The Cure, Palau Sant Jordi, Barcelona, 26 de octubre del 2016

Parece mentira: tantos años sin prestar más que una atención fugaz a uno de los grupos de mi adolescencia y, gracias a la perseverancia de una amiga (a la que le debo también otro de los conciertos del año, el de Neil Young —a lo tonto, este 2016 ha sido también “el año de los conciertazos del año”: ha habido más que partidos del siglo, y con diferencia—), ayer viví uno de esos momentos de completa comunión con un grupo y con una época. Porque, lo quiera o no, y de eso me di cuenta mientras subía por las faldas de Montjuïc tarareando algunos de sus temas, las canciones de The Cure están muy íntimamente entrelazadas con una época concreta de mi vida; y, curiosamente, mucho más que los que eran entonces mis artistas favoritos. El porqué no me queda muy claro, ya que, a finales de los ochenta yo estaba más por los grupos de rock épico y bombástico. Pero la banda de Robert Smith es mucho más versátil en cuanto a abanico melódico, y sus hookworms han quedado anclados en el subconsciente con imágenes y recuerdos de aquella primera juventud, de cuando uno aún está madurando, de cuando las dudas lo asolan a uno. Por otro lado, al fin y al cabo, las letras de Smith van de eso: de esos espacios tenebrosos, de dudas, de crecer torcido. Justo en la senda opuesta a U2, Simple Minds, Bruce Springsteen y demás de su palo.

Total, cortando el rollo: que lo de ayer fue un conciertazo en mayúsculas. No vimos el grupo arisco cabeza de cartel del Primavera Sound, sino uno completamente seguro de su músculo, de su lírica y de que, qué caramba, de las ganas de pasárselo bien. Que aquel era su público incondicional. Para no variar, apenas hay canciones posteriores al Wish (1992), a excepción del single “Wrong Number” (absolutamente catatónico, por cierto) y, eh… búsqueda en las redes…: “It Can Never Be the Same”, canción del ¡2016! Sí, una nueva canción que estrenaron, junto a “Step Into the Light” (ambos títulos son oficiosos) en el inicio de la gira en Nueva Orleans.

The Cure pasaron como un rodillo, tres horas de alta intesidad pero sin dejar de lado los matices, algo que es muy de malabarista musical. La victoria, a poco que uno se pare a pensar, la tenían al alcance de la mano, si tenemos en cuenta que poseen un catálogo preñado de melodías de éxito, de fuerte carácter y tremendamente pegadizas; pueden dejarse éxitos fuera del concierto (y así lo hicieron) y, aun así, dejarte con la sensación de que han ejecutado un greatest hits, cuando no fue del todo cierto: hubo rescates de su primera etapa (“Primary”, “Sinking”), sencillos muy queridos por los die-hard fans (“Charlotte Sometimes”), estrenos como el que he mencionado antes, delicatessen (“From the Edge of the Deep Green Sea”). Y éxitos, evidentemente: pero cuando empezaron, casi a traición, “Friday I’m In Love”, yo ya me había olvidado de ella, ya podría haberme ido con un excelente sabor de boca, y aún quedaba lo mejor. Sí, se dejaron “Prayers for Rain”, pero tocaron hasta siete de The Head on the Door (mi favorito tras el Disintegration), “Lullaby” fue magistral, y casi me desgañito y me caigo por las gradas bailando al ritmo del “Close to Me” y “Why Can’t I Be You”.

Reconozco que es emocionante, ya que hablábamos de comuniones, ver como el público corea, aplaude y aún es capaz de pedir más canciones, Robert no te vayas y sal a bailar que tú lo haces fenomelan, tras tres horas de concierto (las pausas entre bises apenas daban tiempo para que los más yonquis consultasen Facebook o Instagram, aunque bueno, también había gente capaz de mirar el móvil y ¿atender? a la vez el concierto), y en la escala de Richter lo de ayer se acercaba al tope.

¿Y con qué canción me quedaría yo?, me preguntáis. Pues mira, con el “Boys Don’t Cry”. Me emocionó como pocas canciones lo han hecho este año.

En resumen: tres horas a alto nivel, sin apenas bajonas, con un Robert Smith que afina (aún) como los ángeles, un Simon Gallup que se mueve más que un saco pulgas, sonido arrollador (quizá convendría subir un poco más la voz en la mezcla, que a veces se perdía), un poco de nostalgia y mucho savoir faire de la banda. Uno de los últimos grupos capaces de llenarte un Sant Jordi con un discurso propio y alejado de los tópicos del mainstream.

Resumiendo el resumen: ¡una pasada!

Si queréis escuchar el repertorio, intercalad este vídeo de “It Can Never Be the Same” entre  “End” y “Burn” (fue la primera canción del primer bis) en esta lista de Spotify.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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