U2. From the Sky Down. O cómo avanzar a golpe de ruptura.

Si no lo sabéis, lo confesaré ya en la primera línea. Me gustan U2. Bastante. Cuando era adolescente y acababa de salir el The Joshua Tree me “convertí” a su “religión”; fue el primer grupo del que me hice medianamente coleccionista: conseguí todos los vinilos anteriores, me hice con unos cuantos singles del Rattle and Hum y The Joshua Tree, seguía su día a día a través de revistas y fanzines, hasta que en 1989 caí rendido al sonido más íntimo (que después me di cuenta que no) del Street Fighting Years de sus coetáneos, amigos y caídos en desgracia (por su propio peso, ojo) Simple Minds.

Aun denostado, el Street Fighting Years tenía mucho de instrospección por parte del letrista, Jim Kerr, y en él se pueden encontrar algunos versos desgarradoramente sinceros, una rareza viniendo de alguien que le gusta colorear la letra con términos tan pomposos como color, luz, corazón, luz, corazón, brillo, luz, alma, luz así, como a cascoporro. Volviendo al disco, mi cambio de camiseta, Simple Minds por U2, vino, visto en retrospectiva, porque, en comparación con la senda que habían emprendido los irlandeses desde el The Unforgettable Fire, Rattle and Hum pecaba de grandilocuencia, de inmovilismo. El talento musical se les había encarcarado.

Como fan no lo reconocía. Pero los bajé un peldaño en el escalafón de gustos musicales. Simple Minds aguantaron más, pero porque, en aquella época que conseguir un disco costaba sus buenas 1.500 pesetas y uno estaba como las putas en Cuaresma, y no tenía amigos tan melómanos ni Spotify a tiro, chicos, era lo que era.

La cosa cambiaría de nuevo en 1991. Simple Minds pierden a su mejor compositor, el teclista Michael McNeill, y los U2 asombran a propios y extraños con una amalgama sonora impensable para una banda que, con el proyecto Rattle and Hum, sonaban más americanos que Elvis, Creedence Clearwater Revival y Bob Dylan juntos.

Había habido una ruptura. Clara y evidente.

U2. From the Sky Down narra el proceso que los condujo al callejón sin salida del Rattle and Hum, las tensiones que el vapuleo de la crítica y, por ende, la introspección a la que se sometieron como grupo para intentar ver dónde se habían equivocado. Un trance que los bloqueó creativamente durante unos dos años y que amenazó la continuidad de la banda.

Es, por tanto, también la narración de una pérdida de rumbo, artística y vital (redundante: una cosa está indisolublemente unida a la otra) y el doloroso, a la par que necesario, cambio de rumbo para no darse de bruces contra el muro. Qué simbólico que, en ese proceso, se encerrasen en los estudios Hansa de Berlín en la época en la que se derribó el Muro.

El resultado no pudo ser artísticamente más satisfactorio. Aunque Bono os dé grima, aunque U2 sean ahora unos dinosaurios, Achtung Baby es una obra maestra, y punto. Lo mejor que habían hecho hasta entonces, y lo mejor que han hecho nunca. Sonoramente tampoco es que fuese rupturista: el sonido Manchester estaba en su apogeo, si no empezando a declinar; el noise-rock eclosionó antes y la new wave of the new wave estaba madurando. Supieron incorporar el krautrock, la electrónica y el ambient a su innato talento musical. Pero no sólo eso: Rompieron con su imagen pseudomesiánica, abrazaron la tradición de las nuevas catedrales (los clubs) e hicieron de su mayor defecto, el estatus de rockstar, máscara y fachada para reírse de sí mismos.

Pero las tensiones y la introspección se materializaron en canciones amargas, bajo el envoltorio trance. Canciones sobre rupturas, sobre incomunicación, sobre soledad; canciones que se han hecho intemporales gracias a su contenido, por mucho que el sonido sea muy deudor de un momento determinado de la historia del rock.

Y este es el tema principal alrededor del cual se desarrolla el documental: una retrospectiva del doloroso proceso de creación de Achtung Baby mediante entrevistas a los miembros del grupo y a sus colaboradores más fieles, bajando el nivel de autocomplaciencia habitual de Bono y los suyos a una sinceridad amarga, tamizada también por el paso del tiempo.

Sí, el cierre del documental no puede evitar momentos de complacencia, de “qué buenos amigos que somos, y fíjate qué guay suena el ‘Even Better Than The Real Thing’ hoy en directo”. Pero el nudo de la narración vuelve a demostrar, una vez más, que el conflicto es el motor de las buenas obras; y que, en el caso del Achtung Baby, U2 supieron romper con todo: su sonido anquilosado, su encorsetamiento narrativo, su imagen épica y, sobre todo, se desgarraron y volcaron su contenido en el disco. Empezaron la casa por el techo, pero no hay mejor forma de evolucionar que arriesgarse a descalabrarse. A ellos le salió bien. Hoy, ya no.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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