La primavera del Vida Festival

Y oye, que sigo sin mucho tiempo y aún no me he puesto con la serie de posts anuales y habituales sobre el Primavera Sound. Que hubo mucha cosa y muy buena y muy bonita de comentar. Pero a estas horas, ¿qué queréis que os diga? Me da un poco de pereza. Así que voy a dar un salto temporal de un mes y vamos a por el

Vida Festival

que sustituye, poco más o menos (o eso tengo entendido) al Faraday, cuya décima edición fue la última.

Valoración general: para misántropos como este eterno aprendiz, que cada año sufre las hordas del PS como el anuncio de Hemoal, poder estar relativamente cerca del escenario sin que se te pegue el sudor de otro ni, sobre todo, tener que estar tragando tabaco (como poco) de los de alrededor es el paraíso en la Tierra. Sin (muchos) agobios, sin carreras de obstáculos móviles de dos kilómetros entre escenarios en apenas cinco minutos, relajado, pausado, en unos jardines con zona boscosa que le añade un encanto difícil de resistir… “Un festival cómodo”, rezaba la publicidad; bueno, sí, mucho más agradable que la media. También más aburrido si, en algún momento, ni el cabeza de cartel ni la alternativa te emocionan. Por otra parte, también se oyen rumores que fue así de cómodo porque, por lo visto, el cartel de “sold out” no llegó ni a la cola de impresión.

En relación al cartel, lo reconozco: compré la entrada cuando sólo se sabía que acudía Yo La Tengo. Dejando aparte a la sosaina de Lana del Rey, los cabezas de cartel son de los de gourmet. Lástima que, por cuestiones de tiempo (sí, donde digo tiempo digo trabajo, que también mandó al traste la fiesta de inauguración del jueves), me perdí a M. Ward y a Sr. Chinarro, dos de mis artistas preferidos del viernes. Me tuve que contentar con ver sólo a Rufus Wainwright. Un Rufus en formato unipersonal que ejecutó un concierto correcto, pero que no llegó a emocionar. Para mí que iba con el piloto automático puesto y más ganas de disfrutar de la playa que de currarse el directo. Dicho esto, él, con piloto automático, el canadiense es uno de esos artistas que, con sólo tocar las palmas, se basta y se sobra para desbancar a cualquier grupillo de pacotilla o a la nueva nueva promesa del indie rock.

La idea de combinar escenarios y sedes para grupos más modestos y locales me parece muy loable. Ahora, programarlos al mediodía en La Daurada Beach Club, una discoteca de playa con ínfulas de burbuja inmobiliaria fue maltratar al personal: artistas y público. A la foto me remito. Sí, se trata de un recinto semicerrado: cerrado por los laterales y sin techo, con los toldos recogidos (sí, sí: recogidos) para que el sol cayese a plomo y cociese vivo a los presentes. Volví a ver a Joana Serrat, que aguantó bien el tipo y el humor, aunque creo que algún miembro de su banda amagó con desmayarse.

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Perfecta alineación del público: quítales el techo y se te pondrán a la sombra de las vigas.

Por la tarde recuerdo un par de actuaciones de artistas cuyo nombre ya he olvidado (lo siento), antes de presenciar el concierto del año. Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernàndez, en un escenario mínimo, una barca de pesca varada en un rincón del pinar de la masia d’en Cabanyes. Tan espartana la instrumentación como imperial fue la actuación, desgranando la granada que es el disco firmado por el dúo. Pocas, de verdad, muy pocas veces me he sentido tan arrebatado por un directo: su talento y su arte es colosal, superlativo y comprometido como pocos. Dejaron al público embelesado, cautivo de frases y silencios; nadie se atrevía a comentar, ni a sacar fotos. Incluso se marcaron un par de bises, fuera de tiempo, que hizo que llegásemos casi todos al escenario principal cuando Yo La Tengo ya estaban triturando decibelios.

Los de Hoboken se decantaron por un concierto eléctrico, tenso, tanto por su rodaje como, por otra parte, el mal ambiente que parecía haber sobre el escenario. Bueno, el hecho de que las primeras filas estuviesen copadas por proto-, adolescentes y no pocos postadolescentes, con guirnaldas de flores en la cabeza y pose afectada neohipstergótica no ayudó mucho: le vi un gesto autoritario de Ira a James, y a este largarse del escenario, una vez acabada la actuación, enfurruñado y sin saludar. En cuanto al aspecto técnico, no puedo decir menos que resultó brillante, impoluto, salvaje en ocasiones y virtuoso en otros momentos, aunque la voz de Ira nos dejó alguna que otra constancia de su poca versatilidad.

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Un festival familiar. Al fondo, Yo La Tengo.

Efectivamente, al acabar el concierto las primeras filas continuaron abarrotadas de niños acompañados de sus padres, manteniendo la plaza para Lana del Rey mientras, en el otro escenario principal, enfrentado al primero, Hidrogenesse se descantillaba con su pop matematicosurrealista y con dedicatorias varias, como la que brindaron a los fans de Lana del Rey, para los que cantaron “No hay nada más triste que lo tuyo”. Pensé que me moría de la risa ahí mismo. Y cómo animaron el cotarro. Desde ya mismo me declaro muy fan (aunque su discografía electromatemática es árida para oídos poco entrenados).

Lana del Rey: me fui a comer. Desde la zona de pícnic se oyó la entrada en escena, alargada para poner a toda la chiquillería a berrear. Pues eso: me fui a comer.

Hasta la vorágine post-math-rock de Paus, la verdad es que me aburrí: Austra me dejaron frío, y Pional, pues sí, canta muy bien, pero el drum’n’bass no es lo mío. Lo de Paus ya fue otra cosa: dos baterías en el centro del escenario, la electricidad a tope y el metrónomo sacando humo. Una delicia.

En definitiva: muy relajado (demasiado, con la sensación de que podría haber aprovechado más en alguna franja horaria), un ambiente bonito (aunque no llegó a puntuar como “inolvidable”), el mejor y más mágico concierto del año (difícil que alguien lo supere) y algunos grandes momentos quizá deslucidos por falta de motivación.

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Y la típica foto del típico brindis festivalero. Que no falte.
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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

2 comentarios en “La primavera del Vida Festival”

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