Huecos

Sé que estos días he estado dando mucho la brasa con el concierto de Simple Minds. No quiero aburrir a la audiencia… pero seguiré escribiendo sobre ellos.

Estuve un par de días con la voz cascada; el jueves, aún tenía agujetas en las pantorrillas. Pero, exceptuando El País y la edición digital de La Vanguardia, no he encontrado más reseñas sobre el concierto. Claro signo de que ya no interesan tanto como en tiempos. Penita.

Lo que sí he encontrado es un análisis muy bien documentado (y con el que, en cuestión de gustos, no estoy de acuerdo, pero que está muy bien escrito, sin duda) en la revista digital Babab: podéis pinchar aquí para conocer algunas de las claves de ese declive de la banda en los noventa. Suscribo al 100% la afirmación que, después de la marcha del teclista Mick MacNeil, el sonido de la banda perdió fuerza y consistencia. Y originalidad.

Pero hoy no quería hablar de eso. Tampoco sabía de qué hablar. Bueno, quizá sí: de la vecina que no saluda porque se encarga de la limpieza y, hace dos semanas, en la reunión, nos quejamos de lo sucia que está la escalera. O de los que desconfían del presupuesto de la escalera de al lado para cambiar la antena (compartida entre las dos comunidades, ahí es ná, por obra y gracia de un constructor chapucero) y pretenden aprobar uno sin reunión (no lo hagáis nunca, niños).

He levantado la vista hacia la librería, el lugar donde pierdo la mirada cuando quiero concentrarme… y he visto el hueco.
El primer hueco
La mudanza ya está en marcha. En mayo, firmamos. En junio, estaremos ya en Cerdanyola.

Hay un hueco que simboliza el cambio que acaba de ponerse en marcha esta semana. Un espacio de unos 40 cm entre un manual de Access y A Feast for Crows.

Y piensas que, dentro de unos meses, o de unos años, cuando mire atrás, será el recuerdo de un tiempo que siempre echarás de menos. Un huequecito que parece que se abre en el corazón. Estoy empezando ya a echar de menos este pueblo, estos años, este esfuerzo.

Bueno, ahora hay una foto del momento. Podré mirarla, dentro de un tiempo, y usarla como ancla para este momento en que escribo. Lástima que, a veces, se eche de menos otras anclas de otros momentos. Ahi están el teléfono, el correo electrónico, ir al bar donde quedabas con los amigos, o incluso los diarios que te recuerdan un día, un curso mágico, unas vacaciones.

Me estoy volviendo nostálgico. Tanto que, a veces, incluso me espanta. Pero podría aprovecharlo, por supuesto. Podría escribir sobre todos esos huecos que con los años se van acumulando. El colegio… no, no merece la pena. Mis primeros buenos años empezaron en el instituto. 3.º de BUP, la clase de 3.º C, fue la mejor de aquella promoción. Descubría el The Unforgettable Fire que me grabó Javi Zendón; Bruce Springsteen de parte de Pepe; tengo unas fotos de cuando fuimos a Calella a pasar un día grisáceo a la playa, con el profe de religión, no recuerdo su nombre pero sí el apodo, Michael Knight. Las juergas en el Chic de Sant Cugat, las primeras fiestas del instituto en el desaparecido Drac Roig, donde me harté de bailar lentas con amigas mientras mis colegas no se comían un rosco (ni yo: bailaba con amigas, pero no con ninguna de las chicas con las que me habría gustado salir, a pesar de que aquellas eran muy guapas). Después llegó COU, y el miedo a la Selectividad pendía cual espada de Damocles. Fue el año más bonito… y el más triste. Caí enamorado de mi compañera de pupitre, a la que conocía desde 1.º, porque la conocí muy bien… y era la mejor persona que había conocido hasta el momento. Pero tenía novio. Aunque las cosas no le iban bien con él, por lo que me comentaba una confidente. Fue un curso tenso, y muchos de mis amigos no pasaron curso porque la Dirección se negaba a que el instituto siguiese en las últimas posiciones del ránking de la Selectividad. Una chorrada que propició que les fastidiase la carrera a unos cuantos.

Después los seis años de Universidad. Más amigos, un grupo que fue una piña… con lo pernicioso que eso llega a ser. A uno de ellos no le volví a dirigir la palabra porque lo responsabilicé de una locura que cometió otra amiga por amor y por neurosis. A otros los veo muy de tarde en tarde; una de estas amigas, Montse, me la encontré estas Navidades en El Corte Inglés: ella vive en Italia, y fue toda una sorpresa. De muchos no sé nada desde hace tiempo… y se me llena el alma de más y más huecos y entonces dices: “¡Qué demonios! Estoy de mudanza; voy a ver si encuentro la agenda y los llamo.”

Y en eso estoy. En eso, y en aprovechar la nostalgia. Es un motor para hacer cosas: lo usaré para escribir narraciones: mis amigos, los que están a mi lado, los que están ahí y cualquier día los veo, e incluso a los que ya nunca más voy a ver porque les he perdido la pista, se merecen que escriba sobre aquellos tiempos mágicos que compartimos. Aunque la memoria, a veces, sea traicionera. Que, por otra parte, puede llegar a ser uno de los mejores aliados para la creación.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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