La vanidad no conoce pasado (1)

El domingo, durante la Festa Major de Cerdanyola, me crucé con Inga a la salida del 1916. Hacía casi veinte años que no sabía nada de ella. Volverla a ver me hizo mucha ilusión.
Inga, como podéis imaginar, es un nombre figurado. Entre tooodo lo que hablamos (con casi la misma familiaridad con que lo hicimos la última vez, hecho que me ilusionó cuando, habitualmente, los amigos de antaño esquivan la mirada o fingen no reconocerse) estaban Álex, su carrera, su matrimonio, sus proyectos y, entre ellos, mi colaboración en su blog. Ella se reconocerá inmediatamente; pero no es cuestión de desvelar su identidad en relación a algunos de los hechos sentimientos que compartimos entonces y que, en mi caso, parecen extender sus sombras hasta la actualidad.
Hace un poco más de diecinueve años, Inga y yo coincidimos en pupitres contiguos en COU. Nada en ella la hacía destacar a primera vista por encima de las demás: de mi misma mediana altura, espalda ancha, caderas anchas, para nada exuberante, pelo castaño rizado, ojos marrones moteados de verde pálido. Acostumbraba a vestir con ropa de deporte o de mercadillo, y sólo se acicalaba para las fiestas o la discoteca.
Álex me advirtió sobre los enamoramientos paulatinos: no hacía mucho que le había pasado con una compañera de clase, y vimos cómo se desvivía por una relación imposible en el plano real (ella contaba con un novio que, por lo que supimos, funcionaba a rachas) y maravillosa en su mundo ideal. Había un problema añadido: por aquel entonces, Álex se empeñaba en no probar alcohol, cosa que hacía imposible hacerle olvidar a la chica mediante una terapia de shock etílico. Y lo probamos con ahínco, pero no hubo forma humana.
Poco más adelante, comprobaría que esa terapia no hubiese sido suficiente.
A pesar de que nos conocímos ya en 1.º, Inga y yo habíamos compartido poca cosa más aparte de algunos apuntes, unas cuantas tardes alrededor de una mesa en El Quijote con amigos comunes y unos cuantos partidos de básquet en el mismo equipo durante las clases de educación física.
Y ese último año de instituto compartimos todo el curso, al observar la curiosa costumbre de sentarnos en el mismo pupitre del primer día de clase. Una coincidencia fortuita, dado que a los mejores amigos de ambos los habían asignado a las aulas contiguas.
Fue curioso cómo se giraron las tornas. Álex se ríe todavía: esa enfermedad coronaria que lo afectó cerca de dos años a mí me rebrota tras veinte.
De vuelta al 2008, en el 1916 reviví sensaciones que me devolvieron al 1991: sus ojos levemente caídos, chispeantes a pesar de su apariencia melancólica; su voz seductoramente rasposa; su forma de ladear la cabeza y, desde una posición inferior, dispara la mirada directamente al fondo de mis ojos. Si me hubiese visto Marga, a pesar de habernos separado, se habría puesto inmediatamente celosa.
Como se puso Váleri, con quien había estado tonteando aquel verano del 1990. Aquel fue el primer síntoma, mucho más traumático que con el que estuvo mortificándonos Álex, inocente hasta el hartazgo en cuestiones amorosas, hasta que entramos en la Universidad. Yo, que vivía con cierta despreocupación y alegría (al fin y al cabo, romper no era más que una asignatura obligatoria, y no excesivamente complicada, en la carrera de la vida), estaba a punto de ver cómo mis esquemas se resquebrajaban.
Váleri cuadraba más con el patrón de chica con el que me gustaba salir durante la adolescencia: atractiva, divertida, atrevida, nocturna, sensual… y, como todas las anteriores, extrañamente dependiente y posesiva. Era inquita, pero no compartía mi gusto por la lectura. Sí por la música, y en ese terreno envidiaba a Inga, que había conseguido algún bolo en el grupo de su novio. Ah, sí: como la muchacha que tuvo encandilado a Álex (a la que llamaremos por el momento Marga), Inga tenía novio: un universitario, virtuoso de la guitarra eléctrica y que, según decía, tenía contactos “importantes”.
Todos los factores se combinaron y reaccionaron un 23 de abril, día de Sant Jordi. Casi lo recuerdo como si fuese ayer…

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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