Marte, la Luna, la ignorancia y el punto de vista

En agosto, Marte alcanza el punto más cercano de su órbita a la Tierra, y su disco aumenta hasta verse tan grande como la Luna…

¿Te lo has creído?

Quien más, quien menos, todos hemos sido víctimas de leyendas urbanas. Unas son bastante fáciles de desenmascarar en cuanto se pone en marcha la materia gris; otras son de refutación difícil, toda vez que es imposible ser experto en cualquier esfera del saber, algunas ciertamente complicadas o fuera de nuestra experiencia cotidiana como pueda ser, hoy en día, la astronomía, como bien se acaba de ilustrar. O, dada su estructura enrevesada, digna de iniciados (a.k.a. funcionarios), la Administración. Así, en ese territorio lleno de claroscuros, cualquier historia revestida con visos de verosimilitud adquiere rápidamente categoría de certeza y, en boca de familiares o amigos, la incredulidad queda anulada por la sorpresa y la confianza. Así, quien más quien menos, todos nos hemos creído que en el alcantarillado de Nueva York viven cocodrilos, que la McDonalds está criando vacas sin huesos y tonterías por el estilo.

O que los inmigrantes no pagan el Impuesto de Actividades Económicas (IAE).

Que la gente crea que Marte se ve tan grande como la Luna en agosto es inofensivo. La justificación astronómica (la distancia que separa ambas órbitas y el tamaño angular) puede resultar enrevesada, pero basta con alzar la vista más allá de los techos de nuestras ciudades (donde la astronomía ya no tiene nada que hacer) para darse cuenta de que es mentira. El otro bulo, el del IAE, ya es más difícil de desmentir. Y, sinceramente, buscar la información concreta es complicado, enrevesado y presentado, además, en un lenguaje que poco ayuda. Pero la información existe.

En este caso, la credulidad respecto a otra leyenda urbana se mezcla con un sentimiento más atávico: el miedo al diferente. Aquí se produce también otro vicio muy extendido, tomar la parte por el todo. Como en el caso (vivido en una conversación) de una madre que no ha encontrado plaza para su hijo en la guardería y ve que hay uno o dos niños inmigrantes en la clase. Sus palabras vinieron a expresar una amarga queja: que esa plaza debía de estar reservada para un nacional, y que los inmigrantes le habían quitado la plaza a su hija. Nadie la cuestionó; en aquel momento, la aplicación de la igualdad social no tenía cabida. Nadie le recordó el hecho de que, en mi época (cuando yo tenía 3 años, hace ya 31 años) ya existía el déficit de plazas de guardería. Hoy en día, en una ciudad como Barcelona, el 44% por ciento de las peticiones obtienen plaza: eso implica un 56% de peticiones que no se aceptan en el primer plazo. ¿Hay un 56% de hijos de inmigrantes ocupando esas plazas? ¿Un 56% de nuestra infancia es de diferente color? Me temo, observando la salida de cualquier guardería, de que no es así. Existe un porcentaje de plazas reservadas a familias con escasos recursos económicos. Puede ser un 2, un 5 o un 10%, no lo sé, llevo googleando un buen rato y no encuentro la información (prueba fehaciente de lo difícil que llega a ser dar con información fidedigna). Mera probabilidad: ¿qué colectivo será el más necesitado? Cuando yo era niño, era el colectivo gitano. Ahora, el inmigrante. Y, en vez de pensar que la Administración no realiza el esfuerzo necesario para cubrir todas las plazas, las iras se canalizan al recién llegado. Es más fácil. Tienen otro color.

Como veis, fácilmente estos argumentos, carentes de datos oficiales pero con esa pátina de verosimilitud, deriva en razonamientos que se pueden calificar de conspiranoicos. “Nos están invadiendo silenciosamente”, “Los moros están haciendo su reconquista; uno de ellos me lo dijo”. La parte por el todo. A un gil… a un descerebrado no se le ocurre más que proferir semejante tontería, y ya se toma como la revelación de las oscuras intenciones de un colectivo humano que abarca millones y millones de almas en una de las zonas más convulsas del planeta. Como si no tuviesen otra cosa que hacer. Es imposible que 500 millones de personas tengan como objetivo en su vida abordar las costas ibéricas desde el Magreb, así como en la terraza de un bar no hay 20 personas que se pongan de acuerdo en política. A veces, ni 2. Que no, que las conspiraciones sólo funcionan en las películas malas de Hollywood, y todavía no sabemos a ciencia cierta quién mató a Kennedy.

Vivimos tiempos difíciles, tiempos de precariedad laboral y burbuja inmobiliaria, problemas que también se han achacado a la “oleada migratoria” aunque, para eso, la memoria popular tiene un alcance muy breve: la precariedad laboral ya estaba en marcha en 1980, y la vivienda se ha ido disparando, al menos que yo recuerde, desde 1990, fecha en que se me ocurrió mirar por primera vez el precio de un piso y se me cayeron al suelo.
Si el inmigrante acepta un trabajo por una nómina baja, recordemos que quien acepta pagar un sueldo por debajo de lo debido es el empresario: en ningún caso el inmigrante lo amenaza para ello. El empresario argumentará sus motivos, pero las quejas de parte de los españoles no van dirigidas a la CEOE, no, sino a los que, paradójicamente, podemos llamar cabezas de turco.

Lo que realmente me entristece, me enerva y me saca de las casillas es que estos razonamientos, que son claramente xenófobos, a poco que se reflexione, se pueden desmontar. Son otro capítulo de leyendas urbanas; leyendas que, por desgracia, se dirigen a un colectivo (y aquí me importa bien poco quiénes sean) y que, repetidas hasta la saciedad, conducen a un conflicto. Son armas arrojadizas, lanzadas desde la ignorancia, injustas, que difaman, insultan y denigran a seres humanos. Y, por tanto, completamente intolerables. Quizá estemos inmunizados, durante tanto tiempo escuchando chistes sobre catalanes, gallegos, andaluces, madrileños, gabachos, yanquis y moros. Quizá la solución, una posible solución, antes de proferir una generalización sobre un colectivo, es usar esa arma que todo escritor sabe usar: cambiar el punto de vista y situarse al otro lado. Desde allí, la perspectiva gana en riqueza. Es por eso también que la lectura inmuniza contra la ignorancia. Viajar. O tan siquiera ver los documentales de La 2. Pero, sobre todo, cuestionaros cualquier cosa. Cualquiera. Dadle a la materia gris. Por favor.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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