Boyhood, de Richard Linklater

Ayer inauguramos oficiosamente la octava temporada del club de lectura con una cena por el barrio y visita al cine para ver la (para nada de género fantástico) Boyhood, de Richard Linklater, en boca de todos por la curiosidad técnica de haber sido grabada a lo largo de 12 años con los mismos actores. Ya sabéis: la película documenta el proceso de crecimiento del protagonista, Mason, desde los 5 a los 18 años; de primaria hasta el ingreso a la universidad; desde la separación de sus padres hasta su emancipación, pasando por diversas situaciones familiares.

La “curiosidad técnica” es precisamente eso, una curiosidad, en comparación con el resultado. Una película de esas que Robert McKee calificaría como de antitrama, con el acento puesto en la interpretación de Mason y su hermana mayor Samantha (y sus padres naturales y un par de padres y madres postizos) y la captura de unos cuantos momentos en la vida de los pequeños. Y como le gusta decir al guionista, las pequeñas tramas de cada etapa de Mason acaban formando una narración que no por pausada se hace morosa, algo que podría haber pasado si la película no hubiese pasado del mero experimento. Pero no: esos pequeños momentos en la vida de Mason forman una historia tan vital como el paso de la infancia a la madurez. Se agradece hoy en día que alguien se tome el tiempo para narrar una historia eludiendo el ritmo acelerado de las producciones actuales.

De las virtudes de Boyhood me encantaría resaltar dos: el tacto con que Linklater introduce los temas fundamentales de la historia, que se revelan al final de los actos (uno por etapa de crecimiento) de la película y que se extienden más allá de la biografía del niño: la eterna búsqueda, la madurez, las relaciones de poder dentro de la familia, la desesperación, la obsesión; y los pequeños detalles que engrandecen la historia sin necesidad de recursos fáciles: juegos de miradas (impresionantes si tenemos en cuenta que, a lo largo de la película, asistimos también al aprendizaje teatral de Ellar Coltrane y Lorelei Linklater), la obsesión por el control del segundo marido, el detalle de las latas de cerveza del tercero… Y la segunda, la que, por razones obvias, también me mantuvo pegado al metraje: la fijación de las líneas temporales a través de la banda sonora. Del “Yellow” de Coldplay al “Deep Blue” de Arcade Fire. Disfruté como un enano, lo reconozco 🙂

Por otra parte, no sé si la película alcanzará ese rango que la mantenga en la memoria colectiva: quizá adolece de falta de imágenes icónicas o de impactos emocionales. De momento la crítica es unámine; veremos cuál es el dictamen del tiempo. Pero si la tenéis a mano en el cine, no dudéis e id a verla.

Os dejo la banda sonora a continuación. Que la disfrutéis.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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