Nuevo ensayo sobre la ceguera

Una de entre las múltiples actividades con las que me lío habitualmente, y de la que actualmente estoy haciendo una pausa para café y entrada de cuaderno de bitácora, es un curso online (eufemismo para unos manuales en pdf redactados por los mismos monos mecanógrafos de La historia interminable) de fotografía creativa. Ahora mismo en mi cabeza se mezclano en plan maëlstrom los conceptos de índice de exposición, velocidad de obturación, amplitud de campo… Sin embargo, una vez se dominan estos conceptos, el abanico de posibilidades expresivas a la hora de hacer una foto (algo que, en apariencia y con una compacta en la mano parece tan sencillo) es apabullante.

Qué os voy a explicar: seguro que muchos de vosotros conocéis este campo mucho mejor que yo. En estos momentos es tan sólo otro ámbito más apenas hollado por este eterno aprendiz de todo y maestro de nada.

Pero hay un par de cosas que me han quedado meridianamente claras. Primera: según el objetivo que tengas, algo que suele depender del dinero del que puedas disponer, tienes a tu alcance posibilidades que con una cámara compacta no puedes ni atreverte a pensar. Segunda: por mucho dinero que te gastes, si no tienes una mirada educada, talento artístico, imaginación visual o espacial, tus fotos serán planas, insulsas, faltas de contenido.

Claro que, si uno sólo se ha educado viendo los álbums de fotos de las vacaciones, igual esas fotos ya te parecen un sucedáneo más que adecuado de la vida. A menos que su padre sea Anton Corbijn (y entonces tus álbumes de vacaciones contarán con banda sonora de U2 y Joy Division. Guau).

Pero ¿cuál es el sentido de esta metáfora forzada? Pues no deja de ser una excusa patética para dejar constancia de las horas de aburrimiento sufridas ante un manual poco menos que inteligible, y que además me da pie para introducir una idea que últimamente me ronda la cabeza y a la que necesito dar salida. La forma más rápida sería, qué duda cabe, Twitter o Facebook, pero por su naturaleza esos medios sólo sirven para poco más que desfogarse, o como anuncio para enlaces donde se pueda elaborar con un poco más de holgura (me refiero, claro está, a otras páginas y a otros autores que sean capaces de elaborarla). Por otra parte, como buen eterno aprendiz de todo y maestro de nada, cualquier cosa que escriba aquí entra, además, a formar parte de ese mismo concepto, y que no es otro que el de la fiabilidad de la información. Porque voy a mencionar un par de ejemplos, un contraejemplo y ya está. Maestros tiene la Iglesia, y vosotros tenéis Internet para contrastar lo que quiero exponer.

En primera planaComo muchos otros lectores, pues, delego el suministro de una información fiable a ciertos proveedores, de los cuales en principio me fío. Llamémoslos periódicos, por decir algo. También podríamos hablar de emisoras de radio, de televisión, medios alternativos en Internet… Pero quizá la prensa escrita sea el ejemplo paradigmático de medio de comunicación: permanente (ya sea en papel o en web), archivable (las hemerotecas tienen un recorrido más largo y tangible que los servicios de podcast, videocast o archivos visuales), fácilmente consultables, y con alguna característica más que los expertos sabrán glosar.

Un primer elemento de duda ya surge al hacer, como consumidor de información, una selección de medios al que consultar, como hacen muchos: me siento más cómodo acudiendo a medios como El Periódico, El País, Ara o La Vanguardia, que al Avui (en su extremismo leo más convicción que argumentación) o a la caverna mediática (llena de silogismos que ya parten de proposiciones cuanto menos dudosas). Pero ¿quién me asegura que esa elección no se debe más a una sensación de comodidad ideológica que a fiabilidad de la información? Yo siempre afirmaré lo segundo; por eso, Público me parece en ocasiones ciertamente sonrojante, con ejemplos diarios de artículos muy escorados, a pesar de que algunos colaboradores de la sección Ciencias son de lo mejorcito del país.

Pero supongamos que el filtro aplicado se adecúa a lo que pido: a la fiabilidad. Al fin y al cabo, si algo puedo asegurar es que mi formación me ha orientado hacia el pensamiento analítico. La falacia me exaspera. Lo mío son los datos y la relación entre ellos para obtener la información.

Sin embargo, en este puente de la Constitución de tanto sobresalto, me sorprende la unanimidad con que todas las cabeceras, todas, desde las más cavernarias a las más progres, califican la huelga salvaje de los controladores aéreos y aplauden el estado de alarma. No me extrañaría en los editoriales, pero cuando, para encontrar un análisis del conflicto que atienda a las reclamaciones del colectivo tengo que acudir a blogueros o tuiteros, a mí se me encendieron las alarmas. Tanta unanimidad es, por tradición al comparar medios y por abanico mediático/empresarial/ideológico, altamente improbable.

No, este post, os aviso desde ya, no va sobre la legitimidad de la protesta, la pertinencia del momento, el elitismo del colectivo ni nada por el estilo. Va del hecho de que mis proveedores de información me suministran una información sospechosamente consensuada, y que durante un fin de semana de locura no encuentro en sus páginas (en papel y en web) los argumentos de los controladores… sin que se le añada la opinión del informador. Y siempre con la misma tendencia. ¿El informador no tenía que ser neutral? ¿Pues a santo de qué la presentadora del informativo de CNN+ califica de “sorprendentes” las declaraciones del representante de los controladores antes de dar entrada a unos breves 10 segundos de vídeo?

Después uno tropieza con crónicas como esta, del redactor jefe de Nacional de El País, en la que se encuentran:

  • Un relato con estados de ánimo de los protagonistas (el presidente del gobierno, los ministros de Fomento, Interior y Defensa, del Estado Mayor, etc.) que se hace difícil creer que hayan sido presenciados por el periodista, o para el caso contrastados; es más propio de una narración escrita por un narrador omnisciente (que en el MundoReal™ va a ser que no es posible);
  • Posicionamiento en contra del colectivo de los controladores aéreos (“un colectivo de apenas 2.400 personas muy bien pagadas”, ¿datos?; “demandas desbocadas”, ¿cuáles?, porque aquí, por ejemplo, no se dice eso); si fuera mal pensado, diría que es un burdo intento de predisponer al lector (que, ya de por sí, estará predispuesto, comprensiblemente, por el caos que se vivió) en contra de los controladores;
  • Suposiciones (“Pero los controladores, concentrados en un hotel cercano a Barajas, no pudieron o no quisieron sujetar a sus bases”). ¿El periodismo no va de hechos, y contrastados?
  • Frases sonrojantes: “Estaban malos para controlar aviones pero no para ir de asamblea”. En la barra de un bar me parece aceptable, pero ¿en una crónica periodística?
  • De nuevo, falta de contraste: “[AENA y el Ministerio de fomento] No daba[n] crédito al órdago”. Con el historial de protestas, y aprobando un decreto que, según los controladores, atentaba contra sus derechos, se hace difícil creer que no se lo imaginaban. Se diría que toma partido por una de las partes y no pone bajo la lupa del análisis la actuación del Gobierno cuando cabría, por lo menos, por lo menos, preguntarse si no hubo algún error en dicha actuación.
  • Un retrato de Rubalcaba si no hagiográfico, claramente elogioso.
  • Y, para rematar: “Cambiaron de cara y de actitud cuando leyeron el real decreto de militarización y los artículos de la ley orgánica del Código Penal Militar (13/1985 de 9 de diciembre) que prevé la incautación de bienes para el pago de posibles indemnizaciones”. ¿Estuvo el periodista allí? Vuelta al primer punto: ¿qué fiabilidad le podemos otorgar a una narración trufada de valoraciones sobre expresiones faciales, estados de ánimo, intenciones…?

Este artículo, bajo mis estándares, queda automáticamente desacréditado como información veraz y fiable. ¿Con qué criterio? El mío, el que, espero, sea analítico. ¿Y con qué autoridad? Pues con la que me da ser lector, caramba. Somos los destinatarios de la información: exijamos calidad.

Claro que podría dejar de leer las crónicas de Javier Casqueiro si no me convence su estilo, sus razonamientos o la tendencia que le sospecho, pero aun así seguir consultando el periódico en el que publica. Si sólo fuera eso. Porque lo que acabo de comentar dos párrafos más arriba no deja de ser un ejemplo extraído de la prensa de este fin de semana. Pero voy a hacer como él y aseguraros que ya hace tiempo que, acuda al periódico al que acuda, este tipo de artículos son habituales: presunciones, suposiciones, falta de contraste. No, no pienso ponerme a escarbar en las hemerotecas: es una afirmación sin contrastar, pero que podéis contrastar vosotros mismos. O rebatirme (con lo que, por otra parte, me devolvéis la confianza en la prensa escrita. Y en la radiada y televisada). Bastante tiempo me ha llevado redactar este tostón.

Pero las implicaciones de esta praxis son las que me inquietan: ¿me puedo fiar de mis proveedores de información? ¿Su ojo está avezado a la hora de mostrame las fotografías más relevantes de la realidad? ¿O me están limitando a pálidos álbumes, planos, sosos, aburridos y consensuados, de maravillosas vacaciones en Marina d’Or?

¿Cómo puedo estar seguro, en definitiva, de la visión del mundo que tengo a través de mis proveedores de información?

Y, la más inquietante: ¿en qué medida la información ha podido deformar mi visión de la realidad con fotos “trucadas” (falaces pero convincentes)?

Me vuelvo a mis manuales de fotografía…

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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