Machismo: un caso práctico

Antes de empezar, dejemos una cosa bien clara: soy un privilegiado. Varón, blanco y heterosexual. Nací con esos privilegios y hay que reconocerlo. Haber sido el empellón de la clase (lo que hoy se conoce como nerd), zurdo, catalán o friki (condición esta que me ha permitido, al final, desarrollar un montón de actividades estimulantes y ganarme la vida, cosa que, ahora mismo, podría restregar en la cara a los losers que se metían con el rarito de la clase), no han sido sino meros atenuantes, pero no tienen ni punto de comparación (a pesar de la puta infancia que me hicieron pasar en el cole) con el calvario de ser mujer, homosexual o no caucásico. Sólo hay que abrir la prensa (bueno, no cualquiera, sino la seria, y ni tan sólo así os podéis asegurar de evitar el sesgo WASP en el contenido). O basta con preguntar a tus amistades.

Ser un privilegiado no implica no darse cuenta de las desigualdades, de ahí que esté escribiendo este post, a pesar de mi situación. Es irresponsable no hacer el esfuerzo de detectarlas porque así sólo se consigue perpetuar la situación. Más irresponsable aún es negarlas. Pero, en este caso, me sigue asombrando que, a pesar de lo ridícula que es formalmente la perversión de la lógica que se acostumbra a utilizar, ese negacionismo, revisionismo, posmachismo o como se llame esté tan extendido.

En fin, ya hace un tiempo que me intereso en noticias y reportajes relacionados con la desigualdad de género. No por una decisión consciente, sino porque la reciente exposición ha conectado con sensaciones que llevo conmigo desde que era pequeño. Por una parte, porque me sigue asombrando que algo tan lógico (la igualdad de género) siga siendo casi una quimera. Por otra, se me cae el alma al suelo la cantidad de testimonios que van surgiendo, la constatación de cuán endémica es la desigualdad, lo cerca que la tenemos, al lado, en la familia, el círculo de amistades, el entorno laboral. Escalofriante, de veras.

¿Exagero? Ahora es cuando vamos al caso práctico. Esto sucedió hace apenas tres semanas.

Zascandileando por el Caralibro, veo que una amiga comparte una foto de un texto en el que se afirma que los piropos callejeros son intimidatorios, porque no busca el contacto íntimo (ni de otro tipo), sino el de reafirmar una relación de poder, del hombre que humilla a la mujer porque puede, porque la sociedad se lo permite. Estoy completamente de acuerdo con el contenido y lo comparto en mi muro. Tres amigas mías diferentes, cada una viviendo en una punta (o centro) del país, de entornos diversos, ven el texto y lo comparten en sus respectivos muros.

Os podéis imaginar el resultado, ¿verdad? Va, os dejo un momento para adivinarlo.

Efectivamente, a las tres les discutieron la afirmación. Da igual que ellas afirmasen que se sentían ofendidas, vejadas o asustadas cuando un desconocido las interpelaba con cualquier valoración no solicitada sobre su físico; ellos (sí, ellos: varones blancos heterosexuales), erre que te erre con que un piropo no es una intimidación. Gente que dudo que haya cambiado de acera, se haya escondido en un portal o busque refugio entre la multitud. O que le haya ofendido un “ay, ese culito, que no pase hambre” o que se haya sentido incómodo o que hayan valorado su físico siendo menor de edad (porque esa es otra, parece que todo el mundo condena la pedofilia, pero resulta que las tetas no esperan a cumplir 18 años para aparecer y el piropeador como que relaja los límites en ese caso).

A mí nadie me discutió nada. Vale que soy un rancio, un borde y que, más o menos como todos, tengo mi burbuja de red social con gente afín. Pero, oye, que a mí, a un varón blanco heterosexual, nadie le vino ni siquiera a decir “bah, tío, exageras”. A ellas, sí; tres de tres, todo un pleno. Negación, condescendencia, hasta falta de respeto…

Vamos, un mansplaining de cajón. No queda trabajo que hacer ni ná…

Anuncios

Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

Un comentario en “Machismo: un caso práctico”

  1. Tienes toda la razón, hay mucho trabajo por hacer. Lo mas penoso es que el que se habia podido hacer con grandes dificultades y sacrificios se ha perdido en el camino y hay que rehacerlo de nuevo. Fuerza

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s