2012. Balance (1.ª parte)

Un año intenso. Duro en muchos sentidos. El año en que nos dimos cuenta que nos gobiernan unos hijos de la grandísima puta para los cuales los no respetan su derecho a expoliar del país son ETA; en el que salir a protestar puede costarte un ojo de la cara (literalmente); en el que queda demostrado que a este país lo que le falta es cultura, pues si supiese discernir lo que es una tendencia (6 millones de parados, 557.000 desahucios) de un conjunto de explicaciones peregrinas (y soy muy generoso al llamar explicación a la patochadas de los políticos) haría tiempo que los habríamos echado a hostias.

A la espera, pues, de que prenda la mecha de una vez y pasemos nuestra catarsis colectiva, voy a hacer mi particular resumen del 2012. Y, para variar, lo haré a través de los momentos musicales (sí, conciertos y festivales) que dejaron huella en la memoria durante el año pasado. Si alguno aún sigue este blog, veréis que haré referencia a shows que no he colgado en este cuaderno de bitácora: aparte de la falta de tiempo, mi colaboración con Crazyminds hace que haya detraído comentarios de este sitio. Escribir he escrito. Dispersarme, también me he dispersado, y mucho.

Vamos al lío. Cronológicamente:

dEUS, 8 de febrero, Sala Bikini

Asistí para cubrir el concierto para Crazyminds, y salí enamorado de la banda belga. Algo en la compacidad del sonido, en la inteligencia de la composición, en la bravura al encarar el directo (y el magnetismo del líder, Tom Barman), me atrapó como un pocas veces antes un directo. Al fin y al cabo, el art-rock es esto: combinar y experimentar, sin perder de vista el objetivo de hacer canciones que enganchen. Y una canción, “Instant Street”, que pasó a ser uno de los himnos personales del año. Meses y meses castigando los tímpanos con su solo de guitarra de-mo-le-dor.

Simple Minds, 16 de febrero, Razzmatazz

Mi placer culpable, lo sé. Lamentaba haber enganchado su carrera justo cuando empezaba su decadencia en la época del Real Life, y que llegó a extremos sonrojantes a finales de los noventa. Ya entrados en la cincuentena, con sus grandes éxitos apolillados, quién iba a imaginar que iba a ver su mejor concierto hasta la fecha. La recopilación 5×5, recién salida del horno, era la excusa para centrarse en aquellas obras primerizas, desde el art punk ingenuo de Life in a Day al krautrock y eurodance de Empires and Dance y el new wave de New Gold Dream. Joya tras joya tras joya, recuperando canciones oscuras, olvidadas, y, además, rejuveneciendo como nunca. A los cincuenta suenan mejor que a los treinta, sobre todo si te quitas la losa de “Don’t You Forget (About Me)” y “Alive and Kicking”. Soberbios, lo creáis o no.

Los Evangelistas, 1 de marzo, Palau de la Música Catalana

La misa atea y elegiástica a la figura del maestro Enrique Morente era cosa seria. J es poco amigo (¿poco?, ¡nada!) de hacer concesiones, y exige al público lo que exige a su interpretación. Es pura en su sinceridad, pero ¡su puñetera madre, qué cuesta entrar! Sin embargo, el envolvente sónico no es gratuito; y, en el caso de Los Evangelistas, con Antonio Arias al bajo y la voz, dándole a las cuatro cuerdas la preponderancia de la melodía; J y Florent abovedando el sonido, y Eric atizándole a los parches como si estuviese derribando el muro de Roger Waters, lograron una densidad de misa solemne, de momento único, irrepetible. Sólo faltaba la guinda, y esa la dio Carmen Linares, que en sólo dos quejíos rasgó todas las sensaciones contenidas. El concierto de mayor impacto emocional. Lástima que Soleá Morente, en los bises, no daba la misma talla que Linares, porque el concierto habría llegado al top 1 ever con facilidad.

Low, 27 de marzo, Sala Apolo

Cuando una banda consigue que toda la sala Apolo, TODA, mantenga durante todo el concierto un silencio sepulcral que nadie se atreve a romper en dos horas de concierto, no queda otra que reconocer que lo de Low es de otra dimensión. El grupo usaba el silencio para amplificar y compartir una inusitada intimidad con el público, susurrando apenas canciones de delicada belleza y honda melancolía. Es normal que nadie hablase: nadie se atrevería a estropear un hechizo de alguien que recita con el corazón abierto, ¿verdad?

Get Cape, Wear Cape, Fly, 3 de mayo, Music Hall

Y eso que vas a un concierto de rebote por recomendaciones varias, te encuentras con un chavalín como Sam Duckworth que tiene una escritura pop artesanal y sin artificios, y acabas, no sabes cómo, rendido ante la magia de esa comunicación tan íntima, personal y sincera como es la música. Escucharlo en disco no le hace justicia: salí del Music Hall como si fuese la persona más feliz del mundo. Quien sí que lo parecía (y tampoco lo era, por lo que escribía hace poco en su página) era el bueno de Sam. Si alguna vez tenéis la oportunidad, no dejéis de ir a verlo.

Manos de Topo, 10 de mayo, plaça de l’Odissea

Otro grupo por el que tengo debilidad. No era el mejor espacio, ni creo que parte del público supiese qué iba a ver en realidad. Pero a muy pocos he visto cantar sobre el dolor del desamor y, además, echar vitriolo encima. Quizá en el cante jondo. Y el lirismo de sus metáforas es, sencillamente, demoledor. No recomiendo ir a verlos con una pistola en la mano: los que no quieren entenderlos se liarían a tiros con el grupo; los que sintonicen con sus textos apoyarán el cañón contra sus sienes.

Y aquí lo dejamos hasta la siguiente entrada 🙂

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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