Siempre nos quedará París

No somos ni Ingrid Bergman (aunque Nuria es igual, o más, de guapa) ni Humpfrey Bogart (qué más quisiera yo…), pero hemos pasado unos días de ensueño en la Ciudad de la Luz.

Como un diario de viaje sería tedioso, lo que haré será comentar impresiones, anécdotas, curiosidades; detalles que hagan de este post un recuerdo caótico (es decir, vivo, real en el sentido en que un recuerdo puede ser real) de unas vacaciones cortas pero intensas.

El viaje fue, eso sí, largo, largo y caro: 1.070 km y tres depósitos. Si viajáis a Francia, donde la gasolina está a 0,3 cm/l más caro, la primera recomendación es clara: repostad antes de cruzar la frontera. Y no lo hagáis justo en la última área de servicio, sino antes, si no queréis hacer cola. Apenas gastaréis un litro más para llegar…

Las autopistas francesas están bien, son dignas… y muy caras también. Os recomiendo que planifiquéis cualquier viaje, y para eso la guía Michelin es muy buena.

Nos pasamos todo el miércoles 17 de agosto en la carretera, sin pisar el acelerador (para qué, si lo importante es llegar y enteros): salimos a las 6:40 y llegamos sobre las 20:30h. Encontrar el hotel ya fue un poco más complicado; aparcar, no mucho: en agosto son pocos los parisinos que no abandonan la ciudad. En casi toda la ciudad, excepto en los alrededores del Museo de Orsay, durante agosto el parking es gratuito. Durante el resto del año funciona en toda la ciudad un sistema de parkímetros similar al de la nueva Área Verda de Barcelona.

Eso sí, para moverse por la ciudad, nada mejor que usar la red de transporte público. Yo siempre opto por el Metro (algunas de cuyas estaciones son tan alucinantes como la de la foto).


Así que el coche se quedó aparcado el domingo por la noche en la calle, y hasta el lunes por la mañana no se volvió a tocar para volver a Barcelona, pero entre estos dos días…

… Comimos bastante bien. Según el día, según el lugar. Según el presupuesto. Porque París es una ciudad terriblemente cara. Pongamos por ejemplo una caña (un pression): 4,50 euros en una terracita cerca de Trocadero. ¿Caro por estar cerca de la torre Eiffel? Non. 3,50 un refresco en un kiosco cutrecillo. 5,00 euros en un restaurante griego de menú en St. Michel (también conocido como Barrio Latino). Y la comida es otro cantar: preparad una media de 25 euros por persona para comer el plato del día, entremeses y postre. Y la bebida igual ni entra.

Nada más descargar en el hotel fuimos a buscar un restaurante para cenar. Y tras caérsenos los mismísimos al suelo tras ver los precios de los restaurantes, acabamos en La cuillère en bois, una crèperie al estilo bretón barata y con platos deliciosos. Y, bueno, un ratoncito muy juguetón en el comedor del sótano que ningún cliente delató. Si pasáis por París, yo os lo recomiendo: una galette es más que suficiente. Una galette y una ensalada (servida en una fuente) os hará reventar. 108 rue des Entrepeneurs, 75015 Paris. Métro: Commerce o Felix Faure.

El jueves lo dedicamos por la mañana a patearnos Montmartre y perdernos (bueno, es un decir, con tanta gente era imposible) por sus callejuelas bohemias. Claro que, cuando los bohemios son horda y hay que quitárselos de encima (si no quedo bien ni en foto, ¿a qué voy a querer un carboncillo, y menos una caricatura?). Aun así, queda algo auténtico en el ambiente: quizá sea la luz, quizá la intimidad de unas calles quebradas, quizá los cenadores de metal. Y París que queda bajo tus pies. Obligatorio perderse aquí.

La oferta culinaria aquí es amplia y bastante más barata que en otros puntos igual de turísticos de la ciudad. Nuestra opción esa mañana fue un par de kebabs y la búsqueda de un parquecito tranquilo, uno que queda a la derecha de la basílica del Sacre Coeur, que aparece en la primera foto y en esta de la izquierda, donde el motivo no era precisamente la basílica…).

Por la tarde bajamos por la calle Pigalle (no muy aconsejable, por cierto) hasta llegar a las Galerías Lafayette (El Corte Inglés de París), la Ópera, la Concordia y los Campos Eliseos, que subimos hasta llegar al Arco de Triunfo, donde se celebraba un homenaje a los veteranos de la Segunda Guerra Mundial. De éstos, quedaban cinco; sus familiares estaban en segundo plano y, la verdad, la dignidad con que estos ancianos recordaban la lucha contra el fascismo y el Holocausto se mezclaba con un sentimiento de tristeza, pues en poco tiempo ellos no serán más que un recuerdo, y cada vez más borroso.

La jornada acabó bajo la torre Eiffel iluminada… pero esto ya os lo contaré en otro momento, que esta entrada está quedando muy larga.

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Autor: Álex Vidal

A los 7 años me llevaron a ver Star Wars y decidí estudiar Físicas. A los 11, leí a Asimov y me dije: "Yo quiero escribir historias tan grandes como estas" (espero que usando más palabras que él). Hoy trabajo juntando letras en una editorial mientras pierdo el tiempo en múltiples frentes. Aprendiz de todo y maestro de nada. Es mi sino.

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