Los mejores conciertos del 2013

Seguimos con el ritmo vertiginoso de producción de entradas para el blog, ¡wow! Lo siento, chicos y chicas: entre el trabajo, las reseñas, las colaboraciones con enecientos proyectos y tal tengo este pequeño espacio olvidado.

He de decir que, hablando de música (tema que aparece mucho en este vuestro blog), la colaboración con Crazyminds, aparte de conllevar nuevas amistades, se ha traducido en:

-Ampliar el abanico de artistas, géneros y estilos hasta llegar al nivel “no doy abasto”;

-Poder asistir a conciertos hasta llegar al nivel “conozco a los parroquianos y al Garantías”.

Cierto es que a veces voy a tiro hecho, y otras veces cubro conciertos que quedan sueltos con los que habitualmente no me atrevería. Casi siempre merecen mucho, mucho la pena. Muy al contrario, antes de detallar el top ten particular de directos del año pasado, dejaré un breve y amargo apunte sobre el concierto-hype del año pasado, Beach House, por el que pagué unos treintaypico eurazos y en el que me aburrí soberanamente. Aguanté hasta el final no sé por qué, pero acabé al fondo de la sala Apolo, bebiendo como si no hubiese mañana para ver si vislumbraba, ni que fuese entre los vapores etílicos,algún puñetero matiz a la voz de Victoria Legrand (que no) o algo de talento al teclado de Alex Scally (que tampoco; un maniquí habría sido más expresivo; o un sampler; bueno, de hecho diría que todo el concierto estaba sampleado).

Sí, en ocasiones peco de ñoño y panegírico. Pero creo que también sé reconocer un concierto de m…

Vamos p’allá, en el más puro estilo countdown. Al bollo.

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10. Veronica Falls. 31 de enero, sala BeCool

Veronica Falls tienen un talento para la melodía pop que cabalga entre la candidez y la precisión. Sin la tosquedad de The Pains of Being Pure at Heart ni la pulcritud aséptica de otros grupos de shoegazing, transmiten una autenticidad a poco que uno se pare a prestarles atención. Me encanta su frescura y su entrega.

Sí, reseñé el concierto y, con ciertas dificultades de comprensión (si el acento mancuniano ya es difícil, imaginad intentar entender la tenue voz de contralto de Roxanne Clifford en el entorno de una taberna ruidosa), también los entrevisté para Crazyminds. Sí, acepto las críticas: las preguntas no fueron nada originales.

9. Love is Back Festival. 14 de febrero, sala Apolo

Vale, estoy haciendo trampa: la novena plaza se la adjudico a todo un festival. Pero el ambiente especial contagió tanto a los artistas como al público, e hizo del acontecimiento algo que superaba el mero hecho musical. Pero el mero hecho musical en sí mismo ya fue impresionante. ¿Qué destacaría? Por encima de todo, Seward, que se marcaron una especie de epic americana que dejó al respetable boquiabierto. Aunque hace poco los vi compartiendo cartel con Za! en la sala Razzmatazz 2 y acabé hastiado del postureo del cantante. El dúo Za! / Mishima también fue impactante. Y el encanto de Louise… Bueno, Louise es todo un encanto, y aunque Hannibal sea un disco oscuro, es imposible salir de un concierto de Anímic sin querer abrazarla.

Ah, sí, también reseñé el concierto.

8. Lee Ranaldo and The Dust, festival Primavera Sound Touring Party. 16 de noviembre, sala Barts

El noise tiene una belleza agreste que no es nada amable. Tienes que dejar ciertos prejuicios (inevitables: son los mismos contra los que hay que combatir cuando te enfrentas por primera vez con el cubismo, por poner un ejemplo) e intentar, no buscar, sino dejarte llevar hasta el alma. Allí se ve el poso rhythm & blues y rock de grupos como Sonic Youth, a los que se le añade el espíritu experimental. ¿Árido? Sí, incluso arisco. Pero el concierto de Lee Ranaldo, aun a pesar de compartir esos parámetros (los pies bien anclados en las raíces, la cabeza bien amueblada a la hora de experimentar y de proponer pasajes sónicos), tenía un plus de visceralidad realmente emocionante. El concierto fue estimulante al máximo. Además, ver tocar a músicos tan virtuosos fue todo un lujo. Impresionante: ese es el mejor adjetivo para el concierto. Espero repetir el próximo PS14.

Ah, vaya, para este concierto también escribí una reseña. Toi fatá, ni me acordaba…

7. Anna Calvi, festival del Mil·leni. 10 de diciembre, La[2]

Igual de electrizante que el concierto de hace dos años en la KGB pero con el glamour disparado hasta las nubes. Electricidad, tensión, garra y seducción. Y no, no me refiero a la que podáis tener en la cabeza la mayor parte de vosotros, la carnal, no: Calvi toca la guitarra con tal desparpajo y talento que no puedes apartarte de su influjo ni media pulgada. Y canta como si su voz ilustrase la entrada convicción en la Wikipedia: ¡ah, las relaciones tortuosas, cuántas grandes melodías nos ha dejado!

En sus conciertos cuentan tanto o más los silencios como la voz potente y la música electrificada. Si alguna vez vais a verla, no os perdáis lo que es capaz de transmitir. Y si se os pone alguien a hablar al lado, ¡dadle un buen codazo en el bazo!

Y también reseñé este concierto, para variar.

6. Goran Bregović, festival Cruïlla. 6 de julio, Parc del Fòrum

Tienes que ver a Goran Bregović, me decían. Tú, además, que estás tan interesado en la cultura balcánica. Es un concierto imprescindible. Obligatorio. Es de lo mejorcito que hay. Vale, vale, pero yo soy más del palo Suede, de indie, de rock, no sé yo…

Paparruchas. El mejor concierto del Cruïlla, de lejos, y uno de los mejores del año. De aquellos que consiguen hacerte bailar aunque no hayas reconocido la canción. Canciones de bodas y funerales, melodías que, repito, aunque se escuchen por primera vez, dejan un recuerdo imborrable con la etiqueta de “clásico” grabada a fuego. Quizá porque sean sonidos más cercanos a la tierra, a unos ancestros comunes; de ahí esa visceralidad y autenticidad. Como sea, “Bella Ciao” y “Kalashnikov” me hicieron bailar y berrear como hacía años, ¡años!, que no hacía. Y ya es decir.

Ah, bueno, también hay crónica del Cruïlla.

5. Swans, Primavera Sound. 24 de mayo, Parc del Fòrum

Casi todo el mundo perdía el culo por ver a Blur que, oye, sí, crearon himnos muy de los noventa.

Pero nada que ver con lo que sale de la mente perturbada de Michael Gira.

Y tal era la angustia que transmitía su banda, Swans, que no aguanté hasta el final. Salí de allí en dirección a Titus Andronicus (que hicieron un concierto flojísimo) pero, sobre todo, en busca de aire.

Podréis pensar que la inclusión de un concierto en que lo pasé tan mal es mero postureo. Pero el recuerdo es tan intenso que relega a casi todos los demás.

Si intentase describirlo ahora destacaría la voz ardiente de Gira y el zambombazo tecnoindustrial de la banda que lo respaldaba. Y la falta de oxígeno. Imaginaos a Alien cantando Joy Division dentro de la Nostromo con la distorsión a tope. Pues más o menos.

4. Low, festival del Mil·leni. 13 de mayo, Casino de l’Aliança del Poblenou

De Low me enamoré en la visita que hicieron en la Apolo con C’mon. No podía dejar de verlos en un escenario tan bonito y con tan buena acústica como el Teatre del Casino de l’Aliança. Aparte, su último disco, The Invisible Way, cuenta con la voz de Mimi Parker en buena parte del repertorio; aunque su voz no sea tan torturada como la de Alan Sparhawk, es más versátil, cálida y cuenta con un timbre delicioso.

Como es habitual en ellos, nada más empezar consiguieron un silencio solemne entre el público. Revisitaron temas con más nervio, como Monkey y Canada, y bucearon en el reciente The Invisible Way, del que destaco So Blue y Just Make Me Stop. Soberbios, hondos y delicados, y directos a la fibra. ¿Qué más os podría contar? Ah, sí: otra reseña.

3. Deerhunter, Primavera Sound. 23, 25 y 26 de mayo, Parc del Fòrum y sala Apolo

Los vi el jueves, y su originalidad y desparpajo me encandilaron. Que vistiesen con trajes de mujer, una extravagancia como extravagante puede sonar su música, situada entre el alt rock de Dinosaur Jr y Pixies, pero con un gusto literario muy poco habitual.

Band of Horses se cayeron del cartel, y pude recomendar a la gente que no se los perdiesen. Y ahí mejoraron mucho un concierto que parecía insuperable.

Y el domingo pude entrar casi en el último suspiro en la fiesta de clausura, y allí fueron INCONMENSURABLES. Bailé, canté, berreé y me emocioné como pocas veces; después, siempre, me pregunto cuál es la cualidad de determinados artistas para conseguir influir en las emociones tan profusa y certeramente. Bradford Cox lo consigue con una facilidad… no diré que pasmosa, pues en las canciones aparecen bastantes de sus demonios. Pero me sigue maravillando la comunicación establecida con el público.

No, de este no hay reseña. Eso sí: ojo, que Deerhunter tuvieron que cancelar la gira europea de otoño, y quizá pasen por aquí este año.

2. Yo La Tengo, fetival del Mil·leni. 6 de marzo, L’Auditori, sala Pau Casals

Yo La Tengo son otros de esos grupos a los cuales les tengo reservado un lugar muy especial. Siempre remarco que lo que más valoro de cualquier artista es la honradez y la sinceridad, claves para poder crear ese poderoso vínculo entre el artista y el espectador a través de la música. La banda de Kaplan, Hubley y McNew se caracteriza por el eclecticismo, un virtuosismo despojado de postureo, un conocimiento casi enciclopédico de la música y su independencia de cualquier moda o movida. De ahí que ocupen un lugar tan destacado en el panorama musical, por inclasificables pero, como el demonio, por contener multitudes en su interior. Vamos, que una sola canción suya resume la discografía completa de un montón de hypes que se pavonean por ahí.

No digo todo esto por nada, por mucho que me enrolle como una persiana. El caso es que ya hace más de un año se pasearon con esa humildad tan característica por la sala noble del Auditori. Imaginaos el panorama: Unos tíos en la cincuentena, vestidos con camisas arrugadas y deportivas; un escenario despojado de toda parafernalia amén de un olmo de cartón y matojos artificiales; iluminación minimalista, precisa, de tonos celestes y terrenales; dos sets, uno más acústico y otro guitarrero. Ira, Georgia y James se arremangan y ¡hala!, a tocar.

Conseguí entrada a última hora y, ¡oh!, en primera fila. No es por dar envidia (bueno, sí, un poco), sino porque, sí, vale, defenderé que casi cualquier lugar de la sala Pau Casals es buena para disfrutar de la experiencia, pero me voy a contradecir: la experiencia fue mágica. Como si te dejasen pasar a su salón y te dejasen disfrutar de una velada inolvidable. Ese día la conexión tuvo la consistencia de, no sé, un cordón umbilical. Sin aspavientos, sin coreografía, sin nada más que talento y originalidad.

Y, bueno, sí, lo habéis adivinado, también hice una reseña. A estas alturas ya os habréis aburrido.

1. David Byrne y St. Vincent. 7 de septiembre, L’Auditori, sala Pau Casals

Aquí vuelvo a eso de que cualquier lugar de la sala Pau Casals es tan bueno… Aquí me tocó al fondo de la platea, y disfruté del mejor concierto del año. Eso sí, se hace difícil bailar el Road to Nowhere chocándote las rodillas contra el respaldo de la fila de delante y los codos con sendas señoras de ytantos años a ambos lados.

Pero fue el mejor concierto del año. Como dice una buena amiga mía, de esos que consiguen hacerte sentir más alegre, más luminoso y, en el fondo, mucha mejor persona.

Al lío. La extraña pareja formada por el ex Talking Heads y la texana con nickname onomástico presentaron un show integral, y así lo hizo saber Byrne a la audiencia momentos antes de salir: “No uséis los teléfonos, porque no se trata de un concierto. Es un espectáculo que combina música, teatro y baile en el que nos hemos esforzado en ofreceros lo mejor que tenemos. Merece ser vivido en directo, y no visto en diferido a través de la pantalla minúscula de un móvil”.

Extraña combinación también la de ambos artistas: la del escocés, que parte del soul y se ha pasado más de tres décadas investigando más profundamente en las raíces del hecho musical, y la de Annie Clark, cuya experimentación busca romper los corsés de la música mezclando con rabia elementos tecnológicos. Se trata en ambos casos de músicos inquietos, para nada vulgares, y que, curiosamente, se encuentran en un punto intermedio. Con una brass band. Una banda de viento que, además, colabora en el concepto con una performance milimétrica.

Es cierto, había mucho nostálgico de tiempos pasados que acogieron las canciones del Love This Giant y de St. Vincent con cierta indiferencia. Pero ninguna momento tuvo desperdicio: sólo hacía falta estar atento y despojarse de prejuicios.

Un concierto bello. Una delicia. Lo mejor del año, sin lugar a dudas. Ah, y su correspondiente reseña.

La verdad es que ha sido muy fácil escoger los cinco conciertos que más me han gustado; a partir de ahí, la cosa se hace un poco más complicada gracias a, o por culpa de, tantos buenos momentos musicales vividos este año pasado.

De entre ellos, no quisiera dejar de destacar el debut del espectáculo Cénit, de Standstill, en una sala Barts ligeramente anonadada: muy pocos habían podido escuchar el tremendo, aunque un pelín exagerado, Dentro de la luz.

!!!, otro grupo que me apasiona, que tras defraudar con su anterior disco y gira han sabido redefinirse con THR!!!ER y volver con ese acid-funk tan sudoroso. Un grupo en cuadro, Nic Offer con la voz cascadísima, pero un gran ejemplo de actitud.

Otro concierto que me dejó boquiabierto fue la performance en La Pedrera, dentro del ciclo DeProp de Manos de Topo, un grupo que significa mucho para el que esto escribe, y Bogaloo Films. Un espectáculo en el que las letras ya de por sí afiladas del grupo experimentaban una potenciación de su imaginario gracias a la perspectiva de su narrativa que ofrecía la proyección. Y, bueno, en ocasiones el experimento cruzó la fina línea entre la crudeza y la crueldad.

Y por último, un concierto que fue, me temo, el último que Juan el Torta dio en Barcelona antes de su muerte. El hecho de tener un ciclo de flamenco al lado de casa me permitió reconciliarme con mis raíces y, en este caso concreto, disfrutar además de un cantaor cuya voz desgarrada también está desprovista de postureos y afectaciones.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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