2018 (4.ª parte)

Foto © 2018, Álex Vidal

Bueno, ya estamos en febrero y yo aquí, repasando algunos momentos del 2018.

¿Cuántas veces vi a Los Planetas el año pasado? Ni me acuerdo. Pero su concierto «sorpresa» en sustitución de Migos en el Primavera Sound fue… no fue el mejor, pero creo que ha sido el bolo en el que los he visto más felices sobre el escenario. Y oye, que los vi con mis amigos sin agobios, disfrutando de algunos himnos generacionales (pocos tocaron esa noche) y del flamenqueo que tanto me gusta en ellos.

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2018 (3.ª parte)

Foto: Vista desde L’Alguer. © Álex Vidal

Bueno, creo que, a partir de aquí, voy a dejar de asignar número a los recuerdos del año, porque ¿pa’ qué? Todos fueron buenos recuerdos. E iba a decir que los más intensos ya los he colocado en las dos entradas anteriores…

… pero mentiría, porque ¿cómo es que no he mencionado aún el concierto Coros de medianoche, orquestado/organizado por Enric Montefusco y con Maria Arnal, Nacho Vegas, Albert Pla, Niño de Elche y Los Hermanos Cubero en el escenario del Grec? Una noche de aquellas mágicas, de las que guardas en un rinconcito de tu corazón porque, esa noche, el corazón se calentó un poquito. Porque era un concierto abierto, un encuentro de amigos cantando para amigos, para el pueblo, para la gente llana. Me encanta ese viaje de Montefusco hacia las raíces, el esfuerzo por bajar cada vez más del escenario (metafóricamente hablando, pero también literalmente) y reivindicar la raíz popular, la verdadera razón de ser de la música popular: la gente. Porque puedes escribir de tus demonios y de tu mundo interior pero, al fin y al cabo, si cantas, tocas, escribes, actúas, haces arte, lo haces para transmitir. Y a veces nos empecinamos en otros aspectos y nos olvidamos de lo esencial. Total, que me enrollo: que es de alabar ese trabajo, que se traduce también en una comunicación más sincera, más intensa y que, claro, ayuda a que el corazón se caliente un poquito. Y, hoy en día, viene muy bien.

Otro momento: el concierto del año en el escenario El Vaixell del Vida. El concierto que más me impactó de cada una de las cuatro ediciones anteriores lo vi en El Vaixell: Sílvia Pérez Cruz y Refree, Nacho Vegas, Maria Arnal i Marcel Bagès, y Rosalía y Refree. Este año St Vincent ha ganado por poco al artista que se marcó el bolo del año en El Vaixell. Y, que hasta que no lo vi allí, no me gustaba nada, nada, nada: Albert Pla. Joé, es que tengo mi parte ortodoxa, por mucho que la haya deconstruido con el paso de los años, y, precisamente, cuando se dio a conocer, ni entendía el sarcasmo de sus letras ni, desde luego, soportaba su voz. Acabó el bolo y si no me convertí en su fan número uno poco me faltó. Me llegó ese talento para hacer del absurdo arte y, a la vez, ser tan cercano con el público. No me extraña que fuese uno de los artistas del proyecto de Enric Montefusco que os he comentado antes.

Como bolazo fue también la presentación de la Antología del Cante Flamenco Heterodoxo del Niño de Elche en la sala BARTS. Otra demostración de cómo apelar a la raíz popular de la música y, además, en este caso, trabajar la heterodoxia (vamos, atreverse a todo: a arriesgar y a innovar ¡en el flamenco!). Visceral y sesudo, todo en uno. Diversión y pedagogía. Y humanismo, que, al fin y al cabo, demostrar que la actitud flamenca no entiende de corsés, que unas farrucas con letras en catalán de Juli Vallmitjana o el folk de Tim Buckley tienden puentes más allá del arte. Porque de eso se trata también el arte.

Más momentos: Pues mirad, otro concierto con el que me resarcí de habérmelo perdido (perdón: de que hiciesen perdérmelo) en la primera edición del Vida: M. Ward. Además, aquí al lado, en La Nau del Poblenou. Y con Ferran Palau de artista invitado, que mira que no soy muy fan del folk onírico del de Anímic, pero Palau me demostró que estaba equivocado. Y de M. Ward me maravilló esa proximidad que dio al tocar hora y media solo con la guitarra acústica. Pero qué intensidad, qué virtuosismo a la guitarra. Otro de esos conciertos en los que notas cómo se va creando una atmósfera mágica, una comunicación entre artista y público que tiene más que ver con gestos y actitudes que con palabras y canciones.

Más: El AMFest. El concepto en sí, un festival de rock instrumental (que no fue así del todo), pero también el lugar (la Fabra i Coats), el concepto (dos escenarios en el mismo espacio, sin solapes) y, oye, lo majo que es el equipo organizador. Fue como un festival tranquilo, un fin de semana que recuerdo como uno de los más desestresantes y agradables del año, compartido con amigos (¡hola, Alfredo, Raquel!) y, además, con una mayor tasa de descubrimientos, ya que no es un género al que me acerque mucho. Y oye, salí encantadísimo con The Notwist, Mono y Mutiny on the Bounty. También con Za!, pero a estos ya los conocía. Brutales, como siempre.

Otro momento: Cuando subí al Antikaraoke a destrozar (lo siento, Jarvis) el «Common People». Fatal: sin monitores, me escuché en los altavoces bajo y mal, convencido de que desafinaba (¡y desafinaba!) y que eso no había quien lo arreglase, hasta que me dije: «A la mierda». Cerré los ojos, me imaginé en Glastonbury 1995 y ¡qué bien me lo pasé!

Otro más: perderme por las calles de L’Alguer… Y encontrarme con un festival de jazz en la calle.

Y otro: que no se diga que solo hablo de música: Love, en Netflix. Porque es un poco… real. Mucho más real de lo que nos atrevemos a afirmar, en realidad. Aunque, bueno, la tercera temporada me ha parecido más floja.

2018 (2.ª parte)

(Foto: Ride en el Primavera Sound del 2018. ©: Álex Vidal)

Bueno, pues seguimos con el repaso a esos momentos destacados vividos el año pasado.

Octavo momento: U.S. Girls en La(2). Gracias a los amigos de Rockdelux por esos excelentes artículos y por incitarme a la curiosidad. Llegué a In a Poem Unlimited gracias a un artículo en el número de marzo y me fui enganchando paulatinamente, que es como he acabado encumbrando discos y artistas a mi top: así me pasó con Pulp y Different Class en el ’95 y con el Post de Björk en los 2000, por mencionar un par que tengo ahí en el altar.
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2018 (1.ª parte)

Foto destacada: © 2018, Ana Lorite

Otro año más. No sé siquiera si me he acercado al blog; me da entre pereza y vergüencita consultar las estadísticas, jeje. Ha sido un año intenso en muchos sentidos: mucha música, como veréis a continuación; bastante teatro, un poco más de soltura (aunque sigo desesperando a mis profes) con el bajo eléctrico y con el canto. Dos clubs de lectura y asistir, de vez en cuando, a un tercero. Quedar con los amigos de siempre y entablar nuevas amistades. Salir. Cantar el «Common People» hasta desgañitarme por la noche.

Como dice mi madre, si hay un terremoto, desde luego la casa no me va a caer encima.

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Descriminalización de la risa

Necesitaba desahogarme y, en vez de escribir un fútil estado en Facebook, he pensado que mejor hago una entrada (fútil, igualmente, pero más duradera) en el blog. Ya me disculparéis la falta de ilación en la argumentación, pero los que me conocéis ya sabéis que soy así de disperso y perezoso. Vamos p’allá.

Puedo entender el hartazgo que puede causar en la gente, por saturación, el meme del Tomasín y la amenaza de ISIS a Al-Andalus, digo España. Incluso que pueda parecer, a ojos de algunos, una banalización de la situación actual, dramática y complicada como, por otra parte, ha sido siempre la historia de la humanidad. Por una parte, ahora tenemos suficientes herramientas como para estar al día de casi cualquier cosa. Por otra, estamos sobresaturados. Pero este es otro tema que ahora no viene al caso.

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La conjura contra américa, de Philip Roth

Unos cuantos apuntes sobre La conjura contra América.

Estos días de semivacaciones he podido concentrarme en la segunda lectura de La conjura contra américa de cara a la sesión de clausura del club de lectura de literatura fantástica de la Jaume Fuster. Se trata de una obra densa y ambiciosa, aunque reconozco que la he vuelto a abordar con un poco de aprensión, ya que la primera lectura me costó un buen tiempo y no poco esfuerzo. Me alegra comprobar que, esta vez, la lectura me ha enganchado y ha sido mucho más fluida y divertida (tras detectar, también es cierto, la característica que me estorbó la primera vez); a su vez, este ritmo me ha permitido profundizar en unos cuantos temas que me han llamado poderosamente la atención y que, en su momento, no me calaron tanto. Ya que la ficha que elaboro para el club es más bien escueta y la elaboré cuando aún no había acabado esta segunda lectura, sirva esta entrada como un borrador de temas adicionales de debate para la próxima sesión.

La conjura contra América

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Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett

Recién acabo de pasar la última página de la autobiografía de Mark Oliver Everett, publicada originalmente en 2007; unos cinco discos atrás, que se dice pronto. Aquí llegó con sólo tres discos de desfase.

Cómo la he disfrutado.

No, desde luego, por la retahíla de desgracias que ha sufrido Mr E a lo largo de su vida (que no se la desearía a nadie), sino por una conexión poco frecuente en intensidad, como si estuviésemos enlazados por ese extraño vínculo que dicen que tienen los gemelos. O como si estuviese narrando desde dentro de mi cabeza.

Eels

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Pallassos i monstres, de Albert Sánchez Piñol

Hacía tiempo que le tenía echado el ojo a este título. Fan del estilo de Sánchez Piñol en La pell fredaPandora al congo (descarnado, preciso), que su primer libro fuese un ensayo antropológico (lo que le da puntos extra de interés) sobre los dictadores del África postcolonial (aún más puntos extra) hacía que fuese sólo cuestión de tiempo que le hincase el diente.

Y me lo he ventilado en apenas dos sentadas. Primer punto a favor: una fluidez muy buena; no tan brillante como en obras posteriores, pero sin duda ágil. No será por falta de ritmo por lo que se le pueda criticar.

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Gorazde, Zona Protegida, de Joe Sacco

Consideraba que los niños de Gorazde podían tomar sus propias decisiones sobre los caramelos.

Joe Sacco, Gorazde, Zona Protegida, pág. 132

Y en la viñeta se ve a un niño del enclave musulmán, el único que sobrevivió la guerra, aparte de Sarajevo, desenvolviendo el caramelo que el autor le ha dado. Sonríe. En la dentadura faltan los incisivos superiores. De fondo, casas derruidas, sólo las paredes; las ventanas huecas y los techos desfondados. Poco antes, Sacco y otro colega de profesión discutían si era conveniente repartir caramelos a los niños (una golosina rara de ver en una ciudad sitiada durante cuatro años) o dárselo a sus padres para que estos los distribuyan adecuadamente.

Contradicciones de una guerra. Sacco y su colega, de nombre Whit, podían entrar y salir de Gorazde cuando quisieran. Esa no era su guerra. Y no pocas veces el autor se siente culpable, un extraño que se ha dejado caer por voluntad propia entre gente que lucha por sobrevivir ante una de las mayores atrocidades de finales del siglo xx.

¿Os imagináis lo difícil que resulta no ser condescendiente, paternalista, cínico…? ¿Y lo difícil que puede llegar a ser transmitir con fidelidad, con veracidad, qué fue lo que ocurrió? ¿Explicarlo sin tomar partido?

Joe Sacco tampoco pretende escribir el libro definitivo; pero quizá Gorazde, Zona Protegida sea más veraz que muchos otros. La preocupación por la veracidad es patente desde la primera viñeta. Sacco caricaturiza sus rasgos, como bien indica Francisco Veiga en la presentación, en parte como mecanismo para señalar su extrañamiento, pero también para no interferir ante la narración de los auténticos protagonistas: un elenco de personas (no personajes) con los que trabó amistad, compartió esperanzas, copas, cigarrillos, juergas y muchas horas de conversación, durante el último año de la guerra de Bosnia.

No nos equivoquemos: no es un libro amable. Ni para el autor ni para los lectores. Mucho más impactantes que las frías cifras y los mapas de guerra son las frustraciones, el hambre y las penurias de los amigos. Edin, Riki, Sabrina consiguen aquí lo que treinta segundos de un informativo, o un reportaje de la CNN, no pueden transmitir: que el lector tome conciencia del dolor.

La de Bosnia fue, de todas las guerras que sucedieron a la desmembración de Yugoslavia, la más atroz. También la más televisada. Y por ello, inexorablemente, la más tergiversada, ya sólo por la propia cobertura. Sarajevo fue el símbolo de aquella guerra, pero ¿alguien se acuerda de la caída del enclave de Zepa, poco después de la vergonzosa masacre de Srebenica? ¿A alguien le importaba el destino de los habitantes de Gorazde, ciudad que podía haber sido moneda de cambio entre el gobierno bosnio y el serbobosnio a cambio de un acuerdo de paz torpedeado (literalmente) por Karadžić y Mladić?

Sacco nos presenta a Edin, a Riki, a Sabrina, a sus padres, hermanos, tíos, amigos, al doctor del hospital, a las enfermeras, a los pocos vecinos serbios que se quedaron, y a todos les da, que no sólo se las presta, una voz de la que carecieron durante todo el conflicto. Sacco nos presenta a sus amigos.

¿Cómo no puede conmover Gorazde, Zona Protegida? Lo que se cuenta lo cuentan unos amigos. Y lo que cuentan es terrible.