Buffy, la que madura

Buffy, la adorable vecina adolescente...

Buffy Summers es una estudiante más bien mediocre que cursa secundaria en el instituto de Sunnydale. Sin embargo, ella resulta ser la cazavampiros, la elegida, que por la noche saldrá a cazar los vampiros que infestan la ciudad californiana, construida sobre la Boca del Infierno. En compañía de sus amigos, se empleará a fondo en su lucha por salvar a los humanos de los bebedores de sangre. Uno de sus amigos resulta ser un vampiro condenado a sufrir, pues una maldición le devolvió su alma humana para que sintiese los remordimientos por su larga lista de asesinatos.

Dicho así, y a tenor del aspecto del envoltorio (actores jóvenes -y no tan jóvenes también- con un innegable atractivo físico) uno llega a pensar que Buffy, cazavampiros no es más que otra más de esa larga serie de series (perdón por el chiste fácil) sobre estudiantes que se juntan (porque decir que se enamoran sería faltar a la verdad), se pelean (aquí sí que sí), van a fiestas y se gradúan, pero esta vez añadiendo elementos fantásticos y patadas de tae-kwon-do para hacerla más espectacular y entretenida.

Nada más lejos de la realidad.

Xander, Giles, Buffy y Willow

Si alguien quiere leer un poco más a fondo sobre Buffy, por favor, id aquí. Porque esto no deja de ser un esbozo de mis impresiones, mediada ya la tercera temporada, al ver la serie: una metáfora sobre los ritos de madurez, el complicado tránsito de la infancia a la edad adulta, a la asunción de responsabilidades, simbolizado externamente por la figura del monstruo; el monstruo presente en nuestra infancia y contra el que luchamos, y acabamos abandonando, una vez realizado el tránsito.

Pero Buffy no es tan sólo eso: sería una burda simplificación de ese tránsito. Sus personajes también luchan contra los fantasmas interiores, hecho que queda bien claro en el arco de transformación de cada uno y los conflictos que surgen entre ellos. En ocasiones, su personalidad se desdobla en otro personaje (la Willow vampiro, la Buffy cínica) en el que se reflejan la persona en que se podrían convertir si toman la decisión que desecharon por la ya tomada; otras veces, son los claroscuros, esas facetas escondidas que surgen en momentos claves (ahí estaría en Xander traidor que incita a matar a Ángel).

Buffy también se aleja de la simplicidad a la hora de abordar mitos y leyendas. Ángel sería el ejemplo más claro: el vampiro bueno, el asesino arrepentido que sufre la redención; que, según las circunstancias, podría convertirse en la peor máquina de matar. Pero no tan sólo el asesino nato de la literatura puede ser la peor pesadilla del hombre, sino el propio hombre: desde Buffy, que lucha con un instinto que tiene un punto de animal (y cuyo contrapunto sería la pasional Faith), hasta Xander, movido por unas pasiones que todos, más o menos, hemos sentido.

El amor imposible une y separa a Buffy y Ángel
En las tres temporadas que llevo vistas, los argumentos de algunos capítulos no dejan de ser previsibles; en otros, lo reconozco, Joss Whedon y su equipo de guionistas han sabido sorprenderme. Pero el punto fuerte es el de las relaciones urdidas entre los personajes, y que reflejan, sin escatimar el tener que recurrir a la crudeza y al gancho directo, el camino tortuoso que es la adolescencia: la asunción (o el rechazo) de las responsabilidades, el miedo a un futuro incierto, la pugna por entender (o huir, o ambas cosas a la vez) a los padres, el despertar del sexo (que no llega, desde luego, a los dieciocho, sino bastante antes), el amor, el despecho, el desamor, el miedo a ser diferente, a no encajar…

Buffy jamás habría funcionado con otra edad. Impensable en la infancia, cuando los monstruos te dominan, ni en la vida adulta, cuando, en principio (¡en principio!) han sido derrotados. Por eso no pasó de la séptima temporada. No tenía sentido.

Y, además, también hay lucha, acción, humor (mucho y muy socarrón) y chicas y chicos guapos. Para qué pedir más.

Tanto tiempo sin prestarle atención, y me doy de bruces con una de las mejores series de todos los tiempos. Qué malos que son los prejuicios.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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