué puedo hacer?” en, agarraos, ¡Los 40!; más tarde me compré el recopilatorio Música para una orquesta química simplemente porque el CD atrajo mi atención, y de vez en cuando oía a mis amigos más puestos en el tema musical alabar a un grupo que para mí era bastante críptico (dicción de J aparte). Pero hasta que no los vi en directo no me rendí a su magnetismo, y de eso hace… apenas cinco años. Aun así, parece que, a pesar de la fama, siguien con la misma tendencia en los directos: una de cal y una de arena. El concierto totémico del Primavera en el que tocaron Una semana en el motor de un autobús, con un J desganado que no se sacó las manos de los bolsillos casi ni para fumar, fue de vergüencita ajena; mientras que en un espacio tan desangelado y antimusical como el Sant Jordi Club (en el último Primavera Ídem que hicieron antes de que el festival de invierno se fuese al garate) se cascaron una flipada psicodélica que aún resuena en la quinta dimensión.

Como digo, llegué tarde a Los Planetas, y quizá para muchos de vosotros sus canciones ya no signifiquen lo mismo que cuando teníais veintitantos años. Ya veis, para mí aún siguen siendo vigentes, cosa que a veces puede parecer buena y otras veces jodida; que no es lo mismo vivir y revivir en las “Alegrías del incendio” que en “Reunión en la cumbre” o “Pesadilla en el parque de atracciones”. Pero es curioso (¿qué digo?, mágico; aunque te toque la canción jodida) cómo haces tuya una letra, una vivencia —metaforizada— de un artista con el que, como mucho, alguna vez te cruzas en un bar o una biblioteca o le compras un disco y le pides una firma y mantienes una charla distendida y normalmente intrascendente. Y, sin embargo, concentra una parte de su vida en una canción que se descomprime y se instala en tu cabeza y cobra vida propia. Una conexión en el plano de las metáforas, pero tan real, tan completa, porque oye, en esto de las vivencias y los sentimientos, sí, hay una amplia gama y cada persona es un mundo, pero una vida te da para pasar por muchos de ellos. Siempre hay por lo menos una canción para cada uno.

En fin, que todo esto venía a cuento porque estaba tirado en el sofá, con el cuerpo a medio gas, recordando algunas canciones de Los Planetas, gracias a una chorrada muy divertida de la página Love Will Tear Us Aznar Again, y tocado también por la nostalgia mirando capítulos de Friends (me quito el sombrero una y mil veces ante el trabajo de creación de personajes los guionistas), y he pensado que este es tan buen momento como cualquier otro de crear una lista y rememorar todas esas canciones que más me han marcado. Canciones que tienen asociadas un momento, una vivencia, una sensación, un viaje, un cambio, incluso una persona; canciones que, gracias a esa capacidad hemoglobínica de atrapar y fijar situaciones, circulan por las arterias de la memoria y alimentan el gran repositorio de la memoria, que te los suelta cuando menos te lo esperan, o se activan cuando suenan por la radio, y, hey, hasta puedan servir de punto de partida para muchas otras historias.

Así que aquí, en esta lista, no deja de haber un pedazo importante de mi vida. ¿Que qué significan? ¡Ah, no, no! Eso sería ser injusto con ellas; sería simplificarlas de estado con una vivencia concreta, y no es justo que el resto de posibilidades colapse como gatos de Schrödinger con sordera. Respetemos su magia. Que signifiquen lo que sea para cada uno de vosotros.

Toma este vals: Omega, Morente, Cohen, In-Edit

A estas horas ya debería estar durmiendo, pero las sensaciones vividas y revividas con el documental Omega me tienen los ojos como platos, la cabeza como una centrifugadora y las entrañas a mil.

Ah, Omega… Llegué tarde (como con tantas otras cosas) a ese disco. La eclosión del indie me pilló más metido en el mainstream; no fue hasta el 2002 que empecé a interesarme de verdad en la escena alternativa, y a partir del 2007, tras la segunda edición del Summercase (mi primer festival chispas), que se puede decir que me aficioné de verdad. Pero claro, había muchas lagunas que llenar. Y a pesar de que Los Planetas son el grupo más (re)conocido a nivel nacional, no llegué a conocerlos de verdad hasta la época de La leyenda del espacio. Poco después montaron con Antonio Arias y Soleá Morente el proyecto de Los Evangelistas para homenajear a la figura de Enrique Morente. Tras ver su impactante debut en el Palau de la Música, fui a escuchar ese disco que parecía totémico, ese Omega. Por dios… Si no es el mejor disco de la historia, poco le falta: Valiente, vanguardista, surrealista, vital… Pero la cosa va más allá, mucho más de las virtudes que se pueden glosar, que se pueden describir.

Porque hablamos de una vivencia. Algo terriblemente íntimo. Algo que resuena ahí, en las entrañas, una verdad indiscutible en un universo personal. Omega abrió un portal espaciotemporal que me llevó desde la pasión de juventud y edad adulta, el indie rock, a un paisaje casi olvidado: el flamenco, parte importante de mi infancia y que forma parte indisoluble de mis raíces.

Unas raíces de las que me separé durante la adolescencia (la típica etapa en que buscas independizarte y formar tu personalidad), pero que tienen una simbología muy peculiar, muy idiosincrática, que reconozco que siempre me han acompañado. Y, precisamente, aunque (si mal no recuerdo) el autor declarase que su poesía no intenta ser reflejo del cante jondo, en la obra de García Lorca (a la que llegué ya el año pasado; si voy con retraso, madre mía…) esas imágenes brillan y resuenan como en ninguna otra parte. Ahí están la pasión, la sangre, la luna y el sol y las estrellas, y los olivos y la tierra y el apego a la tierra, los labios y los amores prohibidos y el baile y de nuevo las estrellas: toda la imaginería telúrica, espiritual y terriblemente pagana que impregna esas raíces y que aprendí de niño durante muchas noches de sábado en las sesiones de cante de la Peña Flamenca de Cerdanyola. De niño, cuando uno es una esponja que absorbe todo lo que lo rodea aunque no lo comprenda y con lo que asienta los cimientos.

Después, como dice Morente en el documental Omega, resulta que la poesía de Leonard Cohen es muy lorquiana. Y aunque, mira, a Cohen lo conocí en la adolescencia con I’m Your Man, no ha sido hasta hoy, con la versión del “Hey, That’s No Way To Say Goodbye” aún inédita de Morente y Lagartija Nick que su poesía no me ha impactado hasta el punto de arrancarme lágrimas de cuajo.

Y es ahora cuando pienso que, oye, ojalá hubiese llegado a la poesía mucho antes, y a Lorca y a Cohen y a Morente, y me hubiese emborrachado de esas metáforas que parecen inalcanzables. Como Borges y Bradbury y Cortázar. Pero bueno, nunca es tarde si la dicha es buena. Total, todo este rollo para intentar plasmar ese impacto emocional que me produce Omega, y Lorca y Cohen; un impacto que pocos más consiguen.

Corolario: sí, para mí, Cohen es mucho más merecedor de un Nobel que Dylan, pero oye, sigo y seguiré defendiendo que el de Dylan no deja de ser un premio más que merecido.

Cazafantasmas, de Paul Feig

Tanto tiempo sin ir al cine y, en apenas dos semanas, tengo para resucitar el blog.

Pues eso, el jueves fui a ver el reboot de Cazafantasmas. Pequeño paréntesis: Si no hacéis caso de las críticas (que se ceban mucho más con esta película que no con otras infinitamente peores de la cartelera) y vais a verla, por favor, haceos un favor e ir a verla en versión original. Paréntesis dentro del paréntesis: Igual que Café Society, por cierto, en la que el doblaje joanperiano de Jessie Eisenberg rechina por la desincronización con la actuación. En Cazafantasmas, Leslie Jones se come a todos los demás, y su voz es parte fun-da-men-tal de la definición del personaje. A mí me dejó embobado. Lo mejor de la peli, con diferencia.

Pero cerremos los paréntesis y no nos liemos.

Resumiendo: ¿la peli es buena? Pues la verdad es que no. Buena, lo que se dice buena, no ¿Es mala? Hombre, yo no diría eso, porque, la verdad, después os tragáis cada bodrio pero con patatas, ¿eh? ¿Entonces? A ver, se trata de una comedia sin pretensiones (más allá de la taquilla y la nostalgia) y, como tal, cumple su objetivo con eficacia. ¿Te ríes? Pues sí, bastante. Algunos chistes son un poco mew pero con otros te partes el ojete. ¿Guiños? Todos los que quieras y más. ¿Mensaje? Bueno, tiene unas pocas cargas de profundidad que, para tratarse de una peli comercial y sin pretensiones, no está pero que nada mal. Todo un plus, y desde aquí mi admiración. ¿Tiene problemas? Aun así, sí, tiene unos cuantos. Los que me molestaron personalmente fueron:

  1. Un guión… ¿insatisfactorio?, ¿poco compensado?, ¿poco trabajado?, ¿con agujeros? Y aquí no hablo sólo de Cazafantasmas, sino de una tendencia. Tuve la misma sensación incómoda con Star Trek: Más alláStar Wars VII y con casi todos los estrenos en plan blockbuster que he visto últimamente. En el caso de Cazafantasmas, esta sensación me la dio, al principio, la presentación de los personajes, que es como tirando a ramplona, cual peli amateur, y que la historia avance a trompicones sin una dirección muy clara;
  2. Deus ex machina: a saco. A medida que se va aumentando la amenaza sobrenatural y las protas se encuentran con una situación más complicada, ¡zas!, nuevo cachivache en ristre. Tampoco ayuda que los fantasmas sean más torpes que una escuadrilla zombi o no se decidan a actuar. Y, bueno, la resolución final no es que sea un deus, sino todo un Olimpo ex machina; ni Tamariz se saca las cartas de forma tan descarada;
  3. Montaje: pillé un cambio de escena sin sentido alguno. Y no soy de darme cuenta de esas cosas, así que quien sea muy tiquismiquis con la coherencia interna va a salir de la sala con los pelos disparaos del susto;
  4. Ritmo: relacionado con el primer punto. El guión es la primera víctima cuando empiezas a acumular clímax hacia el final (o haces del final todo un clímax de acción) o interrumpes la narración necesitas calzar el punto de inflexión para el siguiente acto (acto que no sabes cómo enlazar y que acaba en el suelo de la sala de montaje). Así que me sobró alguna que otra escena de relleno, y la escena de acción final se me antojó demasiado larga.

Pero, como os decía antes, la peli tiene sus virtudes, y no son pocas por mucho que hayan pasado desapercibidas a causa de la estúpida polémica montada por mendrugos tardoadolescentes. Polémica que no tiene que eclipsar el hecho de que la película la protagonizan cuatro cómicas de solvencia más que probada cuyo trabajo va desde la efectividad (y que un cómico sea efectivo es difícil; el humor es muy difícil y lo deberíamos de saber) hasta, señoras y señores, insisto: Leslie. No tan sólo es la más divertida de todo el reparto y quien mejor actúa, sino que es quien, además, cohesiona a todas las demás. Quizá sea por química, o quizá porque era el elemento que le a los guionistas para arrancar la historia. Por otro lado, usar a Thor, digo Chris Hemsworth como sátira del machismo inherente en comedias y pelis de acción por su papel de secretario buenorro y con menos luces que un tratado de homeopatía cuántica quizá sea el mejor acierto de la peli.

La peli también tiene gags memorables. Algunos más finos y otros más bruticos. Mi favorito, en voz de Leslie: “I dunno if this is a racist thing, or a ladies thing…” Y guiños a tutiplén. No podía faltar Bill Murray, claro. Ni la sintonía que todos conocemos. Ni el Cadillac. Ni Slimer. Ni Ozzy Osbourne.

En resumen: no es una obra maestra, pero, como dicen, la original tampoco era buena. Aunque quizá el guión de aquella no pecaba de tanta espectacularidad visual y el guión estaba más trabajado. Quizá alguno diga que esta afirmación es fruto de la nostalgia, pero recordad cuántas películas de hace treinta años quedan en la memoria (bueno, las que han pasado el cedazo del tiempo, por algún motivo u otro; el resto las hemos olvidado) y cuántas recordamos del año pasado. Y es que parece ser que hoy en día hay muy pocos productos que sepan conjugar la comercialidad con una historia que sea satisfactoria.

Sobre escribir letras de canciones

Mis primeros intentos [de escribir canciones] coincidieron aproximadamente con mis primeros escarceos amorosos con el sexo opuesto. Me llamaba la atención la enorme divergencia entre cómo se describían las relaciones en las canciones que escuchaba por la radio y mi experiencia en la vida real (supongo que también podía ser culpa de mi propia técnica). Así que decidí intentar equilibrarlo, introduciendo en ellas la torpeza y todos los momentos incómodos. (…) Siempre estaba buscando en [las letras de canciones pop] que generalmente no encontraba. (…) [Escribir canciones] se convirtió en un anteproyecto de mi proceso de trabajo: un intento de emparejar un tema “inapropiado” con estructuras pop bastante convencionales. Un intento de crear el tipo de música pop que yo hubiera deseado que estuviera allí para ayudarme cuando lo necesitaba.

Y la que me parece también genial:

Si te empeñas, puedes hacer mitología de lo que quieras.

Hablando de los pequeños detalles de la vida cotidiana. Siempre lo he dicho: este tío es un genio.

Las citas proceden de:

Madre, hermano, amante, Jarvis Cocker

¿Qué fue del punk?

Os recomiendo encarecidamente la exposición Punk. Els seus rastres en l’art contemporani. Es tal cual su nombre indica, así que no esperéis una muestra exhaustiva del panorama musical de finales de los setenta, aunque los paneles dedicados a la eclosión del punk no se quedan en la anécdota y recorren tanto los precedentes como algunos de los herederos actuales de Sex Pistols, The Clash, New York Dolls, Buzzcocks et al. Menos evidente y mucho más interesante resulta el ideario, la gestación, el momento y el entorno en que se produjo la irrupción del punk. Recordemos uno de los eslóganes más conocidos y reconocidos: “No Future”. La sociedad occidental aún sufría los efectos de la crisis del petróleo, gobiernos terriblemente conservadores se asentaron en Reino Unido (Margaret Thatcher) y Estados Unidos (Ronald Reagan), las luchas sindicales se recrudecían (y acababan aplastadas por el gobierno de turno), el paro parecía sistematizarse…

¿Les recuerda algo?

El cuerpo como campo de batalla #Punk #macba

A post shared by Álex Vidal (@eleternoaprendiz) on

El punk fue fugaz pero dejó un rastro que, en parte, se rastrea en la exposición. Pero al salir me quedó la sensación de que, en unos tiempos tan parecidos a aquellos (o, incluso peor, a la Europa de entreguerras), no parece que haya un movimiento o un conjunto de ellos que le plante cara al sistema como, fugazmente también, se lo plantó el punk al stablishment en todos los niveles, desde el político al cultural.

Quizá aún falte perspectiva. O, desde luego, que haya multitud de movimientos que se me escapen al radar por no participar de sus círculos o estén convenientemente silenciados gracias a su omisión en los medios (aunque en este época de Internet se me antoja raro). ¿El 15-M? Aun así… ¿Dónde están reflejados el inconformismo, la lucha, la ruptura? Deben de ser símbolos muy sutiles, nada tan radical como cantar Anarchy in the UK London Calling, representar happenings con sangre y vísceras o… Bueno, sí, quizá unas de los últimas artistas con una actitud realmente punk (usado aquí como sinónimo de ruptura, denuncia, confrontación) sean las Pussy Riot. O las acciones reivindicativas del colectivo Femen. Pero se me siguen antojando pocos y no tan extendidos, tan simbolizados, en la sociedad. ¿El sistema ha aprendido a absorber y neutralizar con mayor diligencia la disensión, mercantilizándolo mucho más rápido que como hizo con el punk? Quién sabe…

O quizá la disensión ha tenido que aprender a ser más sutil para poder infiltrarse en el sistema y roerlo desde dentro. En ese sentido, la exposición Andrea Fraser. L’1 %, c’est moi tiene bastante de punk en su forma de criticar y poner en evidencia la tendencia mercantilista que en los últimos años se ha asentado en los museos y el mundo del arte. También os la recomiendo.

El cinquè hivern, compañía Mal Pelo

No voy a extenderme mucho: hay que ir a verla. Ya está. Aunque no se entienda de danza contemporánea. Vas a sentir ternura, te vas a abrumar con la reflexión sobre el paso del tiempo, habrá momentos en que notarás la tensión, una sutil violencia procedente del inconformismo, del pesar, de ese invierno que se nos escurre entre los dedos, pero sobre todo verás un espectáculo tierno, delicado en su sobriedad, ejecutado con precisión y con el aplomo que da esos 25 años de carrera de María Muñoz y Pep Ramis con Mal Pelo.

Quedan 3 sesiones, 19, 20 y 21 de febrero, amén de otras tres obras que reestrenan dentro del marco del vigésimo quinto aniversario de la compañía; una de ellas junto al Niño de Elche, que tiene una pintaza formidable.

De verdad, que no te eche para atrás “no entender” de danza: simplemente, no intentes comprender lo que ves, sólo siéntelo y ya, después, debates con los amigos o haces una entrada en el blog 🙂 Porque, de verdad, merece mucho la pena sentirlo.