El invierno del Primavera #PS13 (y 3.ª parte)

Sábado, 25 de mayo

Insistí con las bermudas (al fin y al cabo, 45 minutos de bici desde casa hasta el Fòrum y vuelta se hacen más agradables con las piernas fresquitas) pero, ¡hey!, el sábado fui bien pertrechado. Como suele pasar en estos casos, el sol decidió entibiar un poco la temperatura y bien podría haber dejado la ropa de abrigo en el armario.

El tiempo le imprimió a la última jornada una agradable atmósfera relajada y festiva. Cuesta abajo tras una semana maratoniana y, hasta aquel momento, con muy buena impresión.

Adam Green y Binki Shapiro contribuyeron al ambiente distendido con un concierto buenrollista. Ya sabéis, música pop sin otra intención que sonar bien, sonar pop y ayudar a olvidar los malos momentos de la vida. Bajo el solecito, en el protodescampado de la Heineken, con una cerveza en la mano y arrullados por tan bonitas voces (la prístina de Shapiro, el rotundo barítono de Green), el dúo y la banda de acompañamiento desplegaron una dimensión atemporal: ecos de Cole Porter, Carpenters y new romantics en una celebración del arte de la canción. Y una fenomenal “Friends of Mine” con un Adam Green que bromeaba con el hecho de que, si Thomas Mars y Damon Albarn bajaban al público, él no iba a ser menos.

Pero como fuere que el pop amable del dúo tampoco iba a dejar una impronta indeleble, decidimos probar algo diferente, así que de vuelta al escenario Ray-Ban para bailar al afrobeat, o al jazz, o a lo que fuera que le diese por tocar a la Orchestre Poly Rhytmo de Cotonou. Los de Benín, a la vista de todos encantados de ver bailar a tanta gente joven (y alguno no tanto, ¡ejem!) tocando junto al mar dieron todo un recital y una demostración de que, cuando tocas sin prejuicios, no hay pie que se quede en reposo. Segundo concierto seguido con la sonrisa bien dibujada en el rostro, prácticamente imborrable a esas horas.

El Primavera Sound es un expositor inabarcable de artistas. El problema con los que no llenan (o los que la organización considera que no son susceptibles de llenar espacios como el Vice) es que quedan arrinconados. Como cualquiera que tocase en la carpa MySpace Smint. Y ese desabrido escenario, al inicio de la zona de la feria discográfica, plantificado al lado del techado birrioso del Fòrum, Josele Santiago hizo lo que pudo para mantener la atención de esa centena escasa de oyentes. Armado con guitarra acústica y verso afilado, su voz de cazalla imprimió en canciones diversas de esas estampas patéticas de la condición humana. De fondo se oía a Chucho; alrededor, el trajín de asistentes yendo y viniendo, el incordio de los curiosos fugaces, el olor de la planta depuradora del Besòs… Quizá un entorno paradigmático para un autor urbano, a quien de buen seguro su primo bloguero hubiese gustado de ver de nuevo.

Ya que al lado, en el escenario Primavera, tocaban Chucho, me acerqué a comprobar si estos contemporáneos de Los Enemigos resistían también el paso del tiempo. Fernando Alfaro, como Josele, es uno de esos letristas sagaces y afilados, con más querencia a la imagen surrealista. Pero Chucho es algo más seminal, de actitud más ruidosa y rabiosa, más de entrañas que de sutilezas intelectuales. Una actitud que, muchas veces, se echa de menos en propuestas más cercanas en el tiempo.

La gente andaba mohína porque Band of Horses no pudo desembarcar en Barcelona (bueno, de hecho, lo que no pudo fue despegar de Seattle a causa de los tornados que andaban triscando por el Medio Oeste esos días); ya que Deerhunter iba a participar en la fiesta de clausura del domingo, ¿por qué no hacer que repitiesen en el Fòrum, sustituyendo a los Horses, y así darles una oportunidad a los que decidieron perdérselos para ver a los sosainas de The Postal Service? Ese segundo concierto sirvió para reafirmar la impresión de que son mi nueva banda favorita, y para ellos, para poder resarcirse de aquella primera parte desigual que se marcaron el jueves. Caña no faltó, desde luego; posiblemente agradeciesen la oportunidad y se creciesen ante un público más numeroso y, por la reacción, también más receptivo. De los mejores conciertos de la jornada…

… hasta que, al lado, los Thee Oh Sees desatasen la furia de los elementos del garage noise acelerado, sincopado y urgente de John Dwyer y los suyos. Dos baterías, el grupo congregado en círculo en el centro del escenario en clara actitud de recuperación de las jams, tan habituales en géneros tan distantes como el jazz, y sitúan en primer plano el nervio y el temple del rock. Todo por la música, y la música como revitalizante del alma, que es tanto como decir alimento para cuerpos agotados. Otro concierto hecho para descargar adrenalina en danzas catárticas y pogos multitudinarios. Lástima que no estuviésemos tan cerca como para meternos en el pogo. Aunque Dwyer amenazó un par de veces con suspender la actuación si el público de las primeras filas no cesaban en la más bien fea actitud de lanzar al suelo a los crowdsurfers que daban rienda suelta a su devoción surfeando las olas de brazos alzados.

Por otra parte, de los Thee Oh Sees me fascina esa capacidad para vertebrar canciones con un nivel de decibelios tan alto o más como gran parte de los grupos de garage de la actualidad sin que las canciones suenen a mero batiburrillo de ruido. Es más, son de los pocos que suenan imaginativos y únicos; en ocasiones, diría que hasta irónicos, pues, aparte de la actitud, no cuentan con ningún otro elemento que los diferencie: no en instrumentos, ni en formación, ni en parafernalia. En definitiva: si alguna vez tenéis la oportunidad de acercaros a uno de sus conciertos, no dejéis pasar la ocasión. Tan saludable como hacer la maratón, y mucho más divertido.

Tras la descarga eléctrica de los californianos, y ya que había visto un par de años atrás a Nick Cave con su otra formación, Grinderman, me encaminé a ver en el Ray-Ban a los glasvegianos Camera Obscura. Pop de cámara tan, pero taaan bonito. “Lloyd, I’m Ready to Be Heartbroken”, “French Navy” y “Razzle Dazzle Rose” son de esas canciones por las que el pop se inventó, historias con control modular de los sentimientos. Una gozada que, aun a pesar del entorno festivalero, casi casi lo pude disfrutar como en un Casino de l’Aliança.

Después del victorioso paso por el Primavera Club, el concierto en el escenario Primavera de Los Planetas, interpretando en riguroso orden Una semana en el motor de un autobús fue decepcionante. No por la música (nos hallamos ante la rendición a un disco clave no tan sólo del indie en España, sino de una de esas obras generacionales que calan hondo al hurgar en esos lugares oscuros que todos tenemos y que preferimos negar; aquí, el término catarsis no elude el dolor, sino que lo afronta a pecho descubierto, con la cruda sinceridad de, por ejemplo, “Segundo premio”), ni por la falta de talento, sino por la desgana con la que el grupo, y sobre todo J, encaró el desafío. Aun así, “Segundo premio”, “Ciencia ficción” y “Parte de lo que me debes”, como toda gran obra, siguen tan vigentes hoy como hace veinte años. Tomad las letras (mejor impresas, eso sí), leedlas y dejad que vuestros recuerdos jueguen su parte. Y que levante la mano a quien no le haya pasado nada que no las evoque.

Y aun la desgana, a pesar de J sin sacarse las manos de los bolsillos, Floren sigue siendo ese guitarrista soberbio capaz de dibujar densos tapices con sus manos; y el final lisérgico de “La copa de Europa” será difícil de borrar de los cimientos del Fòrum.

Cuatro años después de haber sido empujado dos metros por la onda expansiva del primer rasgueo de guitarra de “Only Shallow”, la versión de My Bloody Valentine que vimos a partir de las 2:25h en el escenario Heineken sonó un poco descafeinada. La mezcla de sonido ahogó completamente las voces de Kevin Shields y Bilinda Butcher; los que estuvimos en el 2009 sabemos que, debajo de los decibelios infernales, esas voces estaban allí, embebidas e imposibles de decantar de la marea sónica, pero estaban. Sin ellas, las joyas del Loveless y del último mbv quedaban descoloridas. Y lo que tenía que ser una experiencia impactante se quedó en un concerto interruptus bastante frustrante.

Ya a esa hora tontorrona, más cerca del amanecer que del pasado anochecer, Hot Chip invadieron el escenario Primavera con una bonita panoplia de rayos láser y juegos de luces. Vale, detrás estaban uno de los validos de la factoría DFA; pero Hot Chip no son LCD Soundsystem, y su idea de concierto nocturno estaba en esa tierra de nadie en las que ellos no supieron salir sin enfangarse, entre la electrónica más exquisita y la tierra de baile. Naufragaron, demasiado solemnes para resultar divertidos, y demasiado superficiales como para tomárselos en serio. Y como quiera que andaba cansado y me quedaba aún el camino de vuelta, ni corto ni perezoso tomé la bici de vuelta a casa, contento en general por haber apostado de nuevo por el festival.

Domingo, 26 de mayo

Final de fiesta al lado de casa. Empecé en la sala Barts con un set acústico de Antonio Luque, aka Sr. Chinarro, bastante afectado por la traca del festival. Muy poco comunicativo (raro en él; eché mucho de menos su ingenio afilado entre canción y canción) y comedido en la parte vocal, ni un mal concierto es capaz de desgraciar piezas como “Una llamada a la acción” o ese inconmensurable “Babieca”. Fan total, lo confieso.

Tras unas tapas por el barrio, no me imaginé que un postfestival fuese a estar TAN LLENO. Con paciencia y un buen rato de cola pudimos entrar cuando Merchadise estaban ya finiquitando su actuación. Poco puedo opinar de ellos, salvo que tenían un rock muy serio con olor de ochentero. Claro, después leí por ahí que parecía como si hubiesen invitado a los Simple Minds y me alegré mucho #corazoncitofan

Pero el broche de oro, platino y diamantes lo puso Deerhunter. Sí, el tercer concierto consecutivo, pero en sala cerrada (y abarrotada) gana enteros, racionales e imaginarios. Bradford Cox, lo digo desde aquí, es un puto genio. Que, analizados los resultados de los tres conciertos, necesita de la retroalimentación del público para reafirmarse, abrirse y compartir su talento. Centrado de nuevo en el reciente Monomania, canciones que cabeceaba en el Fòrum se convirtieron aquí en himnos cantados, bailados y sudados hasta la extenuación. Como en este trozo:

Y ya, con el abono del 2014 en el bolsillo, ahora sólo queda esperar a que revelen ni que sea un poco el cartel del año que viene. Ganas hay.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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