Harry Potter y el cáliz de la decepción

Vaya por delante que aún no he leído ninguno de los libros de la saga de J.K. Rowling; y nótese el uso del adverbio aún en la frase anterior, pues algunos amigos, nada sospechosos de consumir lecturas sin calidad, me hablan maravillas de las aventuras en papel del aprendiz de mago. Quizá cuando mi pila me dé un respiro, decida ojearla. Quizá no por los primeros libros, más orientados al público infantil, y que quizá, solo quizá, pequen de falta de experiencia. Pero me dejo llevar por un prejuicio infantil. (El chiste es mío.)

Dejadme también aclarar un segundo punto: jamás juzgo, cuando veo una adaptación, su fidelidad al libro que adapta. Todos habremos oído hablar de las críticas que le llovieron a Peter Jackson por dejar fuera de su El Señor de los Anillos algunos pasajes de la obra más famosa de Tolkien… para alivio de los espectadores. Esa crítica es más bien cosa de los nacionalistas de La Comarca… Retomando el hilo: una adaptación no deja de ser la visión de un artista, cineasta, sobre una obra de otro artista, escritor (normalmente). Así que ha de plasmar su visión, dejar su huella; una adaptación fiel párrafo por párrafo, además de hacer inviable un proyecto cinematográfico, no quedaría muy lejos de lo que se entiende por copia. Vale, lo que digo es de perogrullo, ¿verdad? Pues hay gente que no lo siente así.

¿Cuál es mi experiencia, pues, con el mundo de la Academia Hogwarts? Pues solo la primera película de la serie, Harry Potter y la Piedra Filosofal. Apenas entretenidilla, pero con una dirección muy floja. Que no está mal para ver una sobremesa en vez de esas películas tan de Antena3 sobre crímenes pasionales basados en hechos reales que abofetean el sentido de la incredulidad más laxo. Pero me aburrí. Mucho. Siempre lo cuento: en mitad del partido de quidditch, que se supone que tenía que ser uno de los momentos álgidos, simplemente bostecé y miré el reloj. La segunda película de la serie, obra del mismo director, Chris Columbus (el artífice de películas no aptas para diabéticos como La señorita Doubtfire o Nueve meses, y guionista de algún acierto casual como Gremlins), según el tráiler, parecía incidir en los mismos aspectos de aventura para niños, así que pasé de ir al cine. La tercera entrega, Harry Potter y el prisionero de Azkabán ya atrajo más mi atención, pues parecía virar hacia los aspectos más oscuros de la magia. Pero, por otras cuestiones que no vienen al caso, no pude ir a verla.

Volvamos a la película que fui a ver anoche: Harry Potter y el Cáliz de Fuego. Si la primera parte me aburrió, la segunda ni me interesó, y la tercera no pude verla, ¿qué me motivaba a ver esta cuarta entrega? Muy fácil: el grupo Weird Sisters, que toca en la escena del baile en Hogwart’s, y que interpreta los temas, compuestos para la película: “Do the Hippogriff”, “This is the Night” y “Magic Works”, compuestos por Jarvis Cocker. La banda está compuesta por el mismo Jarvis Cocker, su compañero en el bajo en Pulp, Steve Mackey, sus acompañantes en el proyecto Relaxed Muscle, Jason Buckle en la guitarra rítmica y Steve Claydon en los teclados, y los componentes de Radiohead Jonny Greenwood, guitarra solista, y Phil Selway, batería. Estas tres canciones las podéis escuchar online aquí. Sí, cada uno tiene sus manías, y no me iba a perder al cantante de Pulp en su faceta de actor (algún día iniciaré una serie de entradas sobre el grupo de Sheffield y la relación de Cocker con el cine).

Así que mis expectativas no eran muy elevadas, y después del giro al negro del prisionero de Azkabán, iba dispuesto a dejarme sorprender. Vaya si me sorprendí. Al minuto 15 de metraje ya estaba deseando irme a casa. Por lo menos, en la Piedra Filosofal aguanté una hora sin aburrirme. El único momento que disfruté fue el del baile, y porque me desentendí completamente del diálogo y me concentré en la música.

¿Qué ocurrió? Que ya desde el principio no existe tensión narrativa: se van desarrollando escena tras escena sin que el nexo de unión, también conocido como trama, tenga consistencia. La sensación como espectador fue la de asistir a una serie de sketches aparentemente inconexos, pues los personajes se adecúan al argumento sin que parezca que existan motivaciones o conflictos coherentes que los conduzcan a traves de las crisis que han de superar. En particular, el cabreo de Ron con Harry por la inclusión de su nombre en el Cáliz de Fuego que lo lleva a participar en el torneo (tranquilos, no es ningún spoiler gordo: de hecho, ninguna de las sorpresas hacen honor a su nombre) merecería el calificativo de chiquillada. Y eso es lo que parece la película de principio a fin: una secuencia de imágenes maravillosas para alarde del departamento de efectos especiales y regocijo de los niños, pero poca, muy poca chicha, para quien quiera disfrutar de una película con su presentación, nudo y desenlace. Sin tensión. Sin intriga. Sin trama. Decepcionante. Más, viniendo de un director en teoría competente como Mike Newell.

Al salir de la sala, mis amigas me comentaron que se habían dejado buena parte del argumento del libro fuera del metraje. Eso podría explicar la falta de consistencia en la narración; pero, como comentaba más arriba, el guionista y el director han de ser capaces de realizarnos una adaptación: se verán forzados a dejar cosas fueras, pero han de saber tomar las decisiones artísticas necesarias para trasladar aquello que les interese, aunque sea cambiando la historia, pero sin que por ello la narración adolezca de fisuras, pues al fin y al cabo la intención es contar una historia. No es un programa de Cruz y Raya. Mike Nicholls y su equipo, pues, han demostrado con este título cierta incompetencia narrativa.

La duda que me quedó ayer: ¿merece la pena que vea en DVD El prisionero de Azkabán?

Tras la segunda escucha, os recomiendo especialmente “Magic Works”. Preciosa.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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