Crónicas marcianas

¿Qué diríais si os diese a leer un libro que habla de un tiempo futuro ya pasado (una novela escrita hace varias décadas y ambientada entre 1999 y 2029)? ¿Y si, además, habla de un Marte apenas diferente a la Tierra, donde los humanos viajan en cohetes (sí, cohetes, de esos plateados que aterrizan de pie, y que incluso una familia puede alquilar y pilotar), y los marcianos (sí, sí: marcianos) son un poco más bajos, tienen ojos dorados, piel bronceada, beben aire y utilizan los sueños como medio para comunicarse (o no)?

Ya. La suspensión de la incredulidad se va de paseo. Y el sentido de la maravilla lo tendría muy crudo para sostener ella solita la narración.

Y sin embargo…

Sin embargo, Ray Bradbury escribió este fix-up con semejantes cimientos; unos elementos de la narración que, ya en el año 1949, debían de parecer un pelín, un pelín inverosímiles. Aun así, después de tantos años como lector (pero teniendo en cuenta, ¡ay!, cuántos libros excepcionales me quedan por leer…), con cada relectura sigue manteníéndose en ese puesto.

El de mi libro favorito.

El secreto, que no es tal, parte precisamente de esa sensación de irrealidad con la que ya se abre el libro, y que marca el tono a seguir: Bradbury no pretende narrarnos una aventura espacial; una epopeya épica, aunque haya algo de ello en la historia de la colonización de Marte, ni una especulación sobre otra civilización: Crónicas marcianas es, sobre todo, un viaje interior. Como tal, se abre con un cohete que, con la ignición, trae un verano brusco y fugaz al invierno en Ohio. Sin épica, sin entornos futuristas, sin alharacas: un cohete, un paisaje, un estado de ánimo. Una de las mejores declaraciones de intenciones.

En este viaje interior que nos propone, los marcianos servirán, en ocasiones, como el contrapunto inocente de una humanidad claramente aquejada por una compulsión autodestructiva. Más adelante, se convertirán en unas víctimas que luchan por sobrevivir aprovechando las debilidades humanas, para sucumbir por un hombre que es incapaz de tener algo bello sin destruirlo.

Pero si el afán destructor de la humanidad es el eje que vertebra el libro (pues casi todos los personajes, por una razón u otra, huyen de él; digamos que es el motor de casi toda acción) los verdaderos temas de Crónicas marcianas los portan estos en sus mochilas: la soledad, la incomprensión, los sueños rotos, la imaginación adocenada, el adocenamiento social, la esperanza. Sí, porque los dos últimos cuentos, quizá los más conmovedores del género, acaban con una chispa de esperanza que dota al libro de un mínimo tono optimista para no hacerlo desesperadamente pesimista. Y, a su vez, ofrece una cierta redención a la naturaleza cruel y autodestructiva del hombre.

En resumidas cuentas, Crónicas marcianas podría catalogarse como una fábula de ciencia ficción, un libro de cuentos para niños adultos, o para adultos que mantienen el sentido de la maravilla de los niños. Un libro para dejarse seducir. Un libro maravilloso.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

6 comentarios en “Crónicas marcianas”

  1. Ui, n'hi han tants, de clàssics (a mi no em vibra el cap quan pronuncio la paraula…) que, ni que ens posèssim tota la vida, em temo… I no crec que ens vulguin donar una excedència (remunerada) de por vida 😥

  2. Je. Supongo que para algunos será mala ciencia ficción, por lo de la parte especulativa y tal.Una de las tres o cuatro novelas más grandes del género, sin duda.

  3. Después de leer tu artículo me han entrado unas ganas increíbles de leerlas. Te agradezco que hables y opines sobre libros de ciencia ficción, de los que no he leído gran cosa, pero que me han atrapado y trasladado a otros mundos como no lo hacen otros géneros. Sin menospreciar otro tipo de novelas, claro.

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