Otro comentario innecesario sobre Inception, también conocida como Origen

Innecesario, dado el ruido que en la Red (y en los medios tradicionales también) ha generado el último trabajo de Christopher Nolan. Así que, ¿para qué otro más?

Pues porque me apetece, por qué si no. Porque ya está bien de hacer el vago con el blog; y porque hacía tiempo que una película de ciencia ficción no me sorprendía positivamente.

Advierto desde ya mismo: no me andaré con cuidado a la hora de vigilar si revelo o no aspectos fundamentales de la trama, dado que me centraré en comentar diversos aspectos formales de la película que, de una forma u otra, me han llamado la atención. En ocasiones, tendré que referirme a la situación de los personajes en el punto de la trama en cuestión, y no me pienso andar con remilgos al respecto. Así que, si aún no la has visto y eres de los que montan un cirio cuando se cuela un espólier en la conversación, no le des al siguiente enlace o atente a las consecuencias.

Tengo que empezar reconociendo que la película, en su conjunto, me gustó. Nada más, y sobre todo nada menos, cosa que, en los tiempos de falta clamorosa de originalidad que corren, ya es todo un hito. Y durante dos horas y cuarto. Por tanto, en cuanto al objetivo de entretener, le doy un notable alto.

Aun así, tampoco es que la película sea un prodigio de la originalidad ni, desde luego, sea una obra cumbre del género. El mundo onírico (o sus aledaños) ya ha sido tratado con anterioridad, si bien con resultados dispares: desde Eraserhead y Brazil, pasando por Cronenberg hasta los finales de Dallas y Los Serrano (juas, juas). Llevarlo al terreno del thriller y de la ciencia ficción, de una forma literal (es decir, sin los “sueños inducidos” en un mundo falaz como el de Matrix), implica tener que esmerarse en una trama con un mínimo de consistencia (paradójico, sí) para que no dé la sensación de que estamos ante un panteón de deus ex machinas.

Y digo esto, porque si bien es cierto que la trama arranca dotando a la premisa del espionaje onírico unas reglas determinadas, en no pocas ocasiones sobreviene una nueva regla (el caso más flagrante, de los que recuerdo, fue el de las consecuencias que les acarrearía a los personajes “morir” en un sueño creado por el protagonista) o se constata una incongruencia (como el efecto de la gravedad del primer sueño sobre el segundo que no ocurren en el tercero, y si esto te parece demasiado críptico, cuando veas la película lo entenderás). ¿Molestan? No mucho, dado el tempo de la película, que crece hasta alcanzar un ritmo rápido que obliga al espectador a obviar estos detalles para no enredarse con el hilo argumental. Pero no dejan de apestar a eso, a deus ex machina.

Porque, efectivamente, a medida que avanza, la complejidad del argumento aumenta considerablemente; otro aspecto a aplaudir: ya está bien que, de vez en cuando, no se le dé al público todo masticado. Romperse la cabeza también es entretenimiento.

Por otra parte, el aspecto visual es impresionante; los efectos, impactantes; las imágenes de mundos espléndidos, desquiciados, surrealistas, monumentales o inquietantes es, a falta de un adjetivo más adecuado, lujuriosas.

Que es la forma eufemística de decir que, en su mayor parte, sobraban. La ausencia de panorámicas, ciudades que se doblan en sí misma para ilustrar las capacidades de la arquitecta de sueños, o el minuto largo de un París que va reventando escaparate a escaparate, no añadían nada a la historia, sólo a la estética. Y si esa estética “roba”, por decir algo, sus buenos 20 minutos a una trama complicada, ¿no se va a resentir algo?

Pues sí: la caracterización de los personajes, por ejemplo. Sabemos que Cobb, por ejemplo, está superatormentadísimo por la pérdida de su esposa, que hasta lo persigue y todo por los sueños que induce en otros y le desbarata los planes, de tanto que lo odia/le pesa la culpa. Vale; pero ¿qué conflicto experimentan el resto de los personajes? ¿Qué objetivos persigue Arthur? ¿Cuántas correrías han tenido Arthur y Cobb juntos? ¿Que pulsiones impulsan a Earnes y Yusuf? Y, exactamente, ¿qué relación hay entre Seito y Fischer?

Sin respuesta a estas preguntas, es lógico que se pierda el interés ante lo que les ocurra y la película se tenga que sustentar en la acción, por mucho empeño que le ponga Leonardo DiCaprio en demostrar que su tormento es realmente terrible (aunque DiCaprio ya ha demostrado holgadamente que sirve tanto para un roto como para un descosido). La pérdida de interés en Inception no llega a ser tan insultante como Matrix porque, ya de buen principio, el espectador “firma” el contrato: sabe que va a ver un thriller con buenas dosis de acción, cosa que en la peli del Carapiedra Reeves irrumpió tras desvelar el misterio (que tan bien le sentaba) para acabar siendo una peli con ensalada de tiros y seudoarte marcial, y la intriga a tomar viento.

Por tanto, con personajes sin conflictos que destacar, y con el del protagonista repetido ad náuseam (¿alguien se tomó la molestia de contar cuántas veces aparecían los niños sin mostrar sus rostros?), es inevitable desconectar de ellos y distanciarse de la película, por lo menos a nivel emocional. Lo que me lleva a pensar que, por muchas alabanzas que reciba Nolan, es incapaz de crear personajes interesantes. Memento era un prodigio del montaje, que tampoco se sustentaba (ni lo necesitaba) en la recreación de unos personajes empáticos; pero, a falta de ver El caballero oscuro, ¡caramba!, los personajes de Batman Begins llegaron a importarme poco más o menos una mierda.

Con todo, repito, la película es entretenida. No es insultante, y las incongruencias argumentales quedan momentáneamente disculpadas por un ritmo sostenido y en crescendo. La fotografía bonita, vale; y con algún golpe de efecto tremendo (el tren que irrumpe en plena avenida novayorquesa; creo que me costó volver al asiento una vez bajé del techo).

Y, al contrario que su predecesora (imposible no recurrir a ella cuando hablamos de sueños y ciencia ficción) Matrix, aunque a lo largo de la película no se incida especialmente en la calidad ilusoria de la realidad, ese final abierto es, con mucho, lo mejor. Un regalo del director al espectador, que gratifica la razón y que ofrece una pista inmejorable para destacar las virtudes de un autor alambicado y más bien tirando a frío.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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