El invierno del Primavera #PS13 (2.ª parte)

Viernes, 24 de mayo

No podía ser que, en apenas un día, fuese a hacer mucho más fría que la templada noche anterior, así que, sí, por si acaso llevaba una sudadera bien abrigada, pero no iba a dejar de ir en bermudas.

Antes incluso de que se pusiese el sol, ya rogaba por que Titus Andronicus me hiciese quitar el frío a base de pogos.

Pero a las seis y media de la tarde, bajo el solecito que brillaba sobre el mar y sobre el escenario Ray-Ban, al calor del rock’n’roll y rockabilly de Nick Waterhouse, aún tenía esperanzas de que ese levante tan frío no fuese tan condenadamente frío cuando se fuese la luz.

Lo de Waterhouse fue un concierto amable para la gente que nos gusta el rock desde sus orígenes. El problema con los crooners, por muy rockeros que sean, es que diferenciarse, no digamos innovar, requiere un talento a prueba de relojes y una cierta habilidad para encontrar ese elemento que aporte sabor y color a un género con sus raíces en una década pretérita. Y Nick Waterhouse lo intenta desde la frescura y el denuedo. Y casi lo consigue. Pero si al principio los pies se iban solos y las caderas cimbreaban, cuando el setlist llegaba a sus últimos compases la cosa ya aburría un pelín.

Primera visita del día al escenario Primavera para ver el debut por estos lares de los birminghamenses Peace. Lo que decíamos de Nick Waterhouse lo aplicamos a este joven grupo. De cara, con descaro (que parece lo mismo, pero no), con ganas, desparpajo y sin complejos: ¿quién pensaba que la psicodelia había muerto con la primavera del amor? Pues aquí los tenéis: Peace.

Bueno, leo en allmusic.com que no, que lo suyo es indie rock. Pues parece psicodelia con cierto toque a The Drums (“Lovesick” es un calc… homenaje al “Let’s Go Surfing”).

Los de la psicodelia, según la misma fuente, son los escoceses Django Django. Vaya, pues aquí la psicodelia vira hacia la electrónica en su vertiente experimental. Folktrónica, leo que lo llaman. Bueno, vale. Y el escenario Heineken, para semejante experimento, se me antojó frío y desconcertante. Repetitivo hasta la obsesión, con la voz de Vinny Neff desconectado de las bases, se me antojaba un esfuerzo excesivo el tener que conectar en mi mente los outputs que iba soltando la banda, flecos sueltos de un tapiz que, quizá en otro escenario, hubiese podido solucionar. Y es ciertamente una pena, porque su disco debut homónimo es una obra ciertamente estimulante.

Tras una breve pausa para comer, tomamos posiciones para ver a las hermanas Deal (por cierto, falca publicitaria al canto: pasad por esta bonita lista homenaje a la ya exmiembro de Pixies) interpretar, de pe a pa, por riguroso orden (y con su pausa para el cambio de la cara A a la B) la pieza maestra de The Breeders, Last Splash. Sí, “Cannonball” fue la segunda canción que ejecutaron, pero The Breeders son más que esa diabólica insinuación de intro auuua, auuua. Sin embargo, todo el talento lo “desperdiciaron” en la grabación y en sus devaneos por el estrellato; por desgracia, The Breeders son aburridas sobre el escenario. Más estáticos que un portero de futbolín y tan emocionantes como la audición de Navidad de cualquier escuela de música de nuestros hijos. Sólo la importancia del disco y la herencia de Kim Deal (y, bueno, que la chica tiene el mismo aspecto y la misma expresión risueña de mi hermana) al acervo del indie me mantuvieron en el escenario Primavera hasta el final de la actuación, si bien puteado hasta el infinito por las condiciones climatológicas y el omnipresente hedor del tabaco.

En cuanto las Deal se despidieron (eso sí, con una de las versiones más personales del “Happiness is a Warm Gun”; ya por eso mereció la pena aguantar hasta el final) salí disparado hacia el escenario Pitchfork (había dicho ya que era un escenario maldito) para disfrutar del indie delicado de los californianos Local Natives. Y donde, en el disco, es una voz sugerente y sensual, bajo el levante racheado y el aborregamiento hipster en la pista las sutilezas se iban a paseo y el delicado fresco quedaba cual Ecce Hommo patrio. Mal, muy mal; en estas condiciones no había forma de disfrutar nada.

Así que, masticando la frustración, volví a encaminar los pasos a la otra punta del recinto, al Heineken, para disfrutar de parte del concierto de The Jesus & Mary Chain, sin grandes expectativas por mi parte. Y, ¡hey!, se marcaron una lección de sobriedad y presencia de la que tomar nota para nuevas generaciones. E igual era cosa de la orientación, o del sonido del Heineken (que aplastaba al vecino escenario ATP, eso sí), pero “Just Like Honey” aguantó el vendaval cual Coloso de Rodas psychoindie.

Bajo la luna llena, el dubstep dolorosamente melancólico de James Blake era casi lacerante. Delicado, hermoso y, a la vez, contundente en su definición, cualquiera es capaz de comprender que merezca, por prestigio, encabezar cartel y que lo programen en el escenario Primavera. Por otra parte, ese es, precisamente, el escenario que no debería ocupar; pues, a pesar de la aparente fortaleza de las bases y los bajos, Blake funciona mucho mejor en riguroso y respetuoso silencio, cosa que, a esas horas, en un festival, es más difícil que un político inteligente. Y, por otra parte, a pesar del esfuerzo, reconozco que no, que la electrónica más pura, más allá de propuestas más orientadas al rock como LCD Soundsystem, Hot Chip o Chemical Brothers, no es lo mío. Lástima, lo he intentado, pero no.

James Blake

Así que, mientras todo el mundo empezaba a emigrar para el indiscutible cabeza de cartel del Primavera Sound, con calma fui a buscar sitio al escenario Ray-Ban para la ordalía más-allá-de-la-depresión de Swans. Y valga R’hllor que lo de Michael Gira es de verdad para quedarse boquiabierto. Decir crudo es poco: zarpazos eléctricos que caían como sal en la herida, arrollador, imparable, implacable; tal como si Lars von Trier hubiese hecho del dogma post-rock. Una experiencia tan avasalladora que los pocos que aguantamos hasta casi el final… pues eso, casi hasta el final. Agradecí que el frío me devolviese a la vida.

De nuevo al escenario maldito. Y maldita fue la actuación de los tabernarios Titus Andronicus. De acuerdo, la banda es el proyecto del guitarrista, cantante y compositor Patrick Stickles, pero tanta ida y venida en la formación quizá ha tenido algo que ver con el hecho de que, en apenas tres años, ese grupo que a las siete de la tarde te montaba un pogo de órdago y le hacía un merecido crowdsurfing a Stickles, guitarra en ristre y todo, pase a hacer un concierto falto de ritmo y, vamos a decirlo claramente, aburrido. Patrick, tío, tú antes molabas. Empezó con el himno “A More Perfect Union” y, habida cuenta que el reciente Local Business carece de hits tan reconocibles, la cosa ya pintaba mal. Y como al bueno de Stickles, incontinente verbal como sabe todo aquel que siga su cuenta en Twitter, le dio por hacerse el gracioso y soltar interminables parrafadas en un castellano macarrónico (la peor, cuando empezó a meterse con Pitchfork por valorar Local Business por debajo de The Monitor; de vergüenza ajena), el ritmo de la actuación se coló por el sumidero.

De verdad, Patrick, te lo digo de todo corazón: Tú. Antes. Molabas. Y me debes otro pogo como el del 2010.

Aun así, animado por el punk-rock de los Andronicus, atraía la apuesta rockera del escenario de al lado, el Vice. No sé de dónde saqué la idea de que merecía la pena: quizá por su conexión con J. Mascis, de Dinosaur Jr., quizá por algún blog que glosaba su lo-fi garage. Pero no tan sólo en baja fidelidad se basa la autenticidad, y lo que se veía sobre las tablas se acercaba más a la patochada retrorockera que a algo que mereciese la pena. Y es una pena, porque su referencia discográfica en Spotify merece mucho la pena. ¿Se trata de dos proyectos diferentes? Quién sabe.

Así que, ni corto ni perezoso, de vuelta a casa (que aún quedaba un buen trecho) para recargar baterías de cara al día siguiente.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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