La conjura contra américa, de Philip Roth

Unos cuantos apuntes sobre La conjura contra América.

Anuncios

Estos días de semivacaciones he podido concentrarme en la segunda lectura de La conjura contra américa de cara a la sesión de clausura del club de lectura de literatura fantástica de la Jaume Fuster. Se trata de una obra densa y ambiciosa, aunque reconozco que la he vuelto a abordar con un poco de aprensión, ya que la primera lectura me costó un buen tiempo y no poco esfuerzo. Me alegra comprobar que, esta vez, la lectura me ha enganchado y ha sido mucho más fluida y divertida (tras detectar, también es cierto, la característica que me estorbó la primera vez); a su vez, este ritmo me ha permitido profundizar en unos cuantos temas que me han llamado poderosamente la atención y que, en su momento, no me calaron tanto. Ya que la ficha que elaboro para el club es más bien escueta y la elaboré cuando aún no había acabado esta segunda lectura, sirva esta entrada como un borrador de temas adicionales de debate para la próxima sesión.

La conjura contra América

Aquella primera lectura la hice en septiembre del 2007 y, a pesar de llevar ya unos años de experiencia trabajando textos, aún no era capaz de discernir, fuera del entorno laboral, entre el contenido, la traducción y cómo esta última puede distorsionar la percepción de la primera en ciertos aspectos que pueden ser fundamentales (tono, nivel, comprensión…). Esta vez he conseguido detectar (cosa nada fácil) y superar (fácil una vez te das cuenta) unas construcciones en castellano excesivamente rígidas, apegadas a la gramática inglesa, y he podido disfrutar mejor del contenido que envolvía: de esta forma, el discurso a primera vista farragoso se vuelve más fluido y natural. No quisiera yo vérmelas como traductor de Philip Roth, desde luego, con esa redacción más cercana al flujo de conciencia que a la narración más al uso, pero esa rigidez en la traslación debería haberse detectado y corregido: ya es bastante denso de por sí el libro como para que uno se embarre con expresiones poco naturales o incluso con frases incompletas.

Volviendo al contenido, supongo que aquí, quien más quien menos, ya conocéis de qué va el libro; aun así, us faig cinc cèntims del argumento: el héroe de la aviación y reconocido aislacionista y antisemita Charles A. Lindbergh arrasa en las elecciones presidenciales de 1940 gracias a una campaña populista que aparta a Franklin Delano Roosevelt de su tercer mandato. En cuanto Lindbergh asume la presidencia, firma un acuerdo amistoso con Adolf Hitler en Islandia que garantiza la neutralidad de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y le da vía libre a la Alemania nazi para asentar su poder en Europa y norte de África, dejando a Gran Bretaña y a la Unión Soviética a su merced. Philip Roth, entre los siete y los nueve años de edad, es testigo de cómo estos acontecimientos afectan la vida de su familia y de la comunidad judía de su ciudad natal, Newark (Nueva Jersey).

La premisa en sí es interesante: sin embargo, no esperéis en ella muchas especulaciones tipo what if. Sí, La conjura contra América es una ucronía, pero, sobre todo, es la odisea sentimental de un niño cuyos ritos de paso de la infancia se ven fuertemente afectados por los acontecimientos históricos, que en este caso difieren de nuestra historia (sobre la que el autor acuña una frase hermosa y lapidaria) para poner énfasis en el mecanismo de su impacto, y por la discriminación. Tanto en uno como en otro caso, y aquí estriba el quid de la cuestión, no se trata de meros constructos imaginarios, sino que (añado el paréntesis innecesario: como en toda buena obra de ciencia ficción) el autor se nutre de una realidad fehaciente que, mediante la potente herramienta narrativa de la extrapolación, se presentan con la fuerza redoblada que proporciona la imaginación literaria.

Evidentemente, la herramienta en sí no sirve si no se dispone de talento, pero supongo que señalar esa obviedad es, en sí mismo, una obviedad. Sin embargo, en su momento, hubo cierta “polémica” sobre la “irrupción” de un autor de prestigio en las letras norteamericanas en un terreno, la ucronía, “apropiándoselo” sin tener en cuenta la “tradición” de este subgénero de la ciencia ficción. Una polémica alimentada con comentarios displicentes y desde una óptica cerril, como si una forma literaria, un género, un subgénero tuviesen copyright y propietarios. Comentarios como ese: “Patria, de Robert Harris, una novela que Philip Roth debería haber leído antes de meterse donde no le había llamado nadie” del Sitio de Ciencia-Ficción[1], donde se identifican los fallos estructurales de La conjura contra América (que los tiene, como veremos más adelante) con un supuesto desprecio por la tradición ucrónica en vez de con una torpe resolución narrativa. También pudimos volver a oír el sempiterno lamento por la elusión de términos como “ucronía” y “ciencia ficción” por parte de Mondadori (y, por extensión, de las editoriales “serias”) que, aunque en tono de mea culpa, no deja de traslucir también una cierto sensación de apropiación del género, tal como se puede leer en Hélice[2].

Polémicas aparte, uno de los puntos que me gustaría destacar de la obra es la impactante sensación de extrañamiento que desprende el libro. Un extrañamiento que la premisa ucrónica potencia, pero que hunde sus raíces en la sensación de otredad del pequeño Philip Roth en diversos aspectos: los habituales contratiempos de todo niño durante el aprendizaje; la frustración que la realidad ejerce en la visión incompleta del mundo del pequeño Philip, acrecentada con la irrupción del fascismo en el país; la evolución por cuenta propia del cuerpo, y en concreto la aparición del despertar del deseo sexual, sorprendente y desconcertante; la relación con el resto de los miembros de su familia, cuyos impulsos y motivos quedan muchas veces más allá de la comprensión infantil, y los cambios que la nueva situación ejerce en la comunidad judía. Unos cambios con los que revela cómo el sentimiento de pertenencia, la conciencia histórica y el estigma de pueblo perseguido modela el carácter de la comunidad; comunidad que, por otra parte, también se señala como corporativa, con tendencia a la cerrazón y a la exclusión. Por otra parte, la premisa argumental también sirve para poner en relieve la naturaleza discriminatoria de la sociedad estadounidense, una sociedad orgullosa de sus cimientos democráticos pero incapaz de deshacerse de unos prejuicios muy arraigados en su historia.

Cabe añadir que el extrañamiento también se manifiesta a través de la voz, la de un autor, el Philip Roth del 2004, que, como él mismo reconoce[3], entra y sale del personaje, el Philip Roth niño del universo alternativo, para poder dotar de verosimilitud fáctica los acontecimientos narrados, para los que necesita la visión adulta, mantener la distancia y mostrar desapego, algo que el niño sería incapaz de transmitir, pero cuya visión es necesaria para transmitir la cercanía de las memorias. Un ejercicio que le dio no pocos problemas al autor.

Es interesante analizar y comentar la técnica narrativa de Roth a la hora de escoger el protagonista y ese punto de vista pseudoomnisciente. Uno de los mayores acierto del autor es el de evitar la narración maximalista, la de los grandes acontecimientos, y narrar su influencia en el entorno familiar a través de los ojos del niño. De esta manera consigue:

  1. Hacer más terrible el impacto de la premisa. Al fin y al cabo, la familia es la unidad mínima con la que se construyen las comunidades. A partir de ahí, la descomposición de la comunidad mediante la división (colaboracionistas y opositores), la dispersión (los programas de la OAA) y la confrontación no hacen más que añadir un dramatismo más radical si cabe a la situación;
  2. Y, a través del impacto en la vida cotidiana, hacer más comprensible la relevancia del antisemitismo en Estados Unidos.

Más allá de este segundo punto, me gustaría destacar cómo la descripción que hace de la fundación de los Estados Unidos por una “abrumadora mayoría que hizo la Revolución y fundó la nación y conquistó la naturaleza salvaje y subyugó a los indios y esclavizó a los negros y emancipó a los negros y segregó a los negros, (…) millones de buenos, limpios, trabajadores cristianos que se establecieron en la frontera, cultivaron los campos, construyeron las ciudades, gobernaron los estados, se sentaron en el Congreso, ocuparon la Casa Blanca, amasaron la riqueza, poseyeron la tierra y las acerías y los clubes de béisbol y los ferrocarriles y los bancos, que incluso poseían y supervisaban el lenguaje, uno de aquellos invulnerables nórdicos y anglosajones protestantes que dirigían Norteamérica y siempre la dirigirían” señala un aspecto resulta fundamental en la, llamémosla así, mitología (o narrativa) nacional y que no acostumbramos a tener en cuenta, inmersos como estamos en esa narrativa nacional: cómo las mayorías étnicas y religiosas pueden condicionar la construcción de una nación de forma que cualquier otra configuración es automáticamente desechada. Si extrapolamos de Estados Unidos a, por ejemplo, España, aparece casi automáticamente la explicación a ese rechazo sistémico (a.k.a. racismo institucional) y tan arraigado en este país a otros credos y culturas.

Os comentaba más arriba que Roth escribe una frase lapidaria sobre la historia, que condensa con elegancia el tema principal del libro: “Lo implacablemente imprevisto, que había dado un vuelco erróneo, era lo que en la escuela estudiábamos como ‘historia’, una historia inocua, donde todo lo inesperado en su épica está registrado en la página como inevitable. El terror de lo imprevisto es lo que oculta la ciencia de la historia, que transforma el desastre en épica”[4].

Al aproximar el devenir de los acontecimientos al nivel familiar y memorístico, como comentaba antes, Philip Roth evita el artificio intelectual —tan tentador y divertido, pero que no deja de analizar los acontecimientos con un cierto desapego sentimental—, tan frecuente en otras ucronías, y condensa el impacto de la historia en la fibra nerviosa y en la carne de la emoción. Creo que no hay mejor forma de comprender el “peso de la historia”, como se le suele llamar: extrañamiento y cercanía.

Aun a pesar de todo, la obra no es perfecta, ni mucho menos. Prolija en las memorias del niño Philip Roth, en ocasiones el cuidado por el detalle hace que la trama avance de forma morosa. Pero lo que más irrita es la resolución anticlimática, justo cuando la narración acaba de alcanzar un clímax demoledor, cuando el peso de la historia que mencionaba antes está a punto de arrollar a la familia. Justo en ese momento…:

“Pero entonces se terminó. La pesadilla llegó a su fin.”

¡Pam! Así, a lo bruto. Con esta frase, el autor da paso a un dosier de prensa que explica la caída del gobierno Lindbergh, rompiendo el contrato con el lector en varios puntos, a saber: la proximidad e identificación con el protagonista-narrador al cambiar de la memoria al falso reportaje; en vez de narrar explica, con lo que la lectura se convierte en algo farragoso (vamos, lo que se conoce técnicamente por ladrillazo); la burda e incongruente justificación de las acciones de Lindbergh, que en parte anula retroactivamente uno de los atractivos de la narración y, además, introduce una conjura rocambolesca que manda al cuerno la suspensión de la incredulidad. Qué necesidad había, se pregunta uno. El añadido parece a todas luces innecesario para la historia que Roth quiere contar y para los temas que maneja; es más: parece restar fuerza a la descripción del antisemitismo en los Estados Unidos al justificar esa mano ajena (la del Tercer Reich), como si no pudiese concebir que la chispa que prende el fuego fuese algo exclusivo de su país.

La conjura contra América tiene muchas otras dimensiones: podemos hablar de la figura de Herman y Bess Roth, los padres de Philip, y la importancia de la relación de Philip con ellos dos, su papel de guía y de mentores en apuros; la inteligencia con que trata el posicionamiento de la comunidad judía, tratando un tema que me parece de mucho interés: la diversidad de puntos de vista ante un acontecimiento que, se supone, amenaza a toda la comunidad por igual; la relación con Sandy, su hermano, y con su primo Alvin; cómo la violencia se filtra en su entorno sin necesidad de que se materialice en la violencia física y directa; cómo dibuja el aspecto más tenebroso del antisemitismo en la tragedia de su vecino Seldon y su familia… Pero, para eso, están las tertulias 😉

[1] http://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op01072.htm

[2] “Panorámica de la ciencia ficción en el mercado editorial actual”, en Hélice 5, pág. 5 y ss.

[3] “La historia detrás de La conjura contra América”, publicada en el blog El lamento de Portnoy, http://ellamentodeportnoy.blogspot.com.es/2005/09/la-historia-detrs-de-la-conjura-contra.html, trad.: Antonio Lozano

[4] Ibídem

Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s