Descriminalización de la risa

Necesitaba desahogarme y, en vez de escribir un fútil estado en Facebook, he pensado que mejor hago una entrada (fútil, igualmente, pero más duradera) en el blog. Ya me disculparéis la falta de ilación en la argumentación, pero los que me conocéis ya sabéis que soy así de disperso y perezoso. Vamos p’allá.

Puedo entender el hartazgo que puede causar en la gente, por saturación, el meme del Tomasín y la amenaza de ISIS a Al-Andalus, digo España. Incluso que pueda parecer, a ojos de algunos, una banalización de la situación actual, dramática y complicada como, por otra parte, ha sido siempre la historia de la humanidad. Por una parte, ahora tenemos suficientes herramientas como para estar al día de casi cualquier cosa. Por otra, estamos sobresaturados. Pero este es otro tema que ahora no viene al caso.

Volviendo al asunto: veo que unas cuantas (bastantes) voces se alzan con reflexiones que alertan, de forma a veces apocalíptica, otras en tono de reprimenda a chiquillos descerebrados y traviesos (o sea, los que nos reímos), contra esa banalización, como si reírse de las amenazas fuese a allanar el camino a los integristas; como si fuésemos, no sé, corderitos que caminan hacia el matadero riéndose de las pintas del carnicero, del mandil manchado y del hacha mellada. Me temo que semejantes diatribas no tienen en cuenta dos cosas:

  1. La sensibilidad de cada uno con respecto al duelo;
  2. El poder del humor.

Vamos a un caso particular para ilustrar el primer punto: cómo pasé mi peor duelo. Pues lo soporté South Park: The Movie en DVD on repeat (y, de paso, aprendiendo inglés). Hubo gente que no entendió que estaba conjurando un dolor, un dolor que nadie comprendía, y me lo recriminaron (entiendo que con toda la buena voluntad; además, estábamos todos de duelo, y nadie estaba en posesión de una lucidez absoluta) en función de vete tú a saber qué: las formas, el momento, el respeto al fallecido, qué sé yo. Que South Park me sirviese para superar uno de los peores momentos y poder seguir adelante no entraba en su visión. El gamberrismo de la peli, la verdad es que tampoco ayudaba a comprender mi postura, pero bueno, Blame Canada!, you know.

Que oye, que me la sudaba entonces y me la suda ahora. Gracias a las risas y el humor negro pude redimir el dolor y seguir adelante, y despedirme más adelante como necesitaba. Pero, ¡ay!, de no haber mediado el humor… Evidentemente, hubo otros factores que me ayudaron durante aquellos días: el cariño de los amigos, las cervezas fuera del velatorio… Nota: de ahí también que, cuando algún amigo pasa por esos momentos, le brinde por un lado cariño y, por otro, intente sacarlo de allí y hacer unas cervezas. Yo agradezco mucho ese gesto.

Cambiemos de tercio y vayamos al terreno de las distopías para ilustrar el segundo putno. ¿Cuáles son las tres distopías clásicas? Diríais 1984, de George Orwell (y su antecesora Nosotros, de Yevgueni Zamiatín, más poética pero no por ello menos implacable que el “homenaje” posterior de Orwell); Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y La guerra de las salamandras, de Karel Čapek (si no conocéis este libro, ya os estáis haciendo con una copia a la voz de ¡ar! En catalán lo ha publicado recientemente Males Herbes con una gran traducción, y en castellano hay una edición, ya agotada, prologada con mucha ilusión por quien escribe estas líneas). Los tres títulos han pasado por el club de lectura de la biblioteca Jaume Fuster.

1984 es implacable; cada vez que leo el que quizá sea el mejor libro sobre los totalitarismos y la sumisión/supresión de la individualidad, siento un puñetazo brutal en la boca del estómago, más fuerte con cada nueva lectura. Un mundo feliz es más inquietante por acercarse, desde más atrás (escrito en 1932) a los tiempos que estamos viviendo: una burbuja de narcisismo que flota sobre un mundo descoyuntado y con un punto inmoral. Ambos son libros serios, solemnes; grandes hitos de la literatura…

Pero La guerra de las salamandras, publicada en 1936 (y también hito de la literatura) poco antes de que el Tercer Reich se anexionase los Sudetes y, ya que estoy por ahí, me quedo también con Checoslovaquia, recibió el que, para mí, sigue siendo el mejor comentario sobre un libro en el club, y que no pierdo ocasión de contar: “Este libro habla sobre todo“. Čapek se burla del totalitarismo de cualquier signo, pero también del desarrollismo, de la cortedad de miras a todos los niveles, de la ignorancia, de la avaricia, de la política, de…

Se dice que Karel Čapek, autor que dio prestigio a la lengua checa (considerada como lengua “del pueblo” en contraposición con la lengua culta, el alemán) y eterno candidato al Nobel de literatura, le tocó tanto los cataplines a Hitler con su humor que este presionó al gobierno Noruego, país satélite de la Alemania nazi, para que la Academia lo vetase. Čapek se quedó así sin premio y, poco después del Tratado de Múnic, falleció para no ver al país que tanto amó bajo la svástica. Su hermano Josef no tuvo tanta suerte.

Siempre que me piden una recomendación contra la intolerancia, recomiendo La guerra de las salamandras antes que 1984. Porque habla de todo, como bien comentó la asistente al club. Pero, en cuanto a recomendaciones, este es mi caso particular. ¿Cuántas obras maestras son parodias de asuntos tremendamente serios, trascendentales? Recordemos El gran dictador, de Charles Chaplin; Ser o no ser, de Ernst Lubitsch; más cercanas son las series como Black AdderAllò, Allò. ¿Seríais capaces ahora de criticarlas, de vetarlas? El humor es capaz de capturar lo más mezquino del ser humano y revelar la absurdidad de actos, ideas, opiniones, contra el transfondo humanista. Porque ¿qué hay más sano, más vital, que la risa? Quien ríe, vive. Y hay quien parece criminalizar la risa como si nos culpasen de vivir, de haber sobrevivido. Gente que criminalizaría La guerra de las salamandras,El gran dictador o, ya que estamos, los memes. Joder, ¡no nos dejáis reír! Pues no, fíjate, el humor es justo lo contrario. La figura del bufón siempre ha sido el contrapeso necesario al poder, y cuando el poder es tiránico, el bufón es el primero en caer. Todos conocemos casos así, no solo el de Čapek; preguntadle a Bulgákov, a Leo Bassi o a los titiriteros de Madrid.

Defendamos el humor. Defendamos la risa. Es un arma contra la intolerancia y también, ojo, una potente herramienta contra la ignorancia. Y una catarsis para el dolor, según la sensibilidad de cada uno. Que no os digan cómo tenéis que conjurar el duelo, y que no os convenzan de su futilidad contra la violencia y la intolerancia, aunque puede que quien os trate de convencer lo haga desde las buenas intenciones. Aunque, a veces, da la sensación de que no lo que los motivan no son buenas intenciones, precisamente.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

2 comentarios en “Descriminalización de la risa”

  1. Completament d’acord en tot el que dius 👏🏻👏🏻👏🏻
    Recordo lo celebrada que va ser la lectura de “la guerra de les Salamandres” al Club de lectura, el que confesso que no recordava era lo del teu pròleg 😪😪🙏🏻🙏🏻.

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