Interestellar, de Christopher Nolan

Si hay algo que me enerva cuando me cuentan una historia es la pretenciosidad: esto es, que el narrador vaya de trascendente cuando, en realidad, maneja conceptos más que manidos que cuelan mediante artificios, ya sea de tono, de estilo, de estructura; intentos que no son más que, en el fondo, una mímesis de auténticas obras trascendentes pero donde sustituyen el contenido por un (hermoso a veces, eso sí) envoltorio.

Interstellar

Quizá si el hype alrededor de Interestellar no se hubiese extendido tanto quizá no estaría escribiendo esta entrada; eso sí, no me habría ahorrado el cabreo por gastarme casi 10 euros para soportar, en una sala abarrotada y separado de mis amigos del club de lectura, casi tres horas de filosofía tecno-new-age.

(Desde aquí mis disculpas a los espectadores que aguantaron mis resoplidos y facepalms a lo largo de la proyección. Lo siento, de verdad, no pude evitarlos.)

(Ah, aviso: no voy a tener miramientos con los espóilers. Total, para lo que vale la peli, hasta puede que os haga un favor.)

Al lío: el caso es que a Interestellar, quizá por el hambre de películas de gran presupuesto y sense of wonder a su altura, se la ha llegado a denominar la 2001 de nuestra generación. Una generación muy pobre, proclamo, si toman el nivel de Interestellar como referente artístico y filosófico de estos tiempos. ¿De dónde procede esta afirmación? Me temo que no ha surgido de forma espontánea, precisamente.

Efectivamente, Interestellar tiene claro paralelismos con la obra maestra de Kubrick: algunos más o menos evidentes, otros muy descarados; pero allí donde otros dicen homenaje, yo veo ese intento nada inocente de equiparación. Tomemos una catástrofe en la Tierra (la amenaza de la guerra nuclear total, vista de refilón en 2001; aquí, para hacernos los más interesantes y guays, una catástrofe ecológica creada de forma vaga por la mano del hombre), actualicemos la odisea interestelar con las especulaciones más actuales sobre exoplanetas y revistámosla de una épica que remita a nuestro siglo XXI (la necesidad de un nuevo hogar para la humanidad, porque lo hemos asolado con esa plaga incomprensible), intentemos superar y, al tiempo, hacer “comprensible” el viaje trascendental del protagonista (vale, no es necesario un chute de LSD, pero la resolución es, como poco, patillera; ya volveremos más adelante a este punto). Después tenemos otros parecidos que se quedan en lo estético, entre los que cabe destacar los robots, unos HAL dotados de movilidad pero que quedan en meros secundarios y no forman parte del discurso de la película, al contrario que en Kubrick.

Con estas similitudes la equiparación es inmediata, y ahí Nolan sitúa al espectador: estamos ante la epopeya del momento. Pero ¿y el discurso? El problema no es que el discurso sea inferior al de Kubrick, sino que es vacío, de postín, pero Nolan nos la ha querido vender. Y nos las da con queso. Porque si Kubrick nos ofrecía una visión poliédrica, cuya interpretración sigue llenando ríos de tinta por mucho que Arthur C. Clarke nos la quisiera esperar, Nolan habla, por enésima vez, de la lucha, de la solidaridad (entendida, sí, otra vez desde la cultura del american way of life) y (agarraos los dalloncis), la fuerza del amor como motor del universo. Oh. My. God!

Eh, ¿que no son temas no tan sólo muy respetables, sino centrales en muchas obras maestras? Sí, por supuesto. Pero requieren tratamientos sensibles e inteligentes, y no reduccionistas como en este caso. La clave está ahí, en la reducción a algo tan manido como el amor. Ese que, en dos momentos trascendentales del film, se utiliza para dar una explicación científica y racional para acudir al rescate de una de las primeras expediciones (a pesar de que se descarta por el sesgo de la protagonista, pero su mera aparición en la discusión es una toma de postura muy favorable por parte de la dirección) y para, aquí sí, ser la clave de la paradoja temporal que cierra la trama principal. El misterio del agujero de gusano, de sus creadores, de la puerta abierta a otros mundos, de la puesta en marcha de la misión y de la historia de fantasmas se reduce a la fuerza del amor entre el padre y la hija. ¿Qué reflexión se puede extraer y desarrollar de un tema tan local?

Ahora comparen ustedes con el misterio de la vida, con la incomprensión de otras civilizaciones (la previa al homo sapiens en comparación con la actual, con la cibernética y con cualquier otra que se nos mostraba como incomprensible para nuestro entendimiento), con la soledad, con la fatalidad, con la trascendencia… Y díganme que Interestellar se les acerca en algo.

En el aspecto técnico y narrativo la película también defrauda. Arranca con un macguffin (el dron indio) y un entorno familiar más local que universal. Los personajes son demasiado concretos para ser arquetipos pero tampoco lo suficientemente trabajados (por no decir que son planillos) como para arrebatar al espectador. Por otra parte, se producen demasiados encuentros casuales que ni el cierre de la paradoja temporal hace creíbles. Añadamos que el establecimiento de la relación entre los dos personajes y la TSNR (tensión sexual no resuelta) que se establece es, como poco, burda.

Sí, el prota y la hija del doctor se molan. Aunque al final no pase nada. Y sí, el negro es el que muere. En el fondo, todo son tópicos y de los malos.

Sí, la fotografía es bonita, pero en el fondo, ¿para qué sirve? ¿Hay alguna imagen que se acerque, en potencia, al hueso como primer instrumento de la humanidad? ¿A la elipsis temporal más grande de la historia del cine? ¿Al monolito como símbolo de lo desconocido? ¿A la puerta estelar…?

Sí, aquí llegamos al momento más vergonzoso: el de la caída dentro del agujero negro. Y no voy a entrar para nada en la inverosimilitud del asunto (el tío tendría que haber quedado reducido a quarks mucho antes ni siquiera de llegar al horizonte de sucesos): un teracubo que reproduce la habitación de la hija en diversos momentos del pasado (reciente en su caso, lejano en el de la niña). Otra vez la reducción de un elemento con un potencial inimaginable a una imagen más bien ramplona; la reducción de un tema larger than life a un recurso narrativo ramplón y sensiblón, de nivel de cuento de colegio, y que recurre de nuevo a la casualidad, al precisamente esto ocurre porque la peli empieza así.

Ya que cada obra es hija de su momento y su entorno, Interestellar parece ser reflejo de una época falta de originalidad y de innovación narrativa y visual. Por otra parte, tampoco se aleja mucho de ciertas coordenadas morales y culturales: ecos del arca de Noé, de la búsqueda de un ser superior (más cercano a la religión que los extraterrestres de Lem o Kubrick), la necesidad de tutela, de redención y de salvación…

En definitiva, mucho envoltorio para tan poca sustancia. Yo, de momento, aún sigo esperando el 2001 del siglo XXI.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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