Casos particulares I: el idioma

Pues nada, como si no tuviese suficientes cosas que hacer, pues inicio una nueva serie de entradas en este vuestro cuaderno de bitácoras. Una serie sobre vivencias particulares que no dejan de ser eso, particulares, cuya intención es, en la medida de esta mirada particular, romper con generalismos, por desgracia demasiado habituales, que distorsionan, desde la ignorancia, el aforismo descerebrado, el partidismo y la tendenciosidad (todos pecados comunes, muy comunes, del que no nos salvamos) una realidad mucho más rica, diversa y, por desgracia, empañada por lo anterior.

Vivo en Cerdanyola del Vallès, como ya sabréis. Mis padres nacieron en Sevilla y, allá por los años sesenta, vinieron a Cataluña en busca de una vida mejor. Soy catalán, castellanoparlante por mi educación familiar, y casi casi bilingüe tanto por la educación recibida como por el entorno en el que vivo. Atesoro como oro en paño la capacidad de expresarme en ambas lenguas, aunque por escrito no domino el catalán como me gustaría, como lo hago en el castellano con un cierto… estilo. Pesado, recargado, reiterativo, pero un estilo 🙂

Por fortuna, tengo un círculo de amigos apreciable (tanto en el sentido cuantitativo como en el cualitativo). Tan diverso es que ahora mismo no sabría deciros el portentaje castellanoparlantes/catalanoparlantes que hay en él. Y en ningún caso son grupos segregados: lo habitual es que, en cualquier quedada, estén mezclados. Matrimonios incluidos. También cuento con amigos holandeses, con los que hablo en castellano o inglés, indistintamente; un amigo irlandés, una italiana (también en inglés), y seguro que me dejo a alguien es este mundo tan cosmopolita y políglota.

Comunicarme con todos ellos, independientemente del idioma, es todo un placer. El placer de la amistad.

Mi vivencia particular:
Mi familia, por sus raíces, es castellanoparlante. Nuria es castellanoparlante, con ascendentes catalanoparlantes (abuelo materno lleidatà, abuela materna de la Franja de Ponent; abuelo paterno leonés, abuela paterna –que cuenta con 107 años y medio, y con un estado de salud diría que mejor que el mío– valenciana). Algunos de sus tíos hablan catalán, otros castellano, y uno francés.

Con Nuria acostumbro a hablar en castellano. A veces hablamos en catalán, sin patrón alguno. Las palabras cariñosas acostumbramos a decírnoslas en catalán. No sé por qué: supongo que por su sonoridad. A mí, t’estimo suena menos impostado que te quiero, pero vamos, como el verde me gusta más que el azul y no dejan de ser ambos colores.

Tengo amigos castellanoparlantes con los que hablo en castellano. Ningún problema.

Tengo amigos catalanoparlantes con los que hablo en catalán. Ningún problema.

Tengo amigos catalanoparlantes a los que conocí hablando en castellano, y nos cuesta a ambos cambiar al catalán. También me ha pasado con amigos castellanoparlantes a los que conocí en catalán. Cuesta un poco menos, pero nos encontramos más cómodos en catalán. Cosas de la inercia, en ambos casos.

Lo más divertido es cuando estamos en pandilla: si hablo mirando a un catalanoparlante, empiezo hablando en catalán, pero si me giro y la siguiente persona es castellanoparlante, en mitad de la frase ya he cambiado de idioma; si sigo girando la cabeza, pues el idioma en que prosigo la charla dependerá de la otra persona. Si hablo mucho rato (cosa que no suele pasar más que en este cuaderno de bitácora) puede que ya empiece a cambiar al tuntún.

¿Qué es más destacable que me ha ocurrido con el uso del catalán y del castellano? Unas risas que no veas.

¿He tenido alguna vez algún problema? Pues…, la verdad es que no.

¿Me han pedido alguna vez que cambie de un idioma a otro? Pues la verdad… No. Incluso sé de una amiga que se harta de pedirme que le hablemos en catalán, aunque sea madrileña, para poder adaptarse, y se queja de que somos una panda de tolerantes y que así no aprenderá nunca el catalán si no es yendo a clases particulares. Puede 🙂

Al fin y al cabo, a mí, duro de oído que soy, cuando le digo a alguien que me interpela que por favor me repita lo que ha dicho, indefectiblemente me lo repite en castellano, aunque haya empezado en catalán y yo le haya pedido, también en catalán, que me lo repita. Y después no hay quien le haga cambiar al catalán.

Estas son las anécdotas más destacables en un entorno con dos idiomas para comunicarse. Absoluta normalidad.

Así que nadie venga a decirme a mí, a mí, que están vulnerando mis derechos. Ya me valgo yo para defenderme si alguien lo hiciese. Que no es mi caso.

Otra cosa es, después, cómo unas vivencias privadas (como es el uso privado de la lengua propia, y el uso social de las lenguas oficiales) se usan como arma arrojadiza por los partidos políticos, y por plataformas no políticas, pero casi, para obtener rendimientos electorales. Porque no veo a ninguna, absolutamente ninguna de las fuerzas políticas, que defienda cualquiera de las posturas por el interés común, la verdad.

Álex dixit 😉

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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