Bruce Springsteen, Estadi Olímpic Lluís Companys, 18 de mayo del 2012

Primera imagen: un Boss jadeante, que canta las primeras estrofas de Born to Run nivelando todas las notas a un mismo tono, hasta que en la tercera estrofa vuelve a tirar de pulmones, recupera la melodía vocal y, en vez de 62 que ya empieza a aparentar físicamente (se ve que el diablo se ha repensado el pacto que había acordado con él hasta hace nada), arranca la canción con un ímpetu propio de la veintena.

Cuando ya llevaba tres horas de concierto.

Segunda imagen: de acuerdo, el concierto empezó una hora tarde. Pero los operarios (¿municipales?) son inmisericordes (¿o las ordenanzas lo son?, ¿o el consistorio y sus cabezahuecas?), y antes de acabar “Badlands” encienden las luces del estadio. Se ha acabado el tiempo, se ha acabado el alquiler; y qué mejor modo de hacérselo saber que incomodar al público robándole la complicidad de la penumbra de la noche de Montjuïc.

Cinco canciones bajo el blanco halógeno. No se iba a arredrar con el público cautivo y la leyenda/historia de amor entre Bruce Springsteen y la Ciutat Comtal. Era evidente que iba a cumplir con las tres horas de concierto. Y al público se la sudaba que las luces revelasen nuestras caras. El que escribe, cuanto lo menos, saltó, cantó y lloró como si no hubiese mañana.

Y es que el de New Jersey hace música popular, sí, pero demasiadas veces (por culpa de la perversión de la música popular) se la desprecia como si fuese de alguna manera “inferior”: superficial, insustancial, excesivamente gratificante o edulcorada. Springsteen demuestra que no tiene por qué ser así, que esa es una monserga creada por reacción a la comercialidad huera, y tanta culpa tienen los productores de hits revestidos de autenticidad (no me hagáis sacar a relucir nombres) como los snobs conneiseurs (ídem).

Porque sí, la entrada cuesta un pastón. Y porque alrededor del Boss hay una adoración y una liturgia, íntima y comunal, que vista con frialdad puede parecer hasta ridícula. Pero no se paga con imposturas ni fuegos de artificio: sobre el escenario no hay parafernalia ni coreografía, sólo unos músicos con talento, tesón y convicción. Ver a Bruce Springsteen es escuchar a un amigo que te abre el corazón y te habla con pasión. Pocos elogios a un concierto pueden superar eso.

Pero no todo puede ser halagos. Springsteen posee un talento natural para la comunicación musical. Desde el éxito de Born to Run se ha preocupado por la honradez en la composición, hecho que sublimó, a mi entender, en Tunnel of Love, disco en el que la separación de su primera mujer y las dudas sobre la personalidad se destilan en todas las canciones; un disco donde, con inusitada crudeza en esto del rock, se muestra crítico consigo mismo. Pero, desde entonces, y con algunas excepciones, la originalidad y la chispa de sus composiciones ha dejado que desear. Es como si hubiese puesto el piloto automático. O como si se hubiese enredado en una maraña estilística en la que se ha extraviado el amigo sincero, y lo ocupa otro más reflexivo pero mucho menos espontáneo.  Y eso se notó en aquellas canciones menos irish folk del Wrecking Ball que interpretó el pasado viernes. Hasta el punto de que, durante “Jack of All Trades”, los baños vivieron un pico de ocupación, que se quedó en cero cuando, tras esta canción, prosiguió con su repertorio más…

¿… clásico? Bueno, ¿alguien considera esa joya titulada “Trapped”, publicada en el recopilatorio USA for Africa como un clásico? Este fue uno de los guiños para los hard-die fans, que eran muchos (y talluditos); y, aun así, “Trapped” fue mucho más celebrada que las novedades.

Y es que la primera parte basculó entre el rescate a joyas poco obvias de su colección (y como que no le sobran, al muy joío): “Night”, de Born to Run, y “The Ties that Bind”, de The River, no pueden ser más significativas del reconocimiento al público fiel. Un arranque que presagiaba una noche de esas míticas, aunque quedaba la duda de si, con sólo tres cuartos del aforo, no iba a quedar deslucido. “We Take Care of Our Own” cayó entre “The Ties that Bind” y “Two Hearts”, y quedó… va, venga, quedó bien. “Wrecking Ball” sonó… bueno, vale, bien también. “Death to my Hometown” ya enfrió los ánimos, en mal momento, pues a esta la sucedía la canción más intimista del setlist: “My City of Ruins”. Momento frenazo, aun siendo una de las más bonitas del The Rising.

Después llegaron las peticiones del público. Sí, señoras y señores: uno de los carteles que recogió del público pedía “The E Street Shuffle”. ¿Que no tenía huevos de tocarla? Anda que no.

“Jack of All Trades”: el momento que escogió todo el mundo para vaciar la vejiga de la cerveza con la que aguantamos la espera previa. Para que esto sea todo lo reseñable de la canción…

… para seguir con “Trapped”. Madremíadelamorhermoso, ¡”Trapped”! Momento piel de gallina, seguido por otro de esos himnos que caen de tarde en tarde, el oropel de “Downbound Train”. Hermosa, melancólica, épica…

… y, entonces, a traición, atacó con la más emotiva de todas: “Because the Night”.

No more comments.

Enseguida volvió el Springsteen pasional y visceral. A partir de “Working on a Highway” que volvió a poner al personal a bailar; idas y venidas desde el Born in the U.S.A. al Darkness on the Edge of Town, con las obligatorias (y celebradísimas) paradas en “Badlands” y “Born to Run”. Vimos a un tío juguetón que disfruta con el contacto con el público (menos cuando lo arrastran a hacer crowdsurfing y le arrancan un botón del chaleco; aun así, recuperada la verticalidad, no pudo menos que reírse… tras quitársele la cara de susto). Como el día anterior, volvió a sacar un par de críos al escenario: uno, para cantar el estribillo de “Waitin’ on a Sunny Day”; otra, para bailar in the dark ya en la recta final de…

… una maratón de tres horas. Tres horas. Cuando hay grupos de post-adolescentes que no aguantan ni cincuenta minutos.

Volvemos a lo que decía al principio: alrededor de un concierto de Bruce Springsteen circulan un par de fuerzas: una, centrífuga (que, como sabemos, no es más que la componente tangencial de la centrípeta, la que atrae al centro), forjada alrededor del culto a uno de los rockeros de mayor éxito de la historia, y que por ello atrae las sospechas de comercialidad, para nada aliviadas con la aparatosidad de los precios de las entradas; otra, expansiva, la fuerza vital de un joven encerrado en un (envidiablemente sano) cuerpo de sesenta y tantos años que parece no querer parar quieto ni un rato más.

Sus conciertos no dejan de ser la promesa del elixir de la eterna juventud… del corazón, no de la superficialidad.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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