Aprovechando que el Duero pasa por Valladolid, o la anarquía de los sueños

Hoy vamos de entradas frívolas.

Esto de los sueños es algo bien curioso, ¿verdad? Quien es capaz de recordar algunos de los sueños que tiene de noche puede llegar a reírse, espantarse, o incluso sacarle algún provecho.

No acostumbro a recordarlos; pero, en un par de ocasiones, logré plasmarlos en algo por lo menos legible, aquí y aquí. Ah, y el premio del concurso de cuentos de mi colegio, el C.P. Les Fontetes, cuando estaba en 7.º de EGB. Pero mi profesor perdió el original que, escrito a máquina, resultaba la única copia que tenía. Hoy, si lo releyese, seguro que le agredecería haberlo perdido.

Por lo general, es difícil tener un sueño con una trama coherente. Ni siquiera que el ambiente sea coherente. A veces sólo son sensaciones, miedos, esperanzas sin forma ni color.

Pero, en ocasiones…

Sé que me voy a arrepentir al escribirlo, igual que cuando lo conté en la oficina: mis compañeros aún se ríen cuando lo recordamos.

Bien, allá va.

El sueño empezaba cuando estaba embarcado en un ferry con la compañía de circo a la que pertenecía. El ferry había abandonado la ribera sur del Duero y se dirigía al puerto de Valladolid, en la ribera norte del Duero. (Ya: como todo el mundo sabe, aprovechando que el Duero pasa por Valladolid…) La compañía era numerosa, y recuerdo que mi madre también formaba parte, aunque no Nuria, con la que, por lo que se desprende de lo que pasó después, había roto hacía unos años.

Atracamos en el puerto de Valladolid después de haber surcado el ancho Duero, que, en las primeras imágenes del sueño, era más ancho que el Amazonas: desde el ferry, de Valladolid sólo se veían los edificios más altos, y de la ribera no se veía nada. Estamos ya en el muelle, descargando los bártulos de la compañía, cuando llega una chica con un niño de unos ocho años que me llama, visiblemente molesta. Es Chenoa.

Inciso: para los que habéis leído posts anteriores, os podéis imaginar que la música ligera no me va nada; ni que decir tiene de los productos prefabricados y clónicos que han sido embutidos por la factoría Operación Triunfo. En el caso de la mallorquina, ni siquiera es que me atraiga físicamente, aunque sí que le alabo su desparpajo y su falta de complejos, como cuando le confesó a Buenafuente en una entrevista que era consciente de tener poco pecho y caderas anchas, pero que ella quería vestir de forma seductora y demostrar que no hay que ser una modelo anoréxica y exhuberante (vaya oxímoron, ¿verdad?) para salir sexy por la tele.

Pues allí está esperándome la cantante con un niño. Mi madre me increpa y me dice algo como que no me vaya con semejante mujer de vida dispersa (por decirlo fino), a la que culpa de mi ruptura matrimonial. Y yo le replico que me deje: que, al fin y al cabo, es la madre de mi hijo y que voy a hacer lo que me venga en gana.

Mi hijo. Ese niño de ocho años es hijo mío y de Chenoa.

Lo flipas en colores.

El sueño prosigue en un restaurante, de los de tirando a de lujo, donde Chenoa me está criticando haberla dejado con el niño, de ser un irresponsable, de haberle roto el corazón y lindezas por el estilo. Aguanto el chaparrón y le contesto que está exagerando, que no es así, pero que paso de discutir con ella. Que lo único que quiero hacer es disfrutar de mi hijo, compartir aquel rato con él, jugar con él. Hacer de buen padre, vamos. Que lo echaba de menos.

Aquí acaban los recuerdos del sueño. Espero que, por lo menos, os hayáis reído un poquito con él 🙂

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

1 comentario en “Aprovechando que el Duero pasa por Valladolid, o la anarquía de los sueños”

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