Björk, Poble Espanyol, 24 de julio del 2015

Sí, ya haré mi crónica del PS2015 antes de que se me olvide. Y no es que esta minicrónica llegue justo después del concierto, sino tras la cacareada cancelación de la gira del Vulnicura. En su comunicado, Björk explica (que no se excusa) de la intensidad y la naturaleza de la gira, y que su reloj interno la empuja a cancelar el tour y ponerse a escribir música. ¿Divismo, extravagancia…? Los fans que no la han podido ver estarán qué trinan, pero no me quiero ni imaginar por lo que deben de estar pasando los promotores de las fechas canceladas. Supongo que la islandesa se hará cargo de buena parte de las pérdidas, porque no me imagino a ninguna aseguradora cubriendo la cancelación…

Comentarios jocosos aparte, me gustaría recordar en este punto por qué me enganché a la carrera de Björk. Tarde, para variar, como casi todos los grupos que me gustan, y, como casi siempre, gracias a las recomendaciones de amigos con buen gusto. En este caso, fue gracias a Juanma Santiago y a través de mensajes en la lista de correo Gigamesh (sí, los noventas y principios de la década del 2000, cuando las listas de correos eran lo más), en la época en que Von Trier estrenó Bailar en la oscuridad, y Björk y Thom Yorke cantaban a dúo esa emotiva “I’ve Seen It All”. Y lo que me enamoró de la islandesa fueron dos características poco habituales en la música: sinceridad, en la acepción “poner toda la carne en el asador y más si hace falta”, y vulnerabilidad.

El viaje interior que se trasluce en canciones del calibre de “Violently Happy”, “Hyperballad”, “Bachelorette” y “Hunter”, en el que explora espacios íntimos con crudeza (es decir, con valor; puertas abiertas al corazón y al sexo), y abre caminos que recorren la pasión enfermiza, la pulsión sexual, la ira, la feminidad, y tantas y tantas áreas muy poco trilladas en esto del pop.

A partir de los 2000 se percibe un cambio de actitud. Las canciones se vuelven más herméticas, y, como bien dijo un crítico, parecía que Björk empezaba a perder contacto con este mundo. Reconozcámoslo: Vespertine es un disco casi perfecto, pero en su cualidad sinfónica empezaba a percibirse una querencia por la experimentación estética en detrimento (vamos, despegándose) de la narración. Medúlla la escuché como dos o tres veces sólo. Volta supuso una vuelta a lo telúrico, más cercano al cromatismo opulento de Homogenic que al arisco Medúlla, pero Biophilia la volvió a meter en una cápsula con destino a la órbita de un satélite lejano. Canciones que cantan sobre el big bang, sobre los elementos de la tierra, sobre los virus… Este, si lo he escuchado entero una vez, ya me puedo dar por satisfecho.

No voy a juzgar la separación de Matthew Barney; lo único es que la rendición de cuentas que le hace Björk se materializa en el mejor disco que ha publicado desde Vespertine. No hay canción en la que Björk no haga referencia al dolor, a la traición, pero también a la recuperación, al dolor como vehículo para sentirse, explorarse, conocerse y crecer. Un crecimiento que también se traduce en lo musical: volvemos a escuchar ritmos atrevidos, electrorgánicos, salvajes. La diferencia con los noventa estriba en la incorporación de cuerdas y armonías sinfónicas. Pero, pardiez, hacía mucho que no disfrutaba tanto de un disco suyo. Es decir, que no conectaba con ella como desde ese Vespertine.

Y, con ese disco bajo el brazo, la muchacha se presentó en el Poble Espanyol tras doce años desde su último concierto en el Sónar, cancelación en el Primavera Sound 2012 mediante, con Alejandro Ghersi aka Arca en la electrónica, Manu Delago en la percusión y la Alarm Will Sound en las cuerdas.

Ahora es cuando la entrada se vuelve una sucesión de adjetivos. Intentaré atarlos cortos. El que predomina por encima de cualquier otro es intenso: intenso en lo emocional, en lo lírico y en la ejecución. Rico en armonías y en texturas; rico que no denso. Preciso en cuanto a la intencionalidad; a pesar de la complejidad de la música, no se sintió en ningún momento la presión del metrónomo. Corto, eso sí: hora y media justita y para casa. Lo que desde luego no fue es complaciente. Ni con el público ni con su ego. Sí, el público le aplaudía hasta los más mínimos saltitos de polichinela vikinga, pero al mirar el playlist uno se da cuenta de que éxitos, lo que se dice canciones de las que aparecerían en cualquier recopilatorio, hay uno o ninguno. Y tampoco es de extrañar la fatiga emocional tras la cancelación de la gira: las seis primeras piezas del Vulnicura, pim, pam, una detrás de otra pivotando alrededor de la inmensa “Black Lake”. A Matthew le tenían que zumbar los oídos como en la última estrofa de “Pluto”.

Aun a pesar de la potencia de las canciones más recientes, los momentos más hermosos tuvieron que ver con la reinterpretación, hasta el punto de que más de uno no las reconocieron, de canciones del Debut, como “Come to Me” (exquisita) y el bis (sí, sólo uno), el “One Day” con Björk a la voz y Manu Delago en el steelpan. “All Neon Like” también sonó irreal, irreconocible, pero más intensa que en el disco. Y “Wanderlust” es una trituradora en directo, de lo más destacado de la década pasada.

Y, sin embargo, de los tres conciertos que le he visto, este ha sido el que menos me ha gustado, quizá por la distancia con que sonaba. Me temo que esa década, encerrada en su propio mundo, le haya hecho perder parte del contacto vibrante que demostró en los noventa y en Vespertine. Aquí estamos en candeletes esperando un nuevo disco para saber qué dirección tomará.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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