Nada Surf, Razzmatazz 2 (Barcelona), 22/12/2016

A veces las cosas van así: cuando menos te lo esperas te encuentras en mitad del mejor concierto de tu nueva banda favorita.

Y es que a Nada Surf los conocí hace apenas medio año, en el Vida Festival, y eso que tuvimos una emergencia cafeínica que nos hizo escucharlos desde la distancia en una cola kilométrica. Los había escuchado en Spotify y no me llamaron la atención, pero, ¡hey!, ese directo tenía una cualidad… directa. Sí, ¿sabéis esos artistas con los que conectas porque…? Bueno, vete a saber por qué: yo lo achaco a una cuestión de actitud, a que, cuando pones el alma ahí en la música y te estás de zarandajas, se nota.

Aprovechando que le regalamos a una pareja de buenos amigos unas entradas para resarcirse de la emergencia cafeínica, oye, pues aproveché y me compré yo otra.

Qué gran decisión.

Y eso que volví a escucharlos en Spotify y me costó emocionarme. Me recordaban vagamente a Superchunk, con la pega añadida de la falta de familiaridad. Power pop (veo que también lo llaman ahora jangle pop) de melodías rasposas y medio ocultas tras el rasgueo eléctrico. Pero nada, que todo fue empezar con la primera canción de su último disco, “Cold to See Clear”, y entre la nostalgia noventera (y, a ver, que yo en aquella época era de bandas ochenteras) y el buen rollo que desprenden (sonido directo, actitud frontal, directa, llana) me sentí transportado a otra época, una un poco más ingenua pero también más dinámica y comprometida.

Eso sólo fue el principio.

Las tres primeras canciones fueron, digamos, milimétricas, si es que cuando se toca power pop se puede ser milimétrico. Pero poco a poco dio la impresión de que la banda se estaba animando. El sonido se volvió más compacto, más pleno, y subió la intensidad unos cuantos grados. Cosa que el público también captó, y la retroalimentación fue dando sus frutos con más bailes, más palmas, más ovaciones; todo en un ambiente como de muy buen rollo. Los parlamentos de Matthew Caws iban entre el humor casi británico, la ingenuidad (con ese castellano chapurreado, medio vacilante pero preciso) y el mensaje político (ese “me alegra que todos estemos juntos contra esto, malos tiempos” fue cándido hasta decir basta y, sin embargo, tan necesario que lo dijese); de vez en cuando, Daniel Lorca tomaba el micro y era mucho más directo, y también los hacía más cercano.

La recta final ya fue de traca. Bises aclamados: “Popular”, “Always Love”, ¡si hasta la coreé, pillando el estribillo al vuelo! Pero, ah, tras dos horas (¡dos horas!, cuando hoy en día si te actúan hora y media ya te puedes dar con un canto en los dientes), ese “Blizzard of ’77” con dos guitarras acústicas, sin micros y con el público (que ya salía de la sala) acercándose al escenario en silencio fue… especial. Mágico. Majérrimo.

Claro, ahora estoy repasando la discografía, desentrañando las letras y desmadejando ese sonido que, al principio, parecía homogeneizar y enmascarar las diferentes canciones, y eso: mi nuevo grupo favorito. Aún les quedan unas cuantas fechas en España, así que, si por un casual, podéis acercaros a verlos, bueno, pues ya me contaréis, pero creo que no os arrepentiréis.

 

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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