No debe de ser fácil ser un planeta

No debe de ser nada fácil mantener la integridad, no renunciar al discurso, no claudicar ante los cantos de sirenas del negocio y, sobre todo, marcar un rumbo del que apenas se han desviado, sino por el que siguen labrando una carrera marcada por la coherencia y la perpetua investigación sonora.

De la misma forma, tampoco es fácil disfrutar de un concierto de Los Planetas. J, el “ideólogo” (si eso es lo que se desprende de su poética literaria) y, por tanto, el timonel más probable de la nave, dota a los directos el mismo carácter que a sus creaciones: indulgencia nula. La integridad ante todo; y, en el proceso de comunicación, no cabe rebajarse al aspecto más lúdico-festivo, no: los coros no caben, y la visceralidad se reserva al contenido, no al envoltorio.

Pero así son las grandes obras: algo muy personal. Sólo así pueden llegar a ser únicas.

Una semana...

Un aspecto que siempre me ha maravillado de los granadinos es, dentro de esa integridad, su seguridad. Conscientes y orgullosos de sus influencias, lo que no han hecho apenas ha sido rebajarse a ellas, copiarse, calcar un sonido y regurgitarlo a la española; quizá sólo en sus dos primeros álbums queden cosas sin pulir y asomen descaradamente esos sonidos anglosajones; pero, al contrario que muchos grupos de su generación, rápidamente cimentaron un sonido propio y, por encima de todo, en absoluto subsidiario. Fuera complejo de inferioridad: un noise-rock que mira cara a cara a sus homólogos del otro lado del mar.

Pero, por otra parte, esa exigencia artística no es fácil para quien acude a verlos. Dejando aparte la vocalización, eh, peculiar de J, Los Planetas no van a diluir su poética para conseguir más aplausos. Lo suyo tiene mucho de religioso, de situarse un altar e ir cantando las verdades, fondo y forma, introspección poética y experimentación sónica y decibélica. El arte está ahí, y la apuesta es clara: aguza tus oídos y tus sentimientos, que no venimos a bañarnos en la gloria sino a orar por todos nosotros.

Una mística espacial, metafísica, que los ha llevado desde el sonido más cósmico a las raíces más profundas de la tierra. Alegrías, fandangos, bulerías, soleás tamizadas por las guitarras espaciales de Florent y Banin, atrotinadas por las baquetas de Eric; la órbita es circular, y no es de extrañar que el prestigio venga de unos seguidores ya talluditos, pero también de la ortodoxia flamenca.

A todo esto, el camino no ha sido nada fácil: os remito al estupendo trabajo de Nando Cruz Una semana en el motor de un autobús. El disco que casi acaba con Los Planetas, para comprender la idiosincrasia de un grupo que estuvo a punto de disolverse con su tercer disco y que, como los grandes, las tensiones desembocaron en su obra más impactante, el mencionado Una semana en el motor de un autobús¿Una comparación para entender su importancia? Bueno, digamos que juega en la categoría del OK Computer. No, no exagero.

Pero aprovecho, ahora que estamos junto al Autobús, para recalar en su primera parada, “Segundo premio”; canción que ilustra esa magia del arte, que crea resonancias en el oyente que van mucho más allá de la intención original, una semilla que arraiga en miles de sembrados, una obra ya más grande que el artista. Y no es tan sólo el ritmo regio, el oleaje guitarrero que rompe en el estribillo con la fuerza de un tsunami: Una historia de reproches, un amor traicionado por una fuerza irresistible. ¿Una ruptura sentimental, una letra escrita desde el despecho? Pues no; pero dejaré que la respuesta la leáis en el libro antes citado.

Todo este post, deslavazado como viene siendo costumbre, surge a raíz del concierto del viernes pasado en el Sant Jordi Club, en el marco del Primavera Club (sí; el último, de momento, que se celebrará en Barcelona, gracias a nuestros dirigentes tan sensibles con la cultura popular) y como colofón de la propuesta La alineación de Los Planetas, jocoso juego que aúna la afición de J y los suyos al fútbol, al mito del cacareado apocalipsis maya y a un “festival dentro del festival” que daba cancha a unos cuantos de los artistas más inquietos e íntegros del país. Mi primer concierto de Los Planetas, por cierto, que no pensaba perderme tras haber asistido, a principios de año, al de Los Evangelistas. Aquí, entre la desolación de esa puñetera nave industrial perdida en mitad de la nada, el postureo del moderneo cool (como bien indicó Sr. Chinarro) y cierto ambiente psicotrópico que flotaba en el ambiente (y que se quedaba pegado en la ropa) me desconcertaron/desconcetraron de lo que, por otra parte, fue un concierto árido, arisco y, a la vez, rico y generoso.

Pero quizá que la valoración la deje para cuando escriba sobre el Primavera Club. De momento, os dejo el playlist casi completo.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

Un comentario en “No debe de ser fácil ser un planeta”

  1. Bueno, yo siempre cuento que un amigo íntimo mío tuvo una crisis de pareja bastante gorda porque su ex había tenido un lío con uno de Los Planetas. Mira tú por donde, cuando escuché “La playa” contaba la misma historia, aunque como si el pobrecito del a película fuera el compositor. ¡Anda ya!

    Quitando esas pequeñas disfunciones entre realidad y creación, no es que Una semana en el motor de un autobús juegue en la misma división que OK Computer: es que está al nivel del Berlin de Lou Reed. Y, aparte, fue la banda sonora de tres o cuatro años muy importantes de mi vida. Todo confluía en este disco y en Unidad de desplazamiento. ¿Cuántos discos acaban siendo la banda sonora de toda una generación? ¿Media docena por generación? Pues este es uno de ellos.

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