Caló

32º C. Humedad relativa: un 50%.

¡Ozú, qué caló!

Cuando pequeño, y aún ahora, siempre oigo la cantinela de que, en la tierra de mis padres, en Sevilla, hace mucha más calor que en Barcelona, pero no es tan enganchosa, porque la humedad relativa es más baja (a pesar de que el Guadalquivir no es precisamente una torrente de montaña, sino que es navegable hasta la antigua Híspalis).

Sinceramente: yo no aguanto ni los 52º C en la Macarena en agosto, con una HR del 10%, ni los 35º C de Barcelona al 100% de humedad. El calor me aplatana, me mata las ganas de hacer absolutamente nada; me empapa el cuerpo entero de sudor (sí, podéis reíros: entero), dejándome una sensación incómoda. Además, tengo el sudor fuerte y una manía por la higiene corporal que se dan de bofetadas al llegar esta época.

Campos secos al suroeste de Sentmenat

Este año ha sido excepcionalmente seco. Perdón: ha sido tan excepcionalmente seco como el año pasado y como los últimos años en los dos últimos decenios. Conduciendo desde Polinyà a Sentmenat, a ambos lados se pueden observar los campos de cereales, de amarillo pajizo en vez de dorados, secos hasta la extenuación. Valdrán más para alimentar hogueras que ruedas de molino.

Ni siquiera la espectacular tormenta del jueves por la noche habrá paliado mínimamente una tierra seca y sedienta.

La tormenta, cerniéndose sobre el pueblo desde el sur

Y, sin embargo, esta mañana me he demorado en la calle, saboreando los últimos días en Sentmenat. La calor parece aletargar el reloj, amortiguar los ruidos, serenar los ánimos de la gente en un mundo que, conectado a la gran ciudad, parece chutarnos adrenalina a niveles casi letales.

Sudando como un pollo, he bajado por la calle mayor, he cruzado la plaza del Ayuntamiento, he conversado con el dueño del supermercado Suma, con la nueva panadera de la O’pan, con Teresa de La Fruiteria. Y me he lamentado de no haber aprovechado un poco más el tiempo en este pueblo, porque, para la gente que hemos crecido en una urbe más poblada (que, muchas veces, es sinónimo de más deshumanizada), ese contacto más cercano significa mucho. Aún me cuesta romper esa barrera que la timidez, y una innata desconfianza al otro que arraiga cuando uno crece en la ciudad, me pone delante. Pero espero ir aprendiendo. Empezaré, dentro de dos semanas, en una ciudad que tiene previsto crecer de 60.000 a 100.000 habitantes.

Edificando sobre un entorno natural y amenazado. Amenazado de muerte, claro está, lapidado bajo ladrillos y hormigonera. Y los políticos se llenan la boca del eufemismo progreso para no oír la palabra especulación, amortiguada ya por el tintineo de las monedas.

Y todo esto no hace más que traerme al recuerdo un precioso cuento de Angélica Gorodischer en Kalpa imperial: “Acerca de ciudades que crecen descontroladamente”.

¡Ozú, qué caló! Voy a arreglar el piso, que esta tarde tenemos visita.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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