Imágenes fascinantes

Coincidió el sábado pasado que leí esta entrada del Aburreovejas y, por la noche, vi el reportaje de Informe Semanal sobre la gira de The Wall, de Roger Waters (obra más suya que de Pink Floyd porque, con todos los fantasmas que vertió en Waters en ella, cualquier otra contribución que no fuera la suya queda eclipsada, por muy bien que tocase David Gilmour). Y aunque Waters explicitaba los conflictos que lo condujeron a escribir su ópera rock, cualquier explicación, en realidad, palidece ante las imágenes, entendidas como conceptos amalgamados en un bloque de información.

Ya, me explico como el culo. Quiero decir que con imágenes no me refiero a la película de Alan Parker, al menos no exclusivamente, ni a las proyecciones durante el show, sino a los iconos que álbum y película manejan y, sobre todo, al elemento central, la imagen que aglutina los miedos del joven Roger Waters.

El muro.

Mucho podían extenderse tanto el músico como el entrevistador, pero la imagen del muro alzándose, y después cayendo en una de las redenciones más escalofriantes (por íntima) que se recuerden, volvió a quedarse prendida en la retina. Y en las entrañas.

Después me entró la envidia, claro: la del eterno aprendiz que, como no practica, ve muy lejos el poder crear algún día una obra con un significado y redondearla con un icono que le imprima fuerza. No es necesario amontonar mensajes, pues acaban desluciendo una obra al mero panfletarismo si no se tiene cuidado; un tema, un concepto, un significado, un icono: no hace falta más para crear algo grande.

Todo esto viene a cuento de que este fin de semana he tenido la ocasión de repasar otro clásico icónico: 2001, una odisea espacial, para el club de lectura (del que debo unas cuantas entradas en el otro blog). Aún más que en el caso de The Wall, 2001 depende de la imagen, ¡y vaya imagen!, más que de las palabras. Aquí dos de los iconos paradigmáticos del siglo xx, cortesía de Stanley Kubrick.

¡Qué imágenes! The First Step of Evolution. El monolito que une la Tierra con el Sol y el Universo. El primer atisbo de inteligencia. El primer instrumento: un garrote de hueso, que le da al hombre prehistórico la oportunidad de desarrollar la destreza, la primera muestra de tecnología, que le ayuda a sobrevivir… y a matar. ¡Cuánto más elegante esta escena que no la parrafada de Clarke en la novela! Bueno, no le quitemos mérito al escritor, que la criatura también es suya.

No puedo dejar de notar esta otra imagen: el enlace entre nosotros y nuestros ancestros.

Y así fue también como “Así habló Zaratustra” y “El Danubio azul” reentraron en nuestra vidas, se asociaron con unas imágenes y nunca jamás volveremos a concebirlas por separado.

Así que el mes que viene tendremos un interesante debate sobre el libro (y la película: va a ser inevitable), y trataremos algunos de los temas que se señalan en el dosier de lectura que preparé este fin de semana, y los que surjan espontáneamente; entre otros: la evolución, la violencia, la inteligencia, cómo pueden ser otras inteligencias, la inteligencia artificial, la creación de la sociedad, la destrucción…

Pero siempre recordaremos las imágenes que acabamos de ver. El mono golpeando el esqueleto con la primera herramienta/arma, y el salto al espacio. Un insuperable ejercicio de talento sintético e imaginativo. No hace falta más. (Esos dos vídeos ya nos darán para llenar dos horas, o más, de charla.)

Ayer, por otra parte, el libro que debatimos fue El misterioso caso del doctor Jekyll y mister Hyde. Otro icono un poco más clásico: el del hombre escindido, escrito veinte años antes de que alguien oyese hablar de Sigmund Freud. Durante la sesión, salió a relucir otro icono del terror y de la protociencia ficción: el monstruo de Frankenstein. Dos iconos que han poblado nuestras pesadillas y las de la Hammer. Estos, como los dos iconos con los que he abierto la entrada, nos abren todo un abanico de lecturas a partir de unos elementos bien claros y definidos. Que ahora nos parecen bien claros y definidos; casi se diría que obvios.

¿Obvios? Si fuesen tan obvios, estaríamos creando uno cada semana. ¿Se ha agotado la imaginación, o ya hemos llenado el panteón?

Preguntémonos: ¿Qué iconos hemos visto nacer últimamente? ¿Perdurarán? ¿Aún tiene cabida cuando, según la poética vigente en la actualidad, el número de arquetipos es, al fin y al cabo, limitado? Y, como señalaba Carles, uno de los asistentes a la sesión de ayer del club de lectura, todos ellos ya hicieron su aparición en las tragedias griegas. Y si se escapó alguno, Shakespeare le daría caza, con muy pocas excepciones.

Mi respuesta sería que sí: los arquetipos no dejan de ser herramientas para nuevos iconos: fijaos en Indiana Jones, Luke Skywalker y Desmond Hume (oh, vaya, acabo de dar una respuesta a la pregunta del párrafo anterior. Nota mental: no improvisar entradas), y encontraréis resonancias desde la Odisea hasta Los siete magníficos. Saber crearlo requiere, sin lugar a dudas, talento (lo siento, Clarke, te voy a tomar como ejemplo de nuevo: ¿alguien recordaría el mono o el monolito de no ser por la película? Muchos sí que se acordarán de Rama, por eso). Pero también oportunidad. O quizá la oportunidad la generen las circunstancias. Qué duda cabe que la educación represiva, la crisis de 1973 y el conservadurismo de la época de Margaret Thatcher abonaron el camino para que Roger Waters acumulase neurosis y las vomitase justo en el momento adecuado, en un mundo de neuróticos en plena construcción de muros, interiores y exteriores.

Talento. Oportunidad. Reconocimiento (de nada va a servir un icono si nadie lo conoce). Capacidad de análisis y de síntesis (bueno, eso va incluido en el talento, de hecho). Estas podrían ser algunas de las claves.

Ah, y trabajo.

Retomemos el hilo: ¿a qué viene tanta paja mental sobre iconos? Primero: pura envidia. De Waters, de Kubrick, de Stephenson, de Shelley, de Philip K. Dick y de tantos otros. Segundo: el asombro. Sigo quedándome maravillado, asombrado, cada vez que revisito una de esas obras con icono, ya sea escuchando el “Another Brick in the Wall“, ya sea una noche en la que ponga el DVD de 2001 en el lector. O ya sea en una de las muchas lecturas que visito o revisito. Esas imágenes me absorben.

Tercero: la cantidad de iconos que he podido disfrutar (o sufrir, si duele) durante mi vida. No son pocos. No tan sólo en el cine o en la televisión sino, sobre todo, en la literatura.

Por cierto, que soy un lector omnívoro, pero sobre todo devoro ciencia ficción. Quizá hoy no leemos más obras icónicas porque, en conjunto, hoy somos más cínicos que ayer; o simplemente porque no buscamos en el estante adecuado. ¿Es problema del género fantástico, del talento que a él llega, de la situación actual que busca la evasión para no acabar de suicidarse?

Las pregunta clave para tener una pista sería: ¿cuántos, y cuáles, son los últimos iconos que te han impactado?

Según las respuestas (si hay), el tiempo (que no hay) y la falta de pereza (que hay, y mucha), daría para un artículo tan interesante…

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

Un comentario en “Imágenes fascinantes”

  1. Si encima te cuento que fui al concierto con gente de mi edad, 36 años, y que Waters escribió esta (su) obra maestra con 36 años, te cortas las venas. Nosotros no lo hicimos porque después del comentario comenzaron a surgir todos los motivos por los que merece la pena vivir… como disfrutar de nuevos iconos. Sean modernos o antiguos, es otro asunto.

    Ponerme a pensar en cuáles son los últimos que me han impactado, quizás me suponga un esfuerzo demasiado grande para los que estoy acostumbrado a hacer, pero… Hace unos días he terminado de jugar a “Alan Wake”, un juego para la 360 que no deja de ser un pastiche escrito por un lector de Stephen King y Peter Straub protagonizada por un escritor con bloqueo intelectual. El icono es una oscuridad que aparece cuando el conjunto de todos sus miedos, frustraciones, miserias… se unen a una presencia que habita en el pueblo al que va con su mujer. A pesar de todos los tópicos en los que cae, anda que no se le sacan partido a dicho icono durante el juego.

    Aunque también te digo que iconos, lo que se dice iconos, me cuestra encontrarlos en nada que se haya escrito en los últimos años. Supongo que o me he hecho viejo o no ha pasado el tiempo suficiente como para que hayan madurado para pasar a formar parte a nuestro inconsciente colectivo.

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